Aprendo a ser puente

Me quedé a medio camino de ninguna parte. Ningún leñador quiso convertirme en fuego que calentase su hogar. Ninguna sombra ha refrescado el sudor de las gentes en las calurosas tardes del verano. Ningún fruto ha brotado en el borde de mis ramas que endulzara el paladar de bocas sedientas.

No recuerdo en qué momento la tierra empezó a resquebrajarse bajo mi tronco y la mitad de mis raíces quedaron desprotegidas a la intemperie. Nunca he medido el tiempo así como lo miden las gentes que habitan estos parajes, dejando la huella de sus ilusiones inscrita en la piel de mi tronco. Para mí el tiempo es un giro repetitivo que me fue estirando en cada vuelta. Las estaciones me han vestido y me han desnudado.

Y, sí, a veces envidié a esos pies peregrinos que huellan otros caminos perdiéndose en el horizonte, pero me consolaba saber que, aunque nunca pude desplazarme en la extensión de estas tierras, he conquistado el horizonte desde las alturas a medida que mis ramas fueron ganándole espacios al aire.

El murmullo del río estuvo ahí desde siempre, manso en los días en que el viento se adormecía en los rincones del bosque, cantarín cuando una brisilla se desperezaba en las mañanas primaverales, tempestuoso en los grises inviernos. Creí que el río era mi amigo hasta que un día vi desbordarse sus aguas subiendo en embestidas sobre mi tronco. Abrazo torrencial que se llevó consigo la tierra que sostenía mi estabilidad.

Mi caída fue lenta. Sencillamente dejaron mis ramas de estirarse hacia las alturas y respondieron a la atracción que el suelo ejercía sobre ellas. Finalmente, mi tronco no pudo sostener por más tiempo la verticalidad. Sólo recuerdo el estruendo de la caída que me dejó viviendo entre dos orillas. Sin embargo, y ahora que lo pienso, me doy cuenta que estoy a medio camino de todas las partes, si acepto mi nueva condición de puente…

El paraíso de los ocupados

Durante toda la existencia de Airjul, fue “inútil” la palabra con que todos le nombraron; la escuchó tanto en boca de familiares y amigos que su nombre quedó en el olvido. Sin embargo, él nunca se consideró un inútil por huir del trabajo y pasar su vida inventando artefactos. Cierto es que al verse tan humillado quiso ahuyentar su genialidad, pero ésta le persiguió hasta el final de sus días.

Cuando la muerte le llegó, Airjul tuvo la perversa suerte de ser conducido al Paraíso de los Ocupados, donde, sin descanso, los difuntos clamaban al son de la música de las esferas:

El trabajo nos dignifica…
– El tiempo es oro…
– Lo importante son los resultados…

Como Airjul no hallaba su nota concordante en ese coro, pronto se dirigió al Presidente del Paraíso y le dijo:

– Este cielo se ha equivocado de fichaje conmigo. Soy un inútil para el trabajo.
– Alguna habilidad tendrás –alegó el otro.
– Sólo sé inventar cosas sin utilidad.
– Bien, pues ése será tu trabajo en este lugar.

Y así fue cómo en el Paraíso de los Ocupados pronto se vieron pantallas de todos los tamaños: en móviles, ordenadores, televisiones…,
y cómo los finados, por primera vez en un evo, disfrutaron de unas vacaciones.

La acción necesaria

Me gusta verme en los ojos
¿cándidos?
-sí, los tuyos-
que se empeñan en esquivar la fealdad del mundo y extraen la mejor imagen de allá donde se fijan.

Y tú, amigo, estarás de acuerdo cuando te digo que esas fotografías preciosas son muchas, incontables, pero se duermen en el fondo del álbum memorial, como si el impacto de la mirada crítica fuese más contundente en su empeño de estar siempre en portada y de actualidad.

Basura por todas partes”, grita el
¿opinante?
-sí, ése de allá-
y en todos los rincones del parque se oye la voz de alarma, y todos hacen coro de opinión ante la queja que convocó la asamblea…

Hasta que llega una mano
¿incondicional?
-sí, la tuya-,
y su gesto silencioso deja pulcro el lugar, poniendo en su lugar el abandono de quienes se abandonan a la queja inagotable.

Apenas se escucha ni retumba el silencio de la acción necesaria.

¡Sí, amigo mío!
Me gusta ver a través de la inocencia y, cuando ésta me presta sus ojos, noto que me envuelve una sonrisa cándida, libre, despreocupada de lo que pueda ser, ocupada plenamente en lo que ahora está siendo, sin creerse demasiado el cuento del futuro ni del pasado.

Ese cuento del que opinan los contadores tantas versiones, y que siempre está arrancando las hojas y las horas del presente…

Pensamientos de agua

Caminando por la cuenca de un río seco, vino un sombrero de nubes a contarme el diálogo entre el agua gaseosa y la cañada:

– Busco una vertiente donde morir como nube y nacer como río
–dice la una –.
Un cauce que me contenga sin empantanarme, que le dé sentido, propósito y dirección al flujo jubiloso de ser lo que soy: Sentimiento.

– He muerto como río desde que no fluyen tus aguas por esta quebrada
– responde el otro–.
Pero, como ves, voy aprendiendo a ser Camino. Aprendiendo a sentirte en los pasos que me transitan…

El canto de ambos

Sus cantos son el mismo canto
pero ambos cantan a libertades distintas.

El uno vuela libre sobre el bosque del mundo. Le interesan todos sus recovecos, formas y habitantes. Todo ello da cuerpo a su amplitud de miras, y quizá por esto mismo desiste él de atraparse en el espacio que abarca una simple mirada, pues no hay rincón en el bosque donde quepa todo el bosque. Su naturaleza es visionar desde las alturas. No puede echar raíces en el terreno porque sus ojos piden visión y su expansión quiere vuelo.

La otra camina a su antojo en los límites del bosque, sin dejar que la frondosidad de éste atrape su atención. Mientras el viento sigue silbando los murmullos del mundo, ella peregrina sin rumbo sobre el desierto colindante y desconocido, buscando en el silencio de las arenas, cual si éstas fueran una página blanca donde escriben los pasos.

Se dirige ella hacia un oasis que ha vislumbrado a lo lejos, pero a veces se equivoca de norte y despierta su sueño en la espesura y el ruido.
Otras veces consigue alejarse lo suficiente…
Silencio…
Ahí nace un nuevo canto y, como una niña con zapatos recién estrenados, se lo ofrenda a las criaturas del bosque.

Sus cantos son el mismo canto…
pero nacen de distintos espacios.

El oteador ha visto a la peregrina allá donde no alcanzan los ojos del mundo.
Se hacen amigos.
¡Es tan difícil encontrar amigos en el cielo y en el desierto!

– ¿Adónde vas, caperucita?
– Al Oasis de mis sueños. ¿Vienes conmigo?
– ¡Claro! Contigo sí, porque si has llegado hasta aquí es que eres confiable.
– No sé si soy confiable, pero yo confío.
– ¿Y cómo es ese oasis?
– Todavía no tiene palabras.
– Pues te dejo las mías, que yo sé de gestión y sostenibilidad.
– ¡Qué bien! Encontré a alguien que puede definir mi Oasis –canta feliz la peregrina.

El oteador se pone manos a la obra y conjuga los elementos que conoce del bosque, que son casi todos como corresponde a todo buen avistador. Recursos humanos, subvenciones, relieves geográficos, plan de trabajo….

Entre tanto, van dialogando entre ellos para conocerse mejor.
Emergen otras conexiones en la comunicación: espirales, números, ejes, energía, vibración…
Así se viven y alimentan el cuento, hasta que el hilo narrador se rompe con la voz del realismo:
– Utopías, espejismos -dice el águila desde las alturas-. No tiene sentido un oasis entre la floresta, ni es posible plantarlo en una nube. ¿Cómo injertamos una parcela de bosque en el desierto?

– En realidad, no es cuestión de cielo o bosque o desierto –responde la peregrina– El Oasis no está en una geografía, sino en la dimensión que esta relación puede aportarnos.

El vuelo de él ensancha el horizonte de la otra.
En el sueño de ella echa raíces el anhelo del otro.

Desde la unión aceptan ambos sus particularidades, dejando cada vez más espacio a lo latente, a lo que empieza a tomar forma en la timidez de un balbuceo. Nace así una expresión inédita e inocente, ajena al pasado de él y de ella. Un nuevo canto emerge en cada presente que los hace presentes, entonando una libertad inédita que ahora es definida por ambos.

Publicado en la revista La Tregua

La olla de parva

ADSUR Y ACISUR
organiza
III JORNADAS DE CRONISTAS E INVESTIGADORES DE LA SIERRA SUR DE JAÉN
Historia de la Alimentación en la Sierra Sur de Jaén

En los últimos años he conocido a muchas personas de diferentes geografías que quieren dejar atrás la cultura del cemento, retornando a la cultura de la tierra. He visto muchos intentos de comunidades, apuestas comunes en pueblos perdidos o abandonados, donde un grupo de personas se asienta en un espacio virgen con la intención de reinventar la evolución a la vez que sueñan cómo reinventarse a sí mismas. El libro Girasoles al amanecer que escribí y me viví hace años, habla precisamente de ello. Sin embargo, pese a lo idílicas que puedan parecer esas páginas escritas, lo cierto es que el tejido del sueño bucólico se desgasta, se rompe, en el ejercicio de la convivencia. Y también porque hay que afrontar una realidad: la tierra exige, a quien la trabaja y vive de ella, una energía diferente a la sustancia de la que están hechos los ideales. Curiosamente, todos los grandes escritores que alabaron el campo, que ensalzaron la agricultura y el pastoreo, vivían en ciudades, así que poco sabían sus plumas de la labranza, la siembra, la cosecha, la siega, la ganadería, el horneo. Y es que la voluntad, la fuerza, el conocimiento de todo lo que está relacionado con la producción del alimento, anclan sus raíces en la memoria de los pueblos y de algunos abuelos que todavía viven para contarla, como así me la han contado:

LA OLLA DE PARVA EN CASTILLO DE LOCUBÍN

A cualquiera le puede dar por pensar, cuando come un trozo de pan recién salido del horno, en todas las relaciones que han puesto su tiempo, su dedicación, su energía, para que dos sentidos, paladar y olfato, degusten en unos instantes la sustancia de tantas manos y tantos esfuerzos que la boca devora en un santiamén. Hoy en día las máquinas han sustituido a los brazos, y el combustible o la electricidad han mitigado el sudor de las frentes. Hoy las noticias del telediario acuden puntualmente a sentarse a la mesa y apenas dejan una intercesión para agradecer silenciosamente, no sólo por el pan de cada día, sino por la dedicación de tantos seres que lo han hecho posible.

El bocado de hoy puede que nos sepa más rico si apagamos la televisión y en lugar de escuchar tantas desgracias que pasan en el mundo dejamos que el pan nos cuente su historia. Para recuperar el pleno sabor de lo artesano, esta hogaza que os traigo ha querido apagar también las máquinas y la luz, encendiendo el sol en un amanecer de mitad del siglo pasado. Ya sabemos que el rocío de cada aurora no distingue de fronteras entre una comarca y otra, pero estos rayos en concreto están asomando en los campos de Castillo de Locubín –donde nació y creció esta servidora–, y hasta se podría decir que ya tocan, al son del canto de un gallo, las ramas del Olivo Grande en la Era de las Zarzas…

Pero no, todavía no podemos saludar a los parveros, porque estamos en agosto y hay que cobechar la tierra, esto es, ararla, oxigenarla y abonarla con el estiércol que las bestias acumulan en las cuadras. Antes de ponerse a esta labor, el gañán pasa por la herrería de Sanantón a dejarle una encomienda al herrero: calzar la maquinilla de la yunta, ya que las rejas están desgastadas desde la última siega.

Con la intención puesta en que los arreos del arado estén a punto para la faena que le espera, el agricultor se dirige también a recoger el ubio y el rabero que le encargara hacer al talabartero, motivo por el cual, subido al mulo, atraviesa a sus anchas la calle Alta del pueblo. Y digo a sus anchas porque no es lo mismo pasar por la Avenida de la Virgen de la Cabeza que adentrarse en los callejones del núcleo. Y es que, como declamara el poeta: las calles del centro de los pueblos son muy estrechas porque se quieren entre ellas y se buscan las aceras. Aunque, de estos versos y estos quereres, mejor no hablarle al conductor del autobús de línea, cuando maniobra con fatigas en las esquinas por donde antaño pasaban las bestias.

Pero dejemos el autobús en la estación y sigamos el rastro de esos mulos. La tierra ha sido cobechada hace meses y es el tiempo de la sementera. En una mañana ya fría de noviembre encontramos al gañán y al aparcero ayuntando a las bestias en los campos silenciosos que esperan la siembra. Vemos los arreos esparcidos en el suelo: los anterroyos donde descansa el ubio, la almohadilla para que los animales no se hagan daño, la maquinilla, los sobeos de esparto o de cuero, la bija. Todos estos bártulos han encontrado un nuevo orden en el lomo de los mulos, y ya podemos ver a los dos agricultores en plena faena; el uno guiando a las bestias que tiran del arado de palo con punta de hierro, haciendo surcos en la tierra. Por detrás pasa el compadre que, con el severo colgado al hombro va echando las semillas revueltas con abono. Una vez terminada esta labor, se gradea o alisa el terreno, y ambos miran al cielo reclamándole en silencio una lluvia fina que convierta la siembra en abundante cosecha.

Las estaciones han seguido su curso quedándose atrás el invierno y la primavera. En el mes de junio ya están las mieses reclamando la recolección, la siega y la trilla. Vemos a los segadores con sus deíles en los dedos, para que la hoz no los confunda con las espigas del trigo. Las mieses se van haciendo gavillas, juntándolas con ramales. Después se barcina; esto es, se le pone al mulo la arnarria que ha de transportar la cosecha a la era. Dependiendo de los campos donde se hace la siega, la carga es conducida a la Era de las Viñuelas, o a la Era de la Meloja. Pero ya que hemos comenzado con el Olivo Grande en la Era de las Zarzas, pues aquí mismo es donde llega por fin la recolecta de cereales.

Los parveros empalvan las mieses, esparciéndolas en el terreno, antes de que las bestias pasen por alto tirando del trillo. Las puntas que sobresalen de las dos ruedas metálicas cortan las espigas, a la vez que sostienen una tabla donde el trillador se ha subido y guía a las bestias con los cabestros. Cuando la parva ha sido trillada vuelta y vuelta, se vuelve a juntar haciendo un pez, un montón alargado que se orienta hacia el cierzo para ablentarlo. A veces los vientos son favorables y se acompasan con el viergo, ese tenedor enorme que levanta la parva, separando con facilidad el grano de la paja. Y a veces también sucede que no corre ni un soplo de aire, con lo cual, vemos a los parveros a la sombra del Olivo Grande, esperando el aliento del cielo que les ayude a ablentar. Aunque, si ya el día se ha ido por el horizonte, la esperanza está puesta en que asome la casera con la olla de parva. Ese buen puchero de garbanzos con su pelota, su morcilla, su tocino, su patata… les animará a velar el grano en esas noches de templanza que se pasan mejor con el estómago lleno.

Esa olla compartida entre los parveros, expresa una voluntad de comunión plena con la naturaleza y los compañeros de faena. Comer es la función que mejor celebra la satisfacción del trabajo hecho. En tiempos de escasez, sin embargo, corren rumores por el pueblo de que algunas morcillas llevan una cuerda atada, y salen fuera del puchero si al final de la jornada los costales no están llenos. Pero todo es cuestión de tiempo, pues el viento sopla siempre en alguna hora del día, y al final los jaspiles llegan cargados de paja a las cuadras, y los costales de grano van al molino.

Luego ya son las mujeres las que ponen las manos a la masa, después de cernir la harina con el ceazo y las paragüeras. Un rato podríamos quedarnos con ellas, al lado de la arteza, si no fuera porque el pan ya está puesto en la tabla y tapado con el mandil, a la espera de que llegue el panadero que ha de conducirlo al horno.

Y ahora que ya ha tomado cuerpo y aroma este pan que acompaña a la Olla de Parva, díganme ustedes, ¿no dan ganas de agradecer a toda esta gente, y a esta bendita tierra, por lo rica que sabe cada hogaza recién sacada del horno?

¡Mi agradecimiento a ADSUR y ACISUR por organizar estas Jornadas que me impulsaron a volver al pasado, y también al Excelentísimo Ayuntamiento de Frailes por la acogida que nos ha ofrecido!