La faz de España

Yo no quiero escribir más cuentos, abuelos poetas,
ni trazar renglones que opriman el pensamiento
siguiendo una trama repetida en el tiempo,
ni cifrar signos difusos sobre el silencio blanco
que guarda en sus entrañas memorias del futuro.
Y tampoco quiero remarcar la colosal arruga
de esa faz querida que se escapa del marco
buscando su canción entre los recuerdos dudosos
de tantas vivencias sobre la piel de estas tierras.

Yo quiero ser nieta de vuestros versos, abuelos.
Y si no me alcanzasen las palabras para hacer
una España así como antaño soñaran vuestras
plumas, los colores de Julio Romero de Torres
pueden alcanzarme para pintar un rostro
a esta patria teñida tantas veces ya de tantos
contrastes, de arreglos y desarreglos, siempre
hecha y siempre inacabada, siempre perfecta
y siempre por hacer en el devenir detenido
y a la vez imparable de las cambiantes estaciones.

¡Ay, abuelos, poetas! Yo aspiro pintar con palabras
la luz que hace visible el perfil de un rostro cuyos
ojos recuerdo en un mar interminable de olivos
y de anhelos inagotables por mirar detrás del horizonte;
de unos labios que en la infancia me besaron
dejando en la piel de la inocencia el olor del roble,
de la encina y del junco, cual aliento fresco que fue
dando forma con paciencia infinita a esta tierra arcillosa.
Pintar de azul los versos para que ese trozo de cielo
donde bebieron vuestros sueños, abuelos poetas,
sea el marco de un espejo donde sonríe la faz de España.

Poema seleccionado para la Antología de Vivencias convocada por Orola Ediciones. El tema monográfico del concurso fue “FACER ESPAÑAS”, un concepto con el cual se pretende resaltar y dar testimonio de lo que nos une a la comunidad hispanohablante. Nuestros anhelos y preocupaciones, nuestras diferencias, entendidas como riqueza y diversidad, y también nuestras miserias y flaquezas, para poner toda nuestra energía en superarlas.

Poderosa humildad

En el comienzo éramos alas de mariposa
que, en nuestro sobrevolar por el mundo,
despertábamos el aroma de los pétalos de las flores.

Transcurrió un suspiro en el tiempo
y, en el hoy, somos avenidas de resonancia y poemas,
viento y bocas mojadas que en nuestras palabras
y silencios damos el aliento a la vida.

Muchos fueron los corazones que quisieron
ser soplo sobre las olas
y no aire estancado en las horas.
Sólo unos pocos lo consiguieron,
los más ligeros, los más humildes,
aquéllos capaces de seguir el ritmo de las estrellas
en cada pisada.

Esta noche me he pensado como una diminuta piedra,
desde cuya cima podría verse el mundo
como un mar oscuro de suaves movimientos.
Las estrellas me parecieron flores
de un jardín sin ritmo, flotante.

Fue entonces que las alas del viento
rozaron a un segundo con la fragancia de lo eterno.

Metamorfosis

Era un cautivo beso enamorado,
de una mano de nieve, que tenía
la apariencia de un lirio desmayado
y el palpitar de un ave en la agonía.
Y sucedió que un día,
aquella mano suave
de palidez de cirio,
de languidez de lirio,
de palpitar de ave,
se acercó tanto a la prisión del beso,
que ya no pudo más el pobre preso
y se escapó; mas, con voluble giro,
huyó la mano hasta el confín lejano,
y el beso que volaba tras la mano,
rompiendo el aire, se volvió suspiro.

Metamorfosis – Luis G. Urbina

Luis G. Urbina lo llama Metamorfosis en este poema donde describe a un beso cautivo enamorado de una mano que se cree libre, aunque al final acaba huyendo.

En mi poemario particular ha supuesto la transformación que hizo la mano (lo personal) para acercarse lo suficiente a ese espacio intangible al que no se le da reconocimiento, ni aceptación, ni expresión (el beso).

La metamorfosis de un prisionero beso en suspiro liberado.
La transformación, en aliento esencial, de todo eso que quedó olvidado, ajeno, oprimido…

A veces se manifiesta el amor entre lo uno sintiente ahí dentro
y lo otro visible ahí fuera;
amor hacia lo ajeno que no siempre acepta el todo en la otredad.

Otras veces no encuentras nada ahí fuera que despierte tu sentir, y miras adentro.
Con ojos de asombro ves la infinita paciencia con que el amor va reconciliando en ti un espacio y otro; descubres entonces un sentimiento prístino que ya no puede rechazar nada, pues ahí dentro nada queda fuera del sí mismo.

Y es ahora, mientras declamo el poema de Luis G. Urbina, cuando se me hace visible el amor entre un verso y otro;
entre una imagen –el beso o el amor–
y otra –la mano o la persona.

El poema es lo otro que ahora siento y acepto en la totalidad de sus estrofas.
Las imágenes son dos espacios en mí que ya no se rehuyen.
Se están amando desde siempre.

«Y era un cautivo beso…»

Por debajo de lo que somos

Hacemos una escalera hacia nuestros cielos.
Subiendo sobre ti,
y tú sobre mí,
escalamos nuestras cimas.
¿En qué momento se hacen falsos los peldaños?
Resbaladizos.
¿En qué mirarnos, se quiebran y resbalamos?
La fractura.
Nos rompemos cuando el impulso de elevarnos juntos,
de crecer en el nosotros,
por encima de ti y de mí,
se detiene y acomoda un palmo más arriba del otro,
Y desde ahí caemos y caemos,
muy por debajo de lo que somos…

Hojas de hierba

Hojas de hierba, Walt Whitman

Yo me celebro y yo me canto,
y todo cuanto es mío también es tuyo,
porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca.
Indolente y ocioso convido a mi alma,
me dejo estar y miro un tallo de hierba de verano.
Mi lengua, cada átomo de mi sangre, hechos con esta tierra,
con este aire, nacido aquí, de padres cuyos padres nacieron
aquí, lo mismo que sus padres…
Me aparto de las escuelas y de las sectas, las dejo atrás;
me sirvieron, no las olvido; soy puerto para el bien y para el mal,
hablo sin cuidarme de riesgos, naturaleza sin freno con elemental energía…
He oído lo que hablan los habladores,
la fábula del principio y del fin,
pero yo no hablo ni de principio ni del fin.
Nunca hubo más principio que ahora,
ni más juventud ni vejez que ahora,
ni habrá más perfección que ahora,
ni más infierno ni cielo que ahora.
Impulso, impulso, impulso,
siempre el impulso, generador del mundo…
De la penumbra surgen iguales elementos contrarios,
siempre la sustancia y el crecimiento,
siempre un tejido de identidades,
siempre lo diferente,
siempre la Vida que se engendra…
Bienvenido cada órgano de mi cuerpo y cada tributo,
y los de cualquier hombre sano y limpio,
ni una pulgada, ni una partícula de pulgada es vil,
y ninguna debe ser menos querida que las otras.
Estoy satisfecho, veo, bailo, me río y canto…
Todas las verdades aguardan en todas las cosas,
ni se apresuran ni se demoran,
no precisan el fórceps del cirujano.
Para mí lo mínimo no es menos importante que lo demás,
(¿qué puede ser mayor o menor que un roce?)
Ni la lógica ni los sermones convencen,
la humedad de la noche me penetra con más intensidad.
Una gota y un minuto me bastan para sosegar mi cerebro,
Creo que los húmedos terrones serán alguna vez amantes y
lámparas, y que el alimento de un hombre o de una mujer
es un compendio de compendios.
Y que lo que los atrae y los une es una cumbre y una flor,
y que se ramificarán infinitamente hasta saberlo todo,
y hasta que todos nos deleiten y los deleitemos a todos…

Cuando me voy por las ramas

¡Ay, si los árboles hablaran…!

Y, sí, déjame creer que los árboles hablan,
que entablan un permanente diálogo
en sus refrescantes sombras.

Dicen en el crujir de sus ramas,
en el murmullo de sus hojas
movidas por el viento.

Quiero pensar que dialogan
con los silbidos de las aves
que en sus recovecos hacen nido.

Puedo sentir cómo nos dan su amor
transformando los fluidos del aire en oxígeno,
en aliento para la vida,
a la vez que nos regalan el perfume de sus flores
y la dulzura de sus frutos.

¡Tantas cosas innombrables que ellos dicen,
y nos hemos dicho a la sombra de un árbol!

Y, ahora que lo pienso,
¿no fueron acaso, todo cuanto dijimos tú y yo,
diálogos que por siempre han mantenido
el viento y las ramas?

Aquellas cartas…

Es una actividad cualquiera
pero no cualquiera escribe cartas.

En el cualquiera de las cosas sin objeto,
sin ubicar y sin tiempo,
que transcurren por capricho natural,
porque la noche está insomne
o simplemente porque las esferas giran despacio…
en ese cualquiera que es por nada
y que es por todo,
las cartas fabrican una magia
que vale por miles de emoticonos prefabricados.

Es la mágica consonancia de las palabras
que van y que vienen,
en un avanzar con regreso,
por pura devolución,
o por afán inocente de no hacerse cenizas a un lado,
si del otro brotaron como verdades incandescentes.

Son esas voces cualesquiera,
silentes para el oído y melódicas para el alma,
que nacen en una página sin propósito definido,
atemporales,
y que luego crecen por capricho natural
en la complicidad que las abraza.

Pero no, nunca fueron ni son cualesquiera
las cosas dichas, conocidas o recónditas,
si fueron engendradas en presente y presencia
por el sentir del silencio,
con el latido del corazón en la Palabra.