Mi proceso de autodescubrimiento me condujo hace unos años hacia el Valle Sagrado de Perú, con el propósito de seguir las huellas que otras culturas dejaron en la memoria de las piedras. Fue un viaje sin mapa definido que desembocó en la convivencia con unas gentes que, cual si fueran bibliotecas vivientes, conservan y transmiten el conocimiento esencial ; una experiencia que me sacó de la horizontalidad y sus múltiples expresiones para situarme en el eje vertical que atraviesa el centro de todas las cosas, y que transfiguró, no sólo mi pensamiento, sino mi ser entero, a la vez inspiró la obra literaria, Girasoles al amanecer.
El hecho más significativo de este viaje fue la convivencia con un grupo de Hombres y Mujeres Medicina que me enseñaron a concebir los actos, los pensamientos, las palabras, en términos de salud o enfermedad. Ellos encarnan aquellas maneras sagradas de entender la vida, de pensar y de relacionarse con los seres humanos y con todas las criaturas del universo, que en nuestra desbordante idea de progreso hemos olvidado.
Con ellos he compartido, en días y noches inolvidables, he participado de las antiguas ceremonias nativas y, siguiendo impulsos que muchas veces contrariaban mi razón, he subido a la soledad de la montaña a encontrarme “cara a cara” con el Espíritu. He escuchado su voz cuando se acallaron todas las voces en mi cabeza y he aprendido a descifrar el lenguaje de signos que constantemente despliega la Madre Tierra en sus ciclos rutinarios.
Al experimentar estas vivencias en primera persona fue madurando en mí la convicción de que hay una memoria dormida en las raíces de nuestra psique individual y colectiva, y que es al despertarla cuando extraemos la fuerza necesaria para sostenernos en nuestras alturas.
