Entre la página blanca del futuro, y el pasado que ya escribió sus signos, publico cada día palabras horneadas en otros tiempos y circunstancias; creaciones que saben a pasado, que huelen a añejo en el banquete virtual de tantas y tantas delicatessen que circulan por estos lares cibernéticos.
Ante tanta infinidad de estímulos para deleite del paladar mental, y de todos los paladares, la mirada filtra ésos que saben a repetido, a lo que ya fue y se fue. Mas, quizá porque sigo amando esas palabras creadas en otros tiempos, noto muchas veces cómo exhalan su magia cuando leo en ellas que he crecido, y también cuando las miro tan crecidas y tan lejanas de mí.
No sé en qué fechas la palabra detuvo su recorrido en la página blanca, pero lo cierto es que se paró en seco inesperadamente, o acaso por algún tropiezo se dejara caer en una esquina del documento Word. De lo que sí estoy segura es que, esta mudez repentina, sin negro y sin tinta, sucedió al mismo tiempo en que la mirada dejó de crear trazados primorosos en el reverso del blanco, o en el envés del sinsentido. Y digo primorosos, porque el primor, el cuidado, la delicadeza, el gozo, son presencias que engalanan el acto de compartir con los demás.
Entonces, ya que esta medianoche se me ha nominado con un corazón de tinta, amaso una delicadeza en el acto de reconocerme y reconocer.
Reconocerme que no he dejado de escribir, pues siempre mantengo una conversación interminable e íntima conmigo misma;
lo que he dejado es de compartir esta intimidad.
Y reconocer que, aunque la tinta no se gasta, ni la página blanca se acaba ni se esconden las palabras, a veces se ausentan (no se sabe por cuánto tiempo) esas presencias que engalanan el acto de compartir.
Reconocerme y reconocer que, si no le encuentro el primor a la vivencia que te voy a contar, prefiero guardar un primoroso silencio…
