Importa el viaje

No importa la soledad o el desapego en esta indiferencia por cuanto me rodea.
No importa que los oídos se cierren, desatentos.
Importa la grandeza del viaje y la aventura de quien, en la quietud de su paz, escucha el ritmo de sus pasos componiendo una música que suena por dentro, mientras se respira el silencio.

Cuando se camina una considerable distancia hasta el campo deshabitado de personajes y de tu persona, cuando se recorre a oscuras un largo camino que no tiene señaladas las orillas, entonces ya sólo importa lo que es Real.

Porque entonces,
si a solas en ti,
al borde de un inmenso océano,
haces incursiones en el agua,
las preocupaciones desaparecen
y todos los asuntos quedan en su justo lugar…

Travesías reales y virtuales

Los sujetos virtuales nos parecemos a torbellinos de sentimientos, las más de las veces sin control, que circulamos en el caos de «todas las direcciones» sin mesura, orden ni concierto.
No digo que seamos náufragos, porque para ser náufrago hay que vivir el sentimiento de naufragio.
No digo, tampoco, que naveguemos a la deriva, porque para ir a la deriva es necesario saberse con el rumbo perdido de antemano.
Digo solamente que vivimos en el «todas direcciones» de este océano cibernético, sujetando la cresta del oleaje por breves instantes de adhesiones saladas o rechazos que espurrean sal.
El Océano Real, mientras, sostiene imperturbable nuestro tránsito por la vida, cuando la trama principal de nuestras realidades nos devuelve irremediablemente al fondo y el dónde y el «de qué manera» y «en qué momento» nos hallamos en nuestra travesía personal…

Travesías en cada circunstancia

Siempre asoman a mi pensamiento muchos recuerdos de aquellas etapas peregrinas que viví en el Camino de Santiago. Ahora me parece que han pasado vidas desde entonces, pero lo cierto es que lo auténtico de la vida siempre nos acompaña aunque cambien las geografías que nos circundan y los personajes que nos acompañan.

El Camino sigue viviendo en mí, no ya como una senda horizontal (que también), sino como un eje vertical que se pierde en las profundidades del sentimiento, y un vuelo en las alturas que traduce otros códigos de lenguaje.

Así contado parece idílico, pero lo cierto es que en esta peregrinación interior me sigo encontrando con los mismos elementos de antaño:
A veces me pierdo,
a veces no tengo claras las señales,
a veces el cansancio me detiene,
a veces encuentro un rostro amigo y siento la alegría de compartir lo que sea que llevemos en nuestras particulares mochilas, el pan, el vino, la palabra que nos alienta a seguir dando pasos…

Sí, se puede decir que sigo haciendo Camino, esté donde esté, incluso cuando me hago hospitalera y recibo a otros peregrinos del alba que llegan a casa cansados y con las botas embadurnadas de barro.
El Camino y la Hospitalidad se llevan en el corazón. Y buscadores hay por todos lados, también en las grandes ciudades.

Entonces, si me abstraigo por un instante del escenario, sé que en cualquier momento se puede dar un encuentro de almas, y que cada día nos ofrece lo que necesitamos para seguir avanzando.

Lo importante, así como he ido descubriendo, es no poner muchas condiciones a la vida.
Cuando hay propósito, ganas de compartir, entusiasmo, cualquier circunstancia es buena para expresarlo.
Cuando estoy cansada, apática, huraña, le echo la culpa a las circunstancias,
incluso a veces las cambio, pero sólo para comprender que si no hubo transformación en mi actitud, en mi percepción, sigo andando con desgana aunque me pongan el cielo por debajo de los pies…

Travesía hacia el núcleo

Rodeados de desierto al frente,
de indiferencia a ambos lados,
y de caos por detrás,
atravesemos pues el desierto.

¡Adelante, pues!

El caos y la indiferencia no nos tocarán
si no los hacemos confortables en la travesía.

Porque, a su manera,
el desierto también puede convertirse
en un caos sin definir:

Donde da igual todo,
la dirección a seguir
también es indiferente.

Y aún así, avancemos hacia el frente.

Optemos por el desierto
frente a la frialdad y el sinsentido.

Él nos recordará en algún momento
que el oasis no está hacia el norte
ni hacia el sur,
ni hacia el este,
ni hacia el oeste.

El oasis está en el centro,
y el núcleo es potencial en vacuidad.

El oasis nos encontrará a nosotros
entre un grano de arena y otro.

Propósito y acción

Mientras escribo renglones en las páginas del día a día, la Naturaleza me enseña que todo está ya escrito en sus paisajes.

Y, sí, hay parajes yermos por los que toca transitar a veces, aunque, si miro bien, alguna pincelada de verde esperanza asoma siempre por algún recodo.
Y, si no me canso en el devenir incansable del camino, aparece sin duda otra panorámica que refresca la mirada y el sentir…

Lo importante, digo yo, es que la visión y los pies (el propósito y la acción) avancen juntos en la travesía…

Náufragos del viento

La vida no es una tómbola,
pero a veces se presenta como algo parecido a una tómbola,
donde lo aleatorio, la suerte,
parece determinar en grado sumo el desenlace de acontecimientos.
Sin embargo, lo que parece es sólo una apariencia.

Es simplemente que, como seres humanos, tejemos mundos complejos.
Decimos que haremos tal cosa y realmente estamos pensando tal otra.
Lo que anhelamos en un espacio del ser, lo hacemos naufragar en otro.
Vivimos en la contradicción, y es solamente en momentos excepcionales
–esos instantes insólitos que nos gustaría convertir en costumbre–
donde pensamos, sentimos, hablamos y vivimos en completa unidad.

El caso es que no estamos completamente sujetos a ese mundo externo,
circunstancial y contradictorio,
pero en él vivimos y avanzamos a jornada completa.

Se diría pues que poco hemos avanzado en lo personal
si pretendemos sujetarnos a la incertidumbre
cuando el viento levanta el oleaje
poniendo el caos en nuestra travesía.

Cada tormenta actualiza dónde estamos situados en nuestra travesía personal,
dónde nos pilla cada naufragio,
y es un gran avance saber dónde está nuestro eje,
nuestra esencia imperturbable.

Entonces la vida ya no se presenta como una tómbola sino como una gran paradoja en la cual, avanzar, es aquietar la inquietud haciéndonos unidad con el mástil esencial de nuestra nave…

«Saltos» en la percepción

Hay vivencias donde confluyen distintos aspectos de un proceso que, al encontrarse en un mismo punto, generan la fuerza necesaria para “dar el salto” e iniciar un nuevo recorrido desde otra percepción en la espiral evolutiva.

Ilustro este entendimiento con la experiencia de un viaje por tierras manchegas, un recorrido en el cual el espíritu quijotesco y su escudero han salido de las páginas literarias, y no precisamente para batallar con molinos de viento sino para respirar de una propuesta que nos hizo la Asociación Ahire en Ciudad Real:
«Amor incondicional como forma de vida».
¡Gracias, gracias, gracias, Paco, por el espacio y la convocatoria!

Y también tomó sentido el viaje para echar un nuevo leño a ese rescoldo de la amistad que prendimos en Puertollano hace un par de años. En Centro Sadhakas actualizamos el aprendizaje y los pasos que nos han conducido al reencuentro.
¡Gracias, Aitana y Miguel Angel, por mantener encendida la llama de un sueño!

Por esta vez, frente al volante, el quijote y su escudero viajan en mi mente, en la interpretación reflexiva que hago sobre el lenguaje de los símbolos y, así como sucede en las páginas de esta gran obra, no siempre se ponen los personajes de acuerdo.

Estamos rodeados de símbolos.
La Madre Naturaleza es un despliegue viviente de símbolos.
Los acontecimientos del día a día están repletos de símbolos.
El símbolo como lenguaje que nos conecta con otros niveles de entendimiento.
El símbolo como indicativo de coordenadas, de dónde estamos posicionados en nuestro proceso de aprendizaje.

En estos encuentros se me ofreció la oportunidad de exponer mi visión del Círculo. Y, como decía al comienzo, agradezco el “salto” que me ha permitido actualizar un cambio de percepción. Un darme cuenta si los zapatos de ayer le son cómodos a los pies de hoy; o acaso se han ensanchado tanto los límites de esas creencias con las que me identifiqué antaño que las medidas de mi crecimiento (de mi experiencia actual) se golpean, se resbalan, no se ajustan con esas ideas y por lo tanto suenan chirridos disonantes en cada paso, en cada movimiento.

Y aquí he podido ver la diferencia entre interpretar los símbolos desde un enfoque periférico, mental, lineal, de polaridad, de excluir para alcanzar…
y un enfoque de centro, de corazón, circular, cíclico, de abrazo que acoge lo que cada presente trae consigo, donde cada paso ofrece una imagen completa que sostiene la plenitud, el sentimiento de que no falta ni sobra nada.

Desconozco el momento justo en el que cambió mi manera de pensar el mundo. Lo único que sé es que hubo una línea pensante con dos extremos (dentro o fuera, tú o yo, forma o sustancia…) que se fue transformando en un sentir esa otra línea invisible en el aire, que se expande en su recorrido y que a la vez el fuego de la vida va curvando en eterno retorno…

No puedo acordarme ahora de todas las circunstancias en que he percibido esa fuerza que te arquea sin romperte, pero sí he podido recordar en este viaje el poder activándose cada vez que se abrazan los dos extremos de una percepción, cada vez que se disuelve un condicionante que le he puesto a la experiencia de amar…

Retorno al Camino de Santiago

Ser en la vida romero,
romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos.
Ser en la vida romero,
sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo.
Ser en la vida romero, romero…, sólo romero.
Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,
pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,
ligero, siempre ligero.
Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo,
ni el tablado de la farsa, ni la losa de los templos
para que nunca recemos
como el sacristán los rezos,
ni como el cómico viejo
digamos los versos.
… Sensibles a todo viento
y bajo todos los cielos,
poetas, nunca cantemos
la vida de un mismo pueblo
ni la flor de un solo huerto.
Que sean todos los pueblos
y todos los huertos nuestros.


Así, como en estos versos de León Felipe, he vuelto al Camino de Santiago después de hacer otros caminos en lo concreto de la vivencia y en lo abstracto de la página.
Por eso de que no se acostumbre la mirada a perfilar el mismo paisaje, regreso como una niña con zapatos nuevos a los mismos lugares que curaron mis ampollas y hospedaron el cansancio peregrino.
Con la mochila más ligera ahora.
Con las preguntas de antaño
transformadas hoy en canto.