Faros en la noche

Gran parte de mis lecturas y meditaciones han venido a dedicarse al conocimiento de un mundo interior en constante cambio y siempre desconocido.

Siempre descubro teorías nuevas,
abriéndose paso en las incertidumbres de la consciencia,
al modo de faros que alumbran en la noche.

Pero acaso mis ojos, desacostumbrados a ver en la oscuridad,
tan sólo hayan conseguido tantear en las penumbras de la madrugada qué es una piedra,
y qué es una senda (cuando las piedras conducen a alguna parte)
y desde la cual pueda percibirse,
no sólo la consistencia de la realidad y sus aristas,
sino también el firmamento que me rodea
y a través del cual, como espectadora activa,
se renueva mi asombro ante la grandeza de cuanto existe…

Las cosas cambian

Cambian las cosas en la medida en que cambia el lugar desde donde las percibo.

Cuando miro y siento la vida a través de un cristal sombrío, las cosas me parecen sombras. E incluso parece que la sombra y la oscuridad quieren congelarse en esa percepción, que nunca llegarán esos cambios que darán luz a lo que hoy es una sombra cristalizada en la mirada.

Por el contrario, las cosas me parecen vivas cuando siento las fuerzas del corazón. Me refiero a esas fuerzas que nacen de adentro y encuentran a su paso millones de motivos para vivir, aunque ninguno prime sobre otro pues todos son importantes y todos tienen su razón de ser.

Cuando percibo desde esa vitalidad siento la luz y veo que alrededor las cosas adquieren infinitas tonalidades, como si el impulso interno estuviera plenamente armonizado con la respuesta del exterior.
Entonces ya no lo pienso, ni analizo, ni empujo
y, sin embargo, noto que las cosas ruedan
y van a otro color.

Las cosas ruedan con tranquilidad,
en la dirección adecuada,
no existen roces ni fricciones,
ruedan como una oportunidad.
como si el entusiasmo clamara desde adentro:
¡Qué bien! ¡Me vivo mejor los mismos pasajes de siempre!

En fin, yo tan sólo digo que las cosas están cambiando por detrás de cada mirada cristalizada.
Y me afirmo en esta percepción:
las cosas siempre cambian,
y la naturaleza de las cosas vivas
es cambiar siempre a mejor…

Ganando altura

Vivimos como criaturas de un bosque mental,
acechando y a la vez siendo acechadas,
marcando nuestros territorios,
definiéndonos en esto o aquello o lo mejor;
negando lo otro:
lo peor es lo otro y del otro,
en una constante contraposición del ser y no ser.

Las alturas de la percepción abarcan los dos extremos de la dualidad con toda su gama de contrastes.
Y no hay motivo de conflicto cuando vemos que cada pensamiento, cada sensación, cada movimiento, ocupan su lugar en el todo que nos configura.

Esto lo ve la mirada que se alza y contempla las cosas desde más arriba.
Ganamos la altura que se sobrepone a la jaula identificadora, y una visión más amplia acoge lo que antes hemos negado, lo que antes no considerábamos como nuestro.

Son instantes de comprensión profunda, de paz expansiva donde quisiéramos anclar el enfoque de la consciencia y quedarnos ahí donde sucede la percepción sin límites: la libertad…

Líneas pensantes

Desconozco el momento justo en el que cambia la manera de pensar el mundo.
Mas, si me pongo a observar, veo una línea pensante con dos extremos inseparables:
final-comienzo, tú-yo, dentro-fuera, sustancia-forma…

La polaridad se va transformando al percibir esa otra línea trazada por la Presencia, invisible, sensitiva, que se expande gloriosa en su recorrido, curvándose su anverso en eterno retorno…

Me olvido de todas las circunstancias en que he percibido la fuerza del temple, la que me arquea sin romperme, pues ahora viene un hermoso instante a recordarme el poder que se activa cada vez que se abrazan los dos extremos irreconciliables de una percepción,
cada vez que observo lo que sucede sin entrar en juicios, así como es,
cada vez que se disuelve un condicionante
que le he puesto a la experiencia de amar…

Percepción de distancia

En la distancia siempre hay proyección propia,
y siempre hay distancia entre dos seres que no se manifiestan desde el reconocimiento, desde esos espacios comunes que recogen e impulsan lo auténtico y genuino que llevamos dentro.

En la distancia creemos que el otro es así,
o de la otra manera,
sin darnos cuenta de que estamos cuestionando percepciones mentales, cuadros en el museo de los recuerdos propios, que el otro ha detonado.
Y siempre hay distancia si falta la comunicación íntima, las ganas de actualizarnos, de renovarnos en ese estiramiento de ti hacia mí, de mí hacia ti.

En la distancia siempre estamos solos,
con nuestros propios fantasmas que nos acompañan.
Y siempre hay distancia, aunque estés aquí al lado, si necesitas interpretarme, analizarme, ubicarme en tu marco de percepciones.

Siempre estamos lejos si en el impacto de la cercanía no se nos han caído todas las psicologías y nos abrazamos con la mirada, con la sonrisa, con la alegría de cada re-encuentro que nos re-nueva.

Paz

En cada ausencia está un pasado
de horas ausentes,
pero ahora estoy presente
en el transcurrir de la vida.
Soy presente en esta paz
que descorre sin chirridos
el velo de cada día.

«Saltos» en la percepción

Hay vivencias donde confluyen distintos aspectos de un proceso que, al encontrarse en un mismo punto, generan la fuerza necesaria para “dar el salto” e iniciar un nuevo recorrido desde otra percepción en la espiral evolutiva.

Ilustro este entendimiento con la experiencia de un viaje por tierras manchegas, un recorrido en el cual el espíritu quijotesco y su escudero han salido de las páginas literarias, y no precisamente para batallar con molinos de viento sino para respirar de una propuesta que nos hizo la Asociación Ahire en Ciudad Real:
«Amor incondicional como forma de vida».
¡Gracias, gracias, gracias, Paco, por el espacio y la convocatoria!

Y también tomó sentido el viaje para echar un nuevo leño a ese rescoldo de la amistad que prendimos en Puertollano hace un par de años. En Centro Sadhakas actualizamos el aprendizaje y los pasos que nos han conducido al reencuentro.
¡Gracias, Aitana y Miguel Angel, por mantener encendida la llama de un sueño!

Por esta vez, frente al volante, el quijote y su escudero viajan en mi mente, en la interpretación reflexiva que hago sobre el lenguaje de los símbolos y, así como sucede en las páginas de esta gran obra, no siempre se ponen los personajes de acuerdo.

Estamos rodeados de símbolos.
La Madre Naturaleza es un despliegue viviente de símbolos.
Los acontecimientos del día a día están repletos de símbolos.
El símbolo como lenguaje que nos conecta con otros niveles de entendimiento.
El símbolo como indicativo de coordenadas, de dónde estamos posicionados en nuestro proceso de aprendizaje.

En estos encuentros se me ofreció la oportunidad de exponer mi visión del Círculo. Y, como decía al comienzo, agradezco el “salto” que me ha permitido actualizar un cambio de percepción. Un darme cuenta si los zapatos de ayer le son cómodos a los pies de hoy; o acaso se han ensanchado tanto los límites de esas creencias con las que me identifiqué antaño que las medidas de mi crecimiento (de mi experiencia actual) se golpean, se resbalan, no se ajustan con esas ideas y por lo tanto suenan chirridos disonantes en cada paso, en cada movimiento.

Y aquí he podido ver la diferencia entre interpretar los símbolos desde un enfoque periférico, mental, lineal, de polaridad, de excluir para alcanzar…
y un enfoque de centro, de corazón, circular, cíclico, de abrazo que acoge lo que cada presente trae consigo, donde cada paso ofrece una imagen completa que sostiene la plenitud, el sentimiento de que no falta ni sobra nada.

Desconozco el momento justo en el que cambió mi manera de pensar el mundo. Lo único que sé es que hubo una línea pensante con dos extremos (dentro o fuera, tú o yo, forma o sustancia…) que se fue transformando en un sentir esa otra línea invisible en el aire, que se expande en su recorrido y que a la vez el fuego de la vida va curvando en eterno retorno…

No puedo acordarme ahora de todas las circunstancias en que he percibido esa fuerza que te arquea sin romperte, pero sí he podido recordar en este viaje el poder activándose cada vez que se abrazan los dos extremos de una percepción, cada vez que se disuelve un condicionante que le he puesto a la experiencia de amar…

La Montaña de Montserrat

Hace cinco años, por estas mismas fechas, caminaba en solitario por Montserrat. En mi diálogo interno, le pedía a la montaña que me mostrase un mapa, una mirada a vista de pájaro que me indicase el lugar donde había desembocado mi recorrido vital.

Anduve un rato despreocupada ya de este asunto, hasta que de pronto se abrió el paisaje a través del gran ventanal de piedra, una inmensa apertura que me permitió divisar el horizonte a lo lejos: Campos y campos vestidos con los colores de la tierra fértil y de la primavera. Miré luego hacia el fondo, bajo mis pies, cómo la densa vegetación apenas permitía que los rayos del sol se adentrasen en su espesura. Me giré alzando la cabeza y mi visión no pudo abarcar los límites de aquellas gigantescas piedras sosteniéndose en las alturas.

¡Bien! La montaña me respondía mostrándome el mapa que antes le había pedido. A modo de síntesis me estaba diciendo: “saliste de la espesura, tu visión es más amplia, pero te queda un largo recorrido para reconocerte en tus alturas”

Hoy, después de cinco años, se me ofrece la ocasión de caminar en compañía, en muy buena compañía, por esas sendas recónditas de la montaña, que tiempo atrás no pudo alcanzar mi vista en toda su amplitud. Y sin que yo haga preguntas, porque todos los interrogantes se me fueron cayendo en el trayecto que me condujo a este día, se abre en el paisaje el mismo ventanal de piedra que antaño me respondiera.

El vértigo ha sustituido hoy a la sensación de incertidumbre que sintiera ayer. ¡¡¡Cuánta dicha en estos parajes inexplorados que no puedo traducir en palabras!!!

Al compartir esta reflexión con mis compañeros de viaje me pregunta Martí:
¿Quiere decir que ahora vives desde más arriba, Angela?…
Y le respondo: “No, quiere decir que caminé en estos años y que mi percepción ha cambiado, pues miro el mismo paisaje desde otro lugar en mí…

Al otro lado de la percepción

Busco en este tramo del camino un punto de cohesión entre dos espacios de la realidad que parecen rehuirse entre sí: La realidad percibida por los sentidos externos y la realidad percibida por los sentidos internos.

He conocido a muchas personas, yo misma, que vivimos en un lado de la percepción excluyéndonos del otro.

El presente no excluye, no se sostiene en negaciones, su afirmación es Presencia.

En el flujo del amor siempre hay espacio para acoger a lo otro, al otro. Así se va ensanchando el sentimiento y así se van rompiendo los límites de las creencias que nos mantienen restringidos en el marco de lo definido.

Hace rato que me he rendido ante el Misterio.
Esta rendición, en mi caso, significa que no puedo atrapar ni controlar el potencial de lo indefinido.
Sólo puedo abrirme a su flujo y permitir que poco a poco sea éste el que me vaya moldeando en sus designios.
Al fin y al cabo, todo cuanto oigo y creo saber son ropajes que me coloca el mundo y el tiempo que se viven en mí, y optar a ser vestida por el Gran Misterio es atreverse a ir desnudándose de toda creencia, e ir comprendiendo que el mismo acto de desapego lleva consigo un tejido de inocencia.

Entonces, no es que haya nadie al otro lado para arroparme con un nuevo atuendo, sino que en cada instante en el que experimento una transformación, y soy consciente de ello, la Presencia se me manifiesta como ese punto de conexión entre esos dos espacios de la realidad que siempre se están rehuyendo…

Percepción de unidad

Entre las múltiples miradas que se entrecruzan en una cafetería abarrotada de gente, unos ojos se detienen en una persona ensimismada allá en un rincón del recinto.
Observan cómo ella se hace una con el rayo de sol que entra por el cristal de la ventana,
una con el calor de la taza que tocan sus manos,
una con el sabor del café,
una con el ruido de fondo en el local…

De repente, la mujer advierte que está siendo observada y sale de sí misma.
Se rompe la magia y se recompone la máscara.
La entrega al momento, el abandono a un instante de plenitud colmado en sí mismo, desaparece.
Las manos tiemblan ahora sobre la taza de café, y la espalda, antes relajada, adopta involuntariamente la postura de alerta.
La máscara se antepone al flujo en una milésima de segundo.

En las lecturas que se remontan al origen de la primera partición,
de la primera frontera entre lo externo e interno,
entre tú y yo,
pareciera que hemos de recorrer distancias y milenios y reencarnaciones y pruebas insalvables para recuperar el cielo perdido, el edén del que supuestamente fuimos expulsados.

Y, sin embargo, el retorno, la recuperación de esa percepción de unidad, acontece fuera del espacio y el tiempo, en la pausa entre respiración y respiración, en la detención de toda actividad mental.

Sentir el mundo en una milésima de segundo es un acontecimiento tan sutil que no se deja aprehender, aunque en la memoria queden algunos atisbos, así como las manos no pueden atrapar la brisa pero en ellas queda el recuerdo de su caricia.

El caso es que, pese a recordar por un breve instante el cielo que nos habita, los ojos de la otredad detonan en la mirada del yo:
el sol quema ahora,
la taza de café quedó vacía,
en el local hay demasiado ruido,
alguien me mira -¿qué pensará de mí o qué se habrá creído?…-.

Y sin que nos demos cuenta ya nos ha devorado otra vez el olvido.