Reflexiones en blanco y negro

Entre la página blanca del futuro, y el pasado que ya escribió sus signos, publico cada día palabras horneadas en otros tiempos y circunstancias; creaciones que saben a pasado, que huelen a añejo en el banquete virtual de tantas y tantas delicatessen que circulan por estos lares cibernéticos.

Ante tanta infinidad de estímulos para deleite del paladar mental, y de todos los paladares, la mirada filtra ésos que saben a repetido, a lo que ya fue y se fue. Mas, quizá porque sigo amando esas palabras creadas en otros tiempos, noto muchas veces cómo exhalan su magia cuando leo en ellas que he crecido, y también cuando las miro tan crecidas y tan lejanas de mí.

No sé en qué fechas la palabra detuvo su recorrido en la página blanca, pero lo cierto es que se paró en seco inesperadamente, o acaso por algún tropiezo se dejara caer en una esquina del documento Word. De lo que sí estoy segura es que, esta mudez repentina, sin negro y sin tinta, sucedió al mismo tiempo en que la mirada dejó de crear trazados primorosos en el reverso del blanco, o en el envés del sinsentido. Y digo primorosos, porque el primor, el cuidado, la delicadeza, el gozo, son presencias que engalanan el acto de compartir con los demás.

Entonces, ya que esta medianoche se me ha nominado con un corazón de tinta, amaso una delicadeza en el acto de reconocerme y reconocer.

Reconocerme que no he dejado de escribir, pues siempre mantengo una conversación interminable e íntima conmigo misma;
lo que he dejado es de compartir esta intimidad.
Y reconocer que, aunque la tinta no se gasta, ni la página blanca se acaba ni se esconden las palabras, a veces se ausentan (no se sabe por cuánto tiempo) esas presencias que engalanan el acto de compartir.

Reconocerme y reconocer que, si no le encuentro el primor a la vivencia que te voy a contar, prefiero guardar un primoroso silencio…

Nada que pronunciar

En los últimos tiempos hablo poco.
No llevo la cuenta de mis palabras, pero hablo poco.
Y hasta incluso me alegro, porque las palabras parecen a veces puentes a ninguna parte, estructuras de sonidos que intentan tejer caminos y autopistas en el aire, pero que, por falta de cimientos, se difuminan, se borran, olvidándose como cosa muerta, inútil, como cacharros de lata en el contenedor de los signos.

No significa que me haya transformado en una persona muda.
Es sólo que hablo poco, sin tristeza, sin alharacas.
Prefiero accionar, leer y meditar. Y guardar la voz para cuando suene una armonía de trasfondo, de corazón, que pida ser expresada. Expandir lo auténtico es el elemento clave, la única razón que, en mi caso, merece la pena de pronunciarse.

El corazón, tan presente y paradójicamente tan olvidado, reclama en silencio el sitio donde nace la verdad, ya sea pronunciada o silente; dice con su latir incansable que ha de ser por algo ese bombeo mudo que realiza a diario, que vivir ha de tener un sentido hacia más vida, más alegría, más plenitud, y que el ruido de palabras en la mente conduce a la desorientación de más inconsciencia, más indiferencia, más oquedad.

De gritos y de susurros

Las palabras suenan a veces como una suave canción entonada entre susurros…

Aquello que se nos dice al oído es lo que mejor comprendemos,
sin necesidad de esfuerzo para dar atención a cuanto se nos está transmitiendo.

Desde adentro nos entendemos mejor,
sea lo que fuere que nos digamos.

En cambio, desde afuera, al otro lado de nosotros mismos,
solamente los gritos parecen atravesar las paredes de la percepción.

Por eso, a veces, cuando callan los muros que nos separan,
escucho en el silencio una suave canción entonada entre susurros…

Seres silentes

“Todos los seres humanos sueñan con llegar a ser importantes
todos sueñan con la gloria y la fama
y con ser reconocidos por el resto de los hombres.
Y no saben que, en el silencio,
cada hombre lleva repartido el peso del mundo,
cada uno realiza su sacrificio
según su particularidad y su entorno,
y cada uno es toda la humanidad trascendiéndose
y abriéndose como una flor al cielo de las estrellas hermanas…”

Hay seres incógnitos que no dejan huellas sobre el mundo porque ellos mismos se han convertido en rastro invisible, en pisada silenciosa, en lenguaje sutil que la experiencia acalla con opiniones múltiples de cada verdad ajena.

Hay seres que no asoman en los medios de comunicación;
nadie ha escuchado hablar de ellos,
ni siquiera los familiares y amigos llegan a conocerles en la profundidad insondable de su naturaleza.

Y, sin embargo, son ellos el sueño iluminado que sostiene al día (a veces ensombrecido de disonancias), mientras se entregan sin remedios a la rutina de sus quehaceres.

Hay seres incógnitos que no dejan huella sobre el mundo porque ellos mismos se han convertido en acción silenciosa:
hacen el amor a la luz del día (también en la noche),
desde que el sol se levanta por el horizonte…

Callar a la altura del silencio

Recuerdo, en una de las presentaciones que hice de mis libros publicados, cómo se me quebró la voz antes de pronunciar un discurso previamente preparado ante el grupo de personas que escuchaban atentas frente a mí. Casi tartamudeando, dije: así está bien, pues sólo cuando las palabras marchitas se rompen en la garganta pueden dejar espacio a la fragancia de una voz desconocida hasta entonces.

Una voz que viene a decir aquello que nunca nombraste.

Otras veces la voz se quiebra cansada de repetir un argumento sublime que nunca fue capaz de hacer sublime tu existencia.

Entonces comprendes que hay que callar y escuchar otras voces que, desde más adentro, te dicen que ASÍ NO ES.

Un extraño silenciamiento acontece en tu garganta y en tu mente.
Ya no quedan quejas ni exaltaciones.
Sólo callar y que tu mudez esté a la altura del Silencio.
Y si después brota una palabra, que ésta vibre en la hondura de la Voz.

Sólo queda fortalecerse para que un día venidero tus relaciones estén a la altura de ese amor que con tanto énfasis declamas…

El silencio escucha

“El silencio es el ámbito donde todo se oye…” Rilke

El silencio se busca hoy como una terapia que pueda reparar nuestro cerebro repleto de preocupaciones y prisas. Pero todos sabemos que ese estado silencioso es sólo un breve descanso; la vivencia de cada día, con su desenfreno, se acaba imponiendo siempre. Aunque en ocasiones y como un consuelo esté la huida del ajetreo y se busquen espacios de relax o grupos de meditación, escapes con el fin de poder sobrevivir al ruido de nuestras mentes.

Pero el buscador de autoconocimiento sabe muy bien que el silencio no está hecho para calmar la mente, no supone una experiencia de relajación o una dormidera ante el agobio de la vida. O no sólo eso.

La percepción del silencio auténtico conlleva al afinamiento de la escucha. El silencio es una condición fundamental para atender sin interferencias.

El silencio auténtico no es pues un espacio meramente terapéutico, aunque esto tenga su valor, sino la condición para escuchar, desde lo más profundo del oído, la vibración.