Se podría decir que casi siempre es el dolor el que nos despierta.
El grito desgarrador siempre abre una grieta,
una apertura mostrándonos que en nuestra casa no había ventanas.
Duele cuando descubres que pasa la vida por tu puerta mientras te has quedado mirando sombras proyectadas en la pared de tus percepciones;
un mismo paisaje de formas distintas y apariencias renovadas
que se despliegan sistemáticamente ante los tabiques de tu encierro.
Entonces, como decía el poeta:
«abrimos un gran boquete en la pared
y nos escapamos a buscar la luz,
desnudos, locos y mudos,
sin discurso ni canción»…
