Un ¡basta! que nos proteja

¿Se trata de unirnos a través del miedo que se nos está inyectando mediáticamente y con tantas medidas de protección impuestas,
o se trata de unirnos a través del Amor hacia la vida, reclamando el derecho a nuestra libertad?

Sinceramente siento que ya estamos todos dentro de este inmenso “microondas” que, desde niveles que no podemos controlar individualmente, controla nuestras mentes y nos lleva al caos de creer que el asunto está en aislarnos de lo que sucede. Siento que estamos desprotegidos de quienes supuestamente nos protegen.

Observo que este gran momento habla de nuestro nivel de domesticación a través del miedo y, a la vez, también está despertando el instinto más salvaje de muchas humanidades.

Salvaje, no en el sentido de arrasar ni asaltar, sino en el sentido de recordar que esta «selva humana» tiene espacio para todas las criaturas y todas las formas que la Naturaleza expresa.

Salvaje en cuanto a que ninguna especie de la cadena biológica atenta contra la vida de otros seres vivos si no es por alimentarse o defenderse.

Salvaje en cuanto a que cada criatura desarrolla su propio instinto de supervivencia ante las amenazas que siempre están al acecho.

Recuperamos nuestro instinto más salvaje, en el contexto de actualidad que nos actualiza, quienes intentamos salvarnos de la gran tela de araña que la manipulación ha tejido en nuestras mentes con hilos de supuesta protección.

Salvajes son quienes se salvan a sí mismos;
salvajes quienes despertamos de la hipnosis colectiva que teledirige a la humanidad hacia un mundo en el que, para seguir habitándolo, se necesita un nivel muy alto de olvido de nuestra naturaleza esencial.

Y no es que yo quiera ni pueda salvar a nadie de ese destino enfermizo y agonizante, pero sé que mi voluntad está unida a las voluntades que apuestan por la vida, destejiendo, desde la investigación verdadera, la tela de araña que nos atrapa en el aislamiento de «las distancias de seguridad».

También sé que cada cual está en su proceso personal, atendiendo a su particular momento, o que no le ha nacido de más adentro del olvido el grito salvaje que dice:
¡BASTA!

Es tiempo de crear un lugar puro y protegido dentro de uno mismo, pues no habrá lugares seguros para la salud si ya hasta el aire que respiramos está contaminado de ondas insalubres que alteran nuestro equilibrio físico y mental.

Es por tanto este grito mío una exclamación del más puro instinto de supervivencia y, sin pretensión alguna de afrentar a nadie, valga el intento de templar con la palabra el fuego rebelde, si logra un solo «despertar» de esta pesadilla colectiva.

Sueños realizables

Me ha dicho un sueño en esta madrugada,
que los sueños hay que protegerlos hasta que tienen suficiente fuerza para tomar vida y vivir,
para formar cuerpo en la realidad.

Los sueños toman perfil, consistencia y carácter, en la oscuridad,
así como una semilla en las entrañas de la tierra,
o así como el bebé que se fue gestando en el vientre materno, y al que el aire solamente toca y llena y alienta a través del primer grito, el que indica: “estoy listo para vivir”.

Cuando no ha nacido el sueño,
cuando sólo son rumores que se difunden al vaivén de los vientos,
los sueños se disipan en el aire,
aunque despierten ecos que reflejan
si son sueños creíbles o son quimeras.

Ni unos ni otros ecos dan poder a mis sueños,
es menos, me confundo con tantos supuestos y suposiciones que ocupan el lugar protegido donde un sueño en particular se fortalece,
donde se gesta la fuerza necesaria para hacerme más real…

La idea de protección

Dicen que la rosa es la flor preferida de la Madre Tierra.

En el aleteo de nuestros sentimientos notamos que finalmente se abre inocente el corazón como la frágil plenitud de una rosa. En esa apertura no hay ya interrogantes que resolver pues belleza y perfume son la respuesta a un proceso natural de transformación.

Fue el tallo el que preguntó antes: ¿cómo protejo a la flor de las energías negativas y oscuras? Y solventó el asunto cubriéndose de espinas. Y cumplió en parte con su cometido, ahuyentando a quienes no gustan del contacto con el punzón. Pero no pudo proteger a la rosa de unas tijeras en manos enguantadas, ni de la tormenta, ni del paso del tiempo que la marchita.

La necesidad de protección está arraigada en nuestro instinto más primario, pero la idea de protegerse es perpetuada en nuestras concepciones mentales, en nuestros juicios sobre el bien y el mal, creando muros, armamentos y enfermedades en el mundo que habitamos y nos habita.

No podemos entrar con esa losa en el espacio del corazón, al igual que las espinas no tienen cabida entre los pétalos de la rosa. Pues así como la flor se marchitará, también el corazón dejará de latir un día, pero, si en su apertura deja en el aire la fragancia del amor, su esencia vivirá por siempre en los jardines de la vida.