Como decíamos ayer…

… llega el otoño con sus dorados paisajes, invitando al disfrute de ese sol-y-sombra que no necesita de aires acondicionados ni calefacciones en la naturalidad de nuestras rutinas recuperadas.

Y qué adiós puede hacerse en esta bienvenida de estación que no sea quitarse las gafas de sol y ver las cosas sin más filtros que los que cada cual lleva en su mirada, notando de común que ya no escuece en los ojos la luz de los colores que nos circundan.

Y atrás, o al fondo, queda un verano de ritmos rápidos,
de actividades a ras de suelo en los sótanos del sistema,
o tras el telón de esos escenarios idílicos para las vacaciones y el descanso.

Un verano que me invitó a bajar de mi nube de palabras y entrar de nuevo en ese gran puchero sistemático donde los ingredientes del ser humano se cuecen a otro ritmo,
a altas temperaturas,
entrechocándose en su ebullición,
y en el cual, si se tolera la presión, surge también la sustancia que nutre el propósito de seguir viviendo pese a todo
y con todo lo que vivir significa.

Amanece…

La pereza de las sábanas quiere convencerme
de que no hay motivos suficientes para madrugar.

Por pura costumbre y sin motivación aparente,
suena el griterío orquestal de los pájaros,
mientras la bola de fuego se acomoda
en primera línea del horizonte
para disfrutar del concierto.

Se levanta el sol con más prisa que yo
y antes de que lleguen a tropel los motivos,
despisto a la pereza y me dejo convencer
por esta feria de colores, luz, sonidos …

Vacuidad

A veces quisiera dar un salto y ponerme en las cimas del ser,
donde el pensamiento y el sentimiento expresan lo mismo,
pero sé que, aunque por instantes lo consiga,
acabo en desarmonía con el ritmo del Universo.

Son los pasos y el recorrido los que dan fortaleza y consistencia
para seguir avanzando sobre la invisible línea
que me sostiene entre un lado y otro de la vacuidad…

Un canto a ritmo de tambor

Encuentro en la Montaña de Montserrat, Barcelona

De lo que se trata es de abrir el corazón.
El corazón se abre a veces con un canto,
a veces con una palabra,
a veces con un grito,
a veces con un llanto.

Pero se trata es de que el corazón se abra,
porque si vengo con el corazón cerrado
y con todo el personaje que lo rodea a modo de muralla,
entonces la montaña soplará en la superficie de mi piel,
cuando lo que vengo a buscar es aliento,
un encuentro de esencia a esencia.

Así, el propósito es que se abra el corazón.

Abrir mi corazón ahora puede ser el reconocimiento
de que no soy tan fuerte,
ni estoy tan armonizada,
ni tengo tanta voluntad,
ni soy tan humilde,
ni estoy tan protegida porque no soy tan cuidadosa,
y que no soy tan impecable
y que no estoy tan equilibrada
y que no siempre veo claro,
y que a veces me falta la confianza
para seguir creando lo que soy,
y que si no doy espacio a la creatividad
tampoco siento la abundancia del Ser.
Y entonces la belleza es como una ventana abierta
que abro cada día y me enseña
el mismo paisaje de diario, que a su vez no puedo cambiar
porque no veo la belleza de la vida
en el mismo acto de mirar.

Abrir mi corazón a la fuerza de este momento, puede ser el reconocimiento de que soy la suma
de todas mis relaciones, y que la energía que me falta hoy es la energía de todos los corazones
que no he podido reconocer cuando vinieron a ofrecerme
una oportunidad de vida,
de unidad,
de que el amor sobreviva a todos los argumentos
y excusas que lo niegan,
poniéndome en el negativo de la separación.

De lo que se trata es de abrir el corazón,
para que el “no” se transforme en un “Sí”
a la Fuerza, Ritmo, Voluntad, Humildad, Protección, Impecabilidad, Sanación, Claridad, Confianza, Creatividad, Abundancia y Belleza…
Un al Amor…

El Banco de Tiempo

En la infancia percibía el tiempo como un pálpito imparable que se acompasaba con el latido de mi corazón.
Tic tac. Tic tac, pulsaba el primer reloj en mi oído y, mirando las manecillas que recorrían su circunferencia, trataba de entender los distintos ritmos en cada una de ellas. La aguja de los segundos, la de los minutos, la de las horas…

Después el tiempo salió de la circunferencia infantil y fue ensanchando sus ciclos en el calendario de los días, trimestres, años…

…Y me trajo a esta terraza, a este punto de encuentro, a este momento en el que varias décadas quedaron atrás, donde mis ojos se detienen por un instante en un reloj de colores chillones que una niña acerca a su oído. Desde su inocencia, ella está sintiendo el pálpito de cada segundo.

La imagen hace eco en mi interior. Un recuerdo se despierta y hace su recorrido a través de la memoria llegando a este presente con una percepción más completa. Algo así como si cada fracción de tiempo hubiese creado un mundo en el que existir.

¡Qué sería un segundo si no llevase en sí mismo el primer y el último instante, el primer y el último aliento, la muerte y el nacimiento!

Un minuto puede determinar un antes y un después:
El último minuto antes de que el tren arranque en un viaje de muchas horas que puede llevarte a una estación en la que los años te atrapen.
¿Faltó ese minuto y te quedaste en el antes?
O quizá te sobraba tiempo pero en el último momento te faltó el coraje de cruzar el andén y subirte al vagón.
Un minuto puede partir el mundo en dos, en lo que podría haber sido y no existe; en lo que sigue siendo y es lo que es.

También las horas se enseñorean y demarcan sus territorios.
La hora de levantarse, la de comer, la de fichar en el trabajo, la del recreo, la hora en que el mercado cierra sus puertas…
Cansinas campanean las horas programadas que se van alejando del latido inocente del tiempo, del segundo naciente, del minuto decisivo.
Aunque bien es cierto que algunas horas vienen cargadas de todo eso y ¡mucho más!…

Y lo mismo podría decir del Banco de Tiempo, que es mucho más que un cúmulo de tiempo cuyo valor es la disponibilidad e intercambio de esos recursos y potencialidades que el mismo tiempo desarrolló en cada uno de sus usuarios.
El Banco de Tiempo lleva consigo la unión de muchas personas en un mismo propósito compartido. Mas, desde aquí, desde esta terraza, desde este punto de encuentro, este momento se percibe como un tiempo de ofrendas, alegría y reencuentro.

Reminiscencias de un pálpito

Hace tres años que llevo el mismo libro pegado a mis manos, y ha crecido tanto en el proceso de presentárselo a tantas gentes, en tantos lugares, que se me derraman por la garganta las páginas que no quedaron impresas entre su cubierta.

Aquellos primeros discursos escritos previamente, aquel temblor en la voz, aquella timidez escénica, fueron dejando paso a un flujo de información que recorre los mismos pasajes y, sin embargo, sigue viendo y transmitiendo planteamientos diferentes.

El corazón abierto, la comunicación espontánea y una total conexión con esa voz inspiradora que va dictando mensajes inauditos en el aire…

En realidad, no es tan importante la temática a tratar sino darle acogida a una información energética que cada cual interpreta en su propio proceso.

Hay frases que adormecen, otras que generan discrepancias y están aquéllas que son como flechas lanzadas al otro hemisferio del cerebro.
Son éstas últimas las que despiertan algo que allí dormía,
y algo se estremece en tu interior cuando de pronto entiendes,
de pronto lo ves,
de pronto toma sentido el sinsentido de la vida.

Acompasémonos entonces en un mismo ritmo
y refresquemos la memoria de un olvido.
El Gran Olvido que nos ausenta …
Alcancemos juntos las reminiscencias de un pálpito,
ése en el que tu corazón y el mío latían como uno solo,
acompasados en el corazón del universo.
El Gran Latido que nos sustenta …

Primeros compases

Puntuales a la cita con el devenir,
nada sabemos todavía.
Son los primeros compases
de una nueva música de encuentro.

Pero algo ya suena de trasfondo:
nuestra puntualidad es que la prisa y el estrés
no existen sino como una “diversión” de la mente,
que juega a relinchar
como un caballo loco o desbocado.

Las riendas son la serenidad.

Con actitud serena,
incluso en la dinámica de los momentos agitados,
hemos aprendido a sujetar las riendas,
a encontrar la calma,
el remanso de la poesía que no tiene palabras,
que canta sin letras como las gotas
que salpican las fuentes o los arroyos,
mostrándonos esa quietud activa del
“somos-sin-morirnos-mientras-estamos-siendo”