En la infancia percibía el tiempo como un pálpito imparable que se acompasaba con el latido de mi corazón.
Tic tac. Tic tac, pulsaba el primer reloj en mi oído y, mirando las manecillas que recorrían su circunferencia, trataba de entender los distintos ritmos en cada una de ellas. La aguja de los segundos, la de los minutos, la de las horas…
Después el tiempo salió de la circunferencia infantil y fue ensanchando sus ciclos en el calendario de los días, trimestres, años…
…Y me trajo a esta terraza, a este punto de encuentro, a este momento en el que varias décadas quedaron atrás, donde mis ojos se detienen por un instante en un reloj de colores chillones que una niña acerca a su oído. Desde su inocencia, ella está sintiendo el pálpito de cada segundo.
La imagen hace eco en mi interior. Un recuerdo se despierta y hace su recorrido a través de la memoria llegando a este presente con una percepción más completa. Algo así como si cada fracción de tiempo hubiese creado un mundo en el que existir.
¡Qué sería un segundo si no llevase en sí mismo el primer y el último instante, el primer y el último aliento, la muerte y el nacimiento!
Un minuto puede determinar un antes y un después:
El último minuto antes de que el tren arranque en un viaje de muchas horas que puede llevarte a una estación en la que los años te atrapen.
¿Faltó ese minuto y te quedaste en el antes?
O quizá te sobraba tiempo pero en el último momento te faltó el coraje de cruzar el andén y subirte al vagón.
Un minuto puede partir el mundo en dos, en lo que podría haber sido y no existe; en lo que sigue siendo y es lo que es.
También las horas se enseñorean y demarcan sus territorios.
La hora de levantarse, la de comer, la de fichar en el trabajo, la del recreo, la hora en que el mercado cierra sus puertas…
Cansinas campanean las horas programadas que se van alejando del latido inocente del tiempo, del segundo naciente, del minuto decisivo.
Aunque bien es cierto que algunas horas vienen cargadas de todo eso y ¡mucho más!…
Y lo mismo podría decir del Banco de Tiempo, que es mucho más que un cúmulo de tiempo cuyo valor es la disponibilidad e intercambio de esos recursos y potencialidades que el mismo tiempo desarrolló en cada uno de sus usuarios.
El Banco de Tiempo lleva consigo la unión de muchas personas en un mismo propósito compartido. Mas, desde aquí, desde esta terraza, desde este punto de encuentro, este momento se percibe como un tiempo de ofrendas, alegría y reencuentro.