El centro es el sitio

Cuando era niña iba con mis padres por estas fechas a recoger aceitunas. Recuerdo una ladera sombría que, orientada hacia el norte, el sol no tocaba hasta bien avanzado el día. Mis ojos miraban con impaciencia cómo los rayos dorados iban deslizándose por la vertiente de enfrente -avanzaban tan despacio-, y mis manos heladas querían empujar al sol para que llegase cuanto antes a mi cuerpo…

Acaso por impaciencia o quizá por falta de resistencia ante los fríos de la vida, he dejado mi sitio muchas veces para ir a buscar el sol del corazón en otras laderas del mundo. Además del norte, diría que incluso perdí la brújula con tantos desplazamientos. Aprendí, sin embargo, que no yerra la orientación si ve el centro en cada uno de los puntos que configuran la circunferencia o periferia circunstancial.

Y es que el centro es el sitio donde quedarse o avanzar, porque ahí siempre alumbra el Sol…

Regalos de inocencia

Cuando era niña quise hacerle un regalo a mi amiga en el día de su cumpleaños. No tenía monedas en la alcancía para comprar un obsequio y sabía que era inútil pedirlas en casa, lo cual favoreció que se activara de manera natural el estado de acecho, de observar alrededor qué elementos podían considerarse como una ofrenda. Recuerdo que encontré un pequeño frasco de cristal, vacío, en un rincón del ropero y pensé que nadie notaría el trasvase de la gran botella de agua de colonia familiar a ese bonito frasco.

Cosas de niña, pensar que una hoja de papel con un dibujo que has pintado es poca cosa que ofrecerle a la amistad.
Colores, texturas y olores de niña que concluyeron en interpretaciones adultas y no lograron desdibujar la reprimenda que recibí.

Las huellas marcadas en la infancia son un mapa sensitivo que nos induce desde dentro a cambiar y mejorar la lectura de lo vivido.

Acaso fuera esa niña, que tomó algo de los demás para tener algo que regalar, la que décadas después me inspiró a hacer mi propio perfume con las flores del entorno: rosas, madreselva y jazmín. Todavía me acompaña esta esencia que me regaló la Madre Tierra y, cada vez que abro la botella de cristal donde comprimí tantos pétalos, siento que la infancia me sonríe desde un rincón del ropero, dentro de una hucha vacía, y en los colores dibujados en un papel.

Puedo sentir hoy que esa huella sensitiva de la niñez fue transformada y sigue haciendo nuevas lecturas en el anhelo inocente de ofrendar, de ofrendarnos.

Cosas de niñas, aunque ya somos adultas, es entregarte una pluma a la cual tú haces espacio en tu cartera, desprendiéndote de una grulla que llevas contigo desde hace décadas, la cual yo recibo como si fuera un precioso frasco de papel que conserva la esencia de una amistad.

Portaré el símbolo en el tiempo y el espacio, Elena, pero sé que la fragancia de ese instante de reconocimiento en el cual intercambiamos nuestros regalos ha dejado su huella para siempre en las sendas del corazón.

Miradas mágicas

¿Qué es una mirada mágica?

Mejor explicarlo con una imagen:
Hace años vivía en una huerta y cada día iba a caminar hasta la orilla del río San Juan. Allí, sentada en una piedra, escribí un cuento sobre una perrita que peregrinaba por la vega del río con el propósito de encontrar el puente que le permitiera alcanzar la otra orilla. Ella había partido el mundo por la mitad: todas las desgracias estaban a este lado, y todo su afán estaba puesto en cruzar la línea separadora, con la confianza de que la felicidad la estuviese aguardando en la otra orilla.

Pues bien, viajé a Perú unos meses después y allá me sentaba cada día en una piedra, al lado de un afluente del río Urubamba. De pronto me di cuenta de que estaba en la otra orilla, porque las aguas fluían en dirección contraria a las del río San Juan.

Hacer esa asociación es un acto de magia, de Recapitulación, de comprensión profunda. La voz de lo concreto puede decir que esto es un absurdo: ¡Pues vaya tontería, si para cruzar un río de cinco metros tienes que dar un salto sobre el océano! Pero es que no es cruzar el río físico, ni una cuestión de distancias geográficas; es que se activó un espacio inédito del Ser donde, a otro nivel, también conviven los símbolos representados.

Lo has Visto, aunque no puedas explicarlo.

Cuando la visión traspasa la envoltura de la forma, la magia te muestra otros recorridos que no anduvieron tus pies. Otros significados que coexisten en el espacio que abarca una mirada.

Recapitulación de la Jornada

La recapitulación es el ejercicio de transformar y entender una imagen que quedó sitiada en la memoria al no ser comprendida en ese contexto en el que fue vivida. El recuerdo asoma a este presente y, al mirarlo desde la perspectiva de un recorrido más amplio, toma sentido la vivencia, liberando así el paquete informativo que dicha imagen traía consigo, transformando la carga negativa en positiva.

Vivir la Jornada ConcienciaT ha significado una actualización de la trayectoria que me sitúa en contacto con otros recorridos, otros buscadores que a su manera y desde su expresión trabajan en la misma apuesta y dirección que yo misma tomé como destino…

“La autoestima desde el enfoque vibracional holístico”… “Armonización a través del sonido de los cuencos”… “El arte como expresión de lo sagrado”… “La espiritualidad, la profundidad del ser humano y la felicidad como parte intrínseca del mismo”… “Los últimos obstáculos para alcanzar el mundo que soñamos”… “La Inteligencia Subyacente de la Naturaleza”…

¡Cuántos ecos y resonancias en este Encuentro! No me extraña que ya desde el comienzo de la mañana los signos empezaran a manifestarse:

En un descampado, que nunca miro pese a bordearlo siempre al salir de la urbanización en la que vivo, vi a primera hora de la mañana una maravilla de girasol entre el abandono, la maleza y un cartel que anuncia la venta del solar. Imagino otras miradas enfocadas sobre el mismo espacio y sé que cada cual vería algo distinto. El constructor contemplará la posibilidad que le ofrece el cartel; el agricultor apreciará si el terreno es cultivable; el amante de los animales mirará a los gatitos que buscan su alimento; el ecologista verá los elementos reciclables esparcidos por doquier. Y lo que yo vi en esta mañana fue un girasol que le dio un sentido propio a esa imagen que a diario me era ajena.

Un hermoso girasol se hace visible en un contexto inesperado. Es fácil ver girasoles en grandes extensiones de terreno abonadas y preparadas para que el verano ofrezca una buena cosecha. Pero, por lo que sea, esta flor me tocó el corazón al salir de su contexto de normalidad, ofreciendo una pincelada diferente a la tonalidad del lugar.

Las ponencias en la Sala de Actos Robert Brillas de Esplugues fueron tan interesantes como deliciosas las conversaciones y reconocimientos que se dieron en los descansos. Yo me sentía feliz con los «Girasoles al amanecer» expuestos a la entrada de la sala, hasta que Maribel, amiga del alma y coordinadora del evento, se acercó a preguntarme si quería intervenir en el cierre de la mañana.

¡Claro! ¡Unos cantos!

La improvisada intervención de diez minutos me hizo vivir un proceso vertiginoso que no sólo concentró y actualizó en la fuerza de un canto los tres años de presentaciones del libro, sino que expuso ante mí misma y ante el público a la primeriza niña asustada (que le tiembla el micrófono en la mano y se le rompen las palabras en la garganta) para que finalmente pudiera expresarse la niña-anciana.

El canto hizo su trabajo de alineación energética, y hacia la mitad de la exposición el corazón había dejado de latir desorbitado. En el último minuto ya no queda miedo ni osadía en un pálpito que es cristalino, late acompasado, siente, se expresa, mientras la anciana-niña le canta a la vida y a la Madre Tierra algo así como: ”Amada Tonanzi, con todo mi amor, que nazca una flor en mi corazón”

El Banco de Tiempo

En la infancia percibía el tiempo como un pálpito imparable que se acompasaba con el latido de mi corazón.
Tic tac. Tic tac, pulsaba el primer reloj en mi oído y, mirando las manecillas que recorrían su circunferencia, trataba de entender los distintos ritmos en cada una de ellas. La aguja de los segundos, la de los minutos, la de las horas…

Después el tiempo salió de la circunferencia infantil y fue ensanchando sus ciclos en el calendario de los días, trimestres, años…

…Y me trajo a esta terraza, a este punto de encuentro, a este momento en el que varias décadas quedaron atrás, donde mis ojos se detienen por un instante en un reloj de colores chillones que una niña acerca a su oído. Desde su inocencia, ella está sintiendo el pálpito de cada segundo.

La imagen hace eco en mi interior. Un recuerdo se despierta y hace su recorrido a través de la memoria llegando a este presente con una percepción más completa. Algo así como si cada fracción de tiempo hubiese creado un mundo en el que existir.

¡Qué sería un segundo si no llevase en sí mismo el primer y el último instante, el primer y el último aliento, la muerte y el nacimiento!

Un minuto puede determinar un antes y un después:
El último minuto antes de que el tren arranque en un viaje de muchas horas que puede llevarte a una estación en la que los años te atrapen.
¿Faltó ese minuto y te quedaste en el antes?
O quizá te sobraba tiempo pero en el último momento te faltó el coraje de cruzar el andén y subirte al vagón.
Un minuto puede partir el mundo en dos, en lo que podría haber sido y no existe; en lo que sigue siendo y es lo que es.

También las horas se enseñorean y demarcan sus territorios.
La hora de levantarse, la de comer, la de fichar en el trabajo, la del recreo, la hora en que el mercado cierra sus puertas…
Cansinas campanean las horas programadas que se van alejando del latido inocente del tiempo, del segundo naciente, del minuto decisivo.
Aunque bien es cierto que algunas horas vienen cargadas de todo eso y ¡mucho más!…

Y lo mismo podría decir del Banco de Tiempo, que es mucho más que un cúmulo de tiempo cuyo valor es la disponibilidad e intercambio de esos recursos y potencialidades que el mismo tiempo desarrolló en cada uno de sus usuarios.
El Banco de Tiempo lleva consigo la unión de muchas personas en un mismo propósito compartido. Mas, desde aquí, desde esta terraza, desde este punto de encuentro, este momento se percibe como un tiempo de ofrendas, alegría y reencuentro.

La Montaña de Montserrat

Hace cinco años, por estas mismas fechas, caminaba en solitario por Montserrat. En mi diálogo interno, le pedía a la montaña que me mostrase un mapa, una mirada a vista de pájaro que me indicase el lugar donde había desembocado mi recorrido vital.

Anduve un rato despreocupada ya de este asunto, hasta que de pronto se abrió el paisaje a través del gran ventanal de piedra, una inmensa apertura que me permitió divisar el horizonte a lo lejos: Campos y campos vestidos con los colores de la tierra fértil y de la primavera. Miré luego hacia el fondo, bajo mis pies, cómo la densa vegetación apenas permitía que los rayos del sol se adentrasen en su espesura. Me giré alzando la cabeza y mi visión no pudo abarcar los límites de aquellas gigantescas piedras sosteniéndose en las alturas.

¡Bien! La montaña me respondía mostrándome el mapa que antes le había pedido. A modo de síntesis me estaba diciendo: “saliste de la espesura, tu visión es más amplia, pero te queda un largo recorrido para reconocerte en tus alturas”

Hoy, después de cinco años, se me ofrece la ocasión de caminar en compañía, en muy buena compañía, por esas sendas recónditas de la montaña, que tiempo atrás no pudo alcanzar mi vista en toda su amplitud. Y sin que yo haga preguntas, porque todos los interrogantes se me fueron cayendo en el trayecto que me condujo a este día, se abre en el paisaje el mismo ventanal de piedra que antaño me respondiera.

El vértigo ha sustituido hoy a la sensación de incertidumbre que sintiera ayer. ¡¡¡Cuánta dicha en estos parajes inexplorados que no puedo traducir en palabras!!!

Al compartir esta reflexión con mis compañeros de viaje me pregunta Martí:
¿Quiere decir que ahora vives desde más arriba, Angela?…
Y le respondo: “No, quiere decir que caminé en estos años y que mi percepción ha cambiado, pues miro el mismo paisaje desde otro lugar en mí…

«Darse cuenta»

De nuevo nos encontramos en la Montaña de Montserrat, esta vez para dar la bienvenida a NarSham que ha cruzado el océano con el propósito de activar el Despertar del Ra-haraktys en España.

A pesar del sol resplandeciente que nos regaló el día, acabamos en el recoveco más sombrío de los múltiples espacios soleados que hubieran acogido nuestro canto. Y es que nos vivimos pruebas a muchos más niveles de lo que a simple vista pudiera parecernos:

El difícil acceso a la montaña que desajustó el tiempo acordado y desencadenó la impaciencia en unos y el estrés en otros.
El frío en el lugar de acampada tampoco ayudó a cambiar el ánimo, pero a esas horas y después de tantos inconvenientes, preferimos, antes que desandar nuestros pasos, asentarnos en esa cueva que nos protegía del viento.
Y, aunque todos acudimos al encuentro con ganas de tomar conciencia, de aprender, lo cierto es que el hambre del estómago superó al del alma.

Tengo que agradecer a NarSham que alineara el desorden energético aportando el gesto que nos acerca a la delicadeza del mundo sutil:
pidiendo el permiso a los guardianes del lugar,
abriendo el espacio a lo sagrado,
bendiciendo los alimentos…
y caldeando nuestros corazones con sus palabras.

Trato ahora de hacer una lectura de los signos, de los acontecimientos que se fueron manifestando a lo largo del encuentro.

La Montaña, la Vida.
Un lado soleado y el otro sombrío.
Caminamos buscando el sol
con la oscuridad pegada a las espaldas.

Pero a veces la vida, que es la gran maestra, pone por delante la sombra como una larga vereda en la que no hay marcha hacia atrás.

Entonces sólo queda girarse hacia el sol que te habita, esa conciencia que no depende del tiempo, ni del lugar, ni de las circunstancias, sino de una apertura total, de la confianza absoluta de que todo cuanto sucede en este momento es un pasaje más que me está mostrando quién soy por detrás de lo que creo ser.

Y es curiosamente en ése «darme cuenta»
cuando cambia el entorno
y se despliega un paisaje más soleado…

Vivencias tranfiguradoras

Mi proceso de autodescubrimiento me condujo hace unos años hacia el Valle Sagrado de Perú, con el propósito de seguir las huellas que otras culturas dejaron en la memoria de las piedras. Fue un viaje sin mapa definido que desembocó en la convivencia con unas gentes que, cual si fueran bibliotecas vivientes, conservan y transmiten el conocimiento esencial ; una experiencia que me sacó de la horizontalidad y sus múltiples expresiones para situarme en el eje vertical que atraviesa el centro de todas las cosas, y que transfiguró, no sólo mi pensamiento, sino mi ser entero, a la vez inspiró la obra literaria, Girasoles al amanecer.

El hecho más significativo de este viaje fue la convivencia con un grupo de Hombres y Mujeres Medicina que me enseñaron a concebir los actos, los pensamientos, las palabras, en términos de salud o enfermedad. Ellos encarnan aquellas maneras sagradas de entender la vida, de pensar y de relacionarse con los seres humanos y con todas las criaturas del universo, que en nuestra desbordante idea de progreso hemos olvidado.

Con ellos he compartido, en días y noches inolvidables, he participado de las antiguas ceremonias nativas y, siguiendo impulsos que muchas veces contrariaban mi razón, he subido a la soledad de la montaña a encontrarme “cara a cara” con el Espíritu. He escuchado su voz cuando se acallaron todas las voces en mi cabeza y he aprendido a descifrar el lenguaje de signos que constantemente despliega la Madre Tierra en sus ciclos rutinarios.

Al experimentar estas vivencias en primera persona fue madurando en mí la convicción de que hay una memoria dormida en las raíces de nuestra psique individual y colectiva, y que es al despertarla cuando extraemos la fuerza necesaria para sostenernos en nuestras alturas.

Callar a la altura del silencio

Recuerdo, en una de las presentaciones que hice de mis libros publicados, cómo se me quebró la voz antes de pronunciar un discurso previamente preparado ante el grupo de personas que escuchaban atentas frente a mí. Casi tartamudeando, dije: así está bien, pues sólo cuando las palabras marchitas se rompen en la garganta pueden dejar espacio a la fragancia de una voz desconocida hasta entonces.

Una voz que viene a decir aquello que nunca nombraste.

Otras veces la voz se quiebra cansada de repetir un argumento sublime que nunca fue capaz de hacer sublime tu existencia.

Entonces comprendes que hay que callar y escuchar otras voces que, desde más adentro, te dicen que ASÍ NO ES.

Un extraño silenciamiento acontece en tu garganta y en tu mente.
Ya no quedan quejas ni exaltaciones.
Sólo callar y que tu mudez esté a la altura del Silencio.
Y si después brota una palabra, que ésta vibre en la hondura de la Voz.

Sólo queda fortalecerse para que un día venidero tus relaciones estén a la altura de ese amor que con tanto énfasis declamas…

Misterio de inocencia

Hay recuerdos imborrables en mi niñez que se anteponen, así como la hierba aflora infatigable entre las grietas del cemento, a capas y capas de vivencias acumuladas en la memoria. La escarcha que cubría el olivar en los invernales fines de semana, el almendro vestido de blanco para recibir a la primavera, el olor a tierra mojada tras la tormenta veraniega, las hojas de otoño caídas en la vereda que conducía al colegio…

Misterio de inocencia y sencillez el que se percibía en una flor, en un paisaje, en el transcurrir de los ciclos escolares.

También recuerdo el olor de los libros de texto desparramados sin orden ni concierto en la mesa de estudio, y el tacto de aquéllos otros que apilaba como un tesoro en la estantería de mi habitación. En mi mente adolescente la literatura abrió una ventana a la que, sin que nadie me lo impusiera, quise asomarme para aprender a mirar otros paisajes, a oír otros pensamientos, a imaginar otras historias. Fueron esas lecturas las que entretejieron sueños de un mundo mejor y el interrogante de cómo soñarme a mí misma para ocupar un lugar en él. Ansias por conocer y conocerme. Dudas. Y también certezas que después hube de conjugar en el tejido de mi propia existencia…