Primeras lecturas

Hoy me puse a pensar en la importancia de los cuentos que leemos a temprana edad –cuando aún somos analfabetos en el vasto océano de saberes que luego habremos de asumir o rechazar–, puesto que son esos seres extraordinarios los que dejan en nuestra alma el referente más puro y nítido de valores, sentires y cualidades que cada cual desarrollará a lo largo de su existencia.

Siento la certeza de que es en esas primeras lecturas cuando, atrevimiento y miedo, malicia y nobleza, traba e ingenio, encarnan las imágenes que por siempre animarán el Gran Cuento que dejaremos escrito en nuestra historia particular y colectiva.

De los incontables libros que he leído en el transcurso de mi vida, apenas si recuerdo títulos, tramas, ni autores, pero sí permanece nítida en mi memoria la emoción que sentí ante el primer cuento que me hizo llorar. Fue aquél que desató un nudo en mi garganta y a través del cual la palabra escrita me transmitió, por vez primera, un sentir ajeno en una imagen que hice mía.

Sucedió antes de cruzar la franja que separa la niñez de la adolescencia y aún puedo rememorar los estantes de la antigua biblioteca del pueblo, donde tomé prestado el libro, o el color amarillento de sus páginas desgastadas por el tiempo y también, quizá, por otras lágrimas que me precedieron.

Esta fábula en particular describía la historia de una loba cuyo instinto le apremiaba a salvar a sus crías del acecho de la más peligrosa de las sombras: el águila revoloteaba en el cielo buscando su almuerzo. La madre salvó distancias y pruebas desplazando a su camada, así como mejor pudo, por la espesura del bosque, sin detenerse hasta que cada uno de sus hijitos quedó en lugar seguro. Sin embargo, para mi propia desolación, no logró salvar al último de sus lobeznos.

Hoy sé que el narrador de esta fábula no pretendía hacerme sufrir gratuitamente, sino mostrarme con suavidad la desgarradora lucha de supervivencia que la fauna manifiesta en los bosques.

Poco sabía yo por entonces que, con el devenir del tiempo, en los bosques de mi vida seguirían anidando la fragilidad, el amor protector, la sombra del acecho, la voluntad, el laberinto de la duda, el miedo… y todas las emociones que despertaron en mi infancia, mientras leía este cuento.

Hoy, mirando hacia atrás, sé que han sido aquellas primeras lecturas las que dejaron una impronta imborrable en mi desarrollo como persona. Y creo que fue porque realmente yo me creía el cuento. Lo vivía con todo mi ser. Amé los libros desde el comienzo y en mí sigue viviendo la esencia de esos personajes que encarnaron la ternura, la tenacidad, la fuerza, la sabiduría, las ganas de creer en lo increíble, la necesidad de comprender lo diferente…

Al final todo son disfraces que la vida adopta para vivirnos.

Lo fácil para el adulto es eludir la existencia con explicaciones, justificar esa alternancia de felicidad y miedo que expresa el ritmo natural de lo que uno va siendo.
Lo difícil es que en el trayecto no te pierdas, que contigo siga caminando ese niño errante y sin malicia que busca su porción de suerte…

Leerte

Son momentos de magia al leerte.

Te leo desde el silencio
y me escucho en el rumor de tus paisajes.

Es lectura por los contornos de las letras
y también por las profundidades.

Te leo con amor, por decirlo con pocas palabras.

Y es amor que crea una familia de muchos nombres:
reconocimiento, admiración, empatía, afecto…

Nada que discrepar de tus enfoques.

Es mágico leerte porque no veo diferencia
entre lo que dices y leo.

O, por decirlo con otras letras,
tus páginas despiertan
lo que ya estaba escrito en mi silencio…

Ciencia y mística

Sumergida en el libro de Fritjof Capra “El Tao de la física», detengo la lectura al final de un capítulo que acerca los descubrimientos recientes de la física cuántica y los planteamientos sostenidos por los místicos orientales durante miles de años.

El científico que observa las partículas atómicas en sofisticados aparatos de medición y el místico que practica técnicas de meditación para traspasar toda concepción adherida a la mente humana, concluyen en el mismo punto aun habiendo recorrido diferentes vías. Esto es, la unidad indivisible que subyace en todas las formas y manifestaciones. Ambas vías, la física atómica moderna y la tradición oriental, ofrecen la misma visión de la realidad última como un complicado tejido, o telaraña, de relaciones entre las diversas partes de un todo unificado. Relaciones que se alternan, superponen y combinan determinando así la textura de la totalidad.

Mi tendencia natural hacia la meditación me ha acercado desde siempre al mundo de los místicos huyendo de las abstracciones científicas. Desde hace años busco a través del acallamiento de la mente un trasfondo que dé forma, sostenga y asocie hasta las contradicciones más evidentes. Sin embargo, he de reconocer que Capra ha conseguido atraparme en su exposición sobre los avances de la física subatómica.

Al principio me he visto como la observadora de esas partículas que constituyen el átomo. He vivido el proceso de identificación en sus probabilidades de existir o sus tendencias a ocurrir. Según los resultados de tales experimentos de medición, estas partículas no son nada si no es a través de su relación con el resto de componentes del microuniverso que las sostiene, y lo más curioso de todo es que el observador se incluye como un elemento más del proceso. Los científicos empiezan a cambiar la idea de observador por el de participe. En palabras de Heisenberg: “Lo que nosotros (los físicos) observamos no es la naturaleza misma, sino la naturaleza expuesta a nuestro método de interrogación…”

Luego, a medida que avanzo en la lectura, me he convertido en la misma partícula. Me he separado de la totalidad, descubriéndome como individualidad, para finalmente comprender que no soy nada como ente aislado, sino que son mis relaciones a todos los niveles las que dejan su huella en la trama del tejido vital.

Crónicas de viajes abstractos

Cuando conocí a Domingo García, allá por el 2010, lo primero que dijo fue: «Tengo los bolsillos rotos y por los agujeros se me caen las palabras».

A lo largo del tiempo pude comprobar cuán grandes eran sus bolsillos y qué ciertas sus palabras…

Ese rastro generoso que fue dejando en el camino, quedó recogido en el Blog «Crónica de Viajes Abstractos«. Esta recopilación de paisajes mentales, tan suyos y tan de todos, muestra que los pensamientos nos anteceden y siguen su viaje más allá de nosotros mismos…

Un abanico loco de plumas

Tengo que agradecer a un lector que me haya invitado a descubrir a Cortázar.
La única reseña que tenía de este autor es un libro que me regalaron hace años: Historias de Cronopios y de Famas.
Por entonces todavía no se disponían mis plumas a hacer abanicos locos, o estaba demasiado ordenada mi locura para entender el mundo como ese “ladrillo de cristal” en cuya tarea de ablandar (para abrirse paso por la “masa pegajosa”) se afanó el perseguidor de lo fantástico (Cortázar) en el recorrido de esta obra.

En el paseo rápido que hago ahora por sus relatos cortos compruebo que ha tomado vida “la esperanza sedentaria que se deja viajar por las cosas y los hombres, y es como una estatua que hay que ir a ver porque ella no se molesta”.

Como una figura atrapapolvos, indiferente en el estante de los libros, ha esperado durante años esta pequeña guía para locos, dispuesta siempre (como toda creación artística) en la tarea de pasar el testigo al lector: No hay conquista de la que pueda alardear ninguna conciencia actual pues siempre hubo expedidores que se aventuraron antes en esos espacios inéditos del “otro lado” donde algunos buscadores extraviados intentan encontrarse…
ni hay soledad cuyo grito al vacío no le haya sido devuelto en el eco de una soledad más sola…
ni tampoco hay locura desnuda que no haya tejido su traje con retazos de sentido propio, impermeable y resbaladizo (a ser posible) para no quedarse adherida a la “masa pegajosa” del sentido común.

Hace tiempo que no me atrapa una lectura más de cuatro párrafos seguidos, quizá por esto mismo me ha dado tanta alegría ver desperezarse mi curiosidad en esta pequeña recopilación de relatos. Y es que hoy he podido apreciar lo que todavía no estaba preparada para “ver” hace años, cuando el libro me fue regalado.
La magia duerme en cada criatura literaria a la espera de que el lector transite la esencia de esos espacios descritos, pudiendo así despertar, acercar a “este lado” de la realidad, un paisaje latente por detrás del horizonte hacia el que dirigimos la mirada.

La “esperanza sedentaria” hace un giro mágico despertando de su indiferente quietud para viajar por las páginas cotidianas y tallar un guiño en sus ojos de estatua, una señal indicadora en el camino: Sigue adelante.
No te preocupes si dejaste detrás algo sin resolver:
una disculpa sin justificación,
dos libros sin leer,
tres propósitos sin concretar,
cuatro verdades sin conformidad,
mil preguntas sin responder…
sea lo que sea vendrá a tu encuentro en el momento oportuno, ya que todo eso camina (se transforma) aun si tú no caminas, aun por otros derroteros dormidos en tu conciencia, aun con formas distintas.

Y, finalmente, re-conocer el re-encuentro es aceptar que el trayecto puede convertir las alas del pajarillo que ayer cantaba en tu ventana en un “abanico loco de plumas” que hoy te airea el corazón y zarandea a tu risa de su reposo.

Ulises

De nuevo la brújula indica el norte.
Atrás queda la luz de la Costa del Sol, intensificada por el espejo de las aguas.
¡Cuánta luz transpira el mar en el vaivén de sus olas!
Dan ganas de bajarse del mundo y sus noticiarios,
de apagar el teléfono y ponerse una caracola al oído
y escuchar, escuchar, escuchar lo que cuentan las criaturas oceánicas…

De nuevo ante el océano cibernético, llega hasta mi orilla un latido que al instante reconozco como propio.
Lo firma Ulises
(La fuente http://www.selba.org/Ecoaldeas)
Aquí lo comparto tal cual, sin añadir ni quitar,
como si el mar donde se juntan todos los sentires me lo hubiera dictado a través de esa caracola que sostuve por un rato:

… Recuerdo ahora con una sonrisa que hace apenas unos años vivía agobiado bajo el estrés de una vida que parecía demandarme más compromiso del que era capaz de ofrecer; más atención, más tiempo, más dedicación que lo que mi cuerpo podía aguantar; hasta quebrar en noches de insomnio, bajo el peso de una tensión que se escapaba vidriosa por los ojos, escapando a una mirada que temía acusadora. Durante un tiempo pensé erróneamente que el estrés se debía al exceso de trabajo, a la falta de tiempo, al olvido de las pequeñas cosas en la red cautiva de las grandes ideas. ¡Demasiada dedicación, demasiada entrega! Y total, ¿para qué? me preguntaba en momentos de confusión y tristeza. ¿Para satisfacer la necesidad de un yo vanidoso en busca de reconocimiento, un yo que quiere hacerlo todo, estar al tanto de todo, y que apenas deja espacio a lo imprevisible y menos, a lo que los demás puedan aportar? Descubrí entonces que el estrés no está tan ligado al compromiso o al esfuerzo como yo pensaba, sino a un yo que no puede vivir sin controlar lo que ocurre a su alrededor. Un yo que sufre cuando las cosas no salen como espera, o cuando el tiempo se esfuma inexorable quedando en su imaginación tanto por hacer. Un yo desconfiado, frágil, temeroso de perder su identidad en el caos de las relaciones múltiples. Descubrí que, por muchas y diferentes razones, había construido un yo que buscaba la perfección en si mismo, sin darme cuenta que la perfección es una cualidad emergente del flujo de la vida, y que sólo se alcanza por tanto en el propio fluir, sin roces, sin resistencias, sin debilidades ocultas bajo máscaras arregladas para el engaño. Descubrí que podía soltarlo todo y seguir siendo yo. Un yo quizá temeroso, vulnerable, cuidadoso, confuso, pero también confiado, creativo, unido. Un yo que se nutre en una extensa red de contactos por la que circulan afectos, información, conocimientos, formada por otros tantos yoes en sí mismos pequeños, vulnerables, temerosos, y juntos confiados, creativos, fuertes y sabios. Es todo un proceso, soltar, dejar el control, confiar… y aprender a estar igualmente ahí, aportando, nutriendo la red, sin forzar ni querer imponer. Al menos, ahora, recuerdo con una sonrisa …

(¡¡¡Gracias, Ulises!!!)

La máscara del vacío

Otra presentación de Los Ojos de la Noche, esta vez en Zaragoza.
Viajo de regreso a Barcelona con una luna inmensamente pletórica, cuya presencia me acompaña en todo el trayecto, como si se hubiera dejado flotar en el parabrisas del coche. Está bien hermosa, sin esas brumas que a veces ocultan su rostro.

Le digo:¡Ay, Abuela Luna! ¿Qué han querido contarle tus ojos al día, con este libro?

Llego a casa tarde pero no tengo sueño, así que me pongo al día con el correo virtual.
De pronto, sin esperarlo ni buscarlo, encuentro en el Blog La Máscara del Vacío la respuesta que la Luna inspiró en el sueño de un lector.

Siento alegra al comprender, saber, comprobar, que todo está conectado, que la magia de las relaciones teje con hilos tan finos que apenas podemos apreciarlos, hasta que el bordado se manifiesta en lo concreto. Es algo así como si el diálogo íntimo con Eso que nos trasciende encontrara su forma de expresarse en los renglones de nuestra realidad.

De nuevo me rindo ante el Misterio, diciendo: ¡Gracias por tu lectura, amigo Proeresio! He buscado en tu Blog la manera de identificarte, y en el intento encontré joyas del pensamiento a las que tu particular mirada otorga más brillo y resplandor. Pero no ha habido forma de ver tu máscara entre tantos rincones repletos de ti.

Día del Libro

Un libro, al igual que una criatura con destino propio, desea nacer, aunque bien es cierto que no todos contienen la fuerza necesaria para vivir más allá del escritor que lo soñó.
Sin embargo, lo que más debería determinar su existencia es que su lectura se convierta en revelación, que quien lea sus páginas ya no sea el mismo, o lo sea más de como antes lo era.
De no ser así, para poco sirve su conocimiento, pues el saber ocupa lugar, tanto que puede desplazar a la inteligencia, como una biblioteca al campo que florecía antes de sus cimientos.

¡Dejemos entonces nacer y vivir a esos libros que con sólo decir una palabra encienden la ilusión!

A los que expanden el aroma de rosales en sus páginas o el resplandor de girasoles despertando al amanecer.

A aquéllos que con sólo abrirlos nos sonríen, invitándonos a viajar por otros universos donde aún se mantiene viva la magia.

Pues hay historias que nos dan la mano y rompen nuestra soledad, soplando una sinfonía que cala en lo más profundo del alma.

Y el lector se vuelve loco de alegría, desterrando un destierro silencioso, cuando el sueño narrado por otra voz le despierta a un mundo que, aun ajeno, siente como suyo…

¡Permitamos que vivan libros así,
tan necesarios para el ser humano!

El gran libro de la vida

En todos los libros palpita el conocimiento, aunque lo que se relate en ellos siempre nos parezcan sorbos de una verdad que nunca acabamos de absorber por completo. Los paisajes de la mente van poblándose en esos viajes que realizas a través de historias novelescas, del cuento y su moraleja, de la poesía y su exclamación, del discurso filosófico de un pensador que abre interrogantes en la mente dejándole un trazado, un mapa, a la experiencia vital. Porque es en el otro libro, en el Gran Libro de la Vida, donde finalmente toman sentido los dichos que almacena la memoria o las exclamaciones que atesora el sentir más profundo; donde por fin se va desplegando la respuesta a esa pregunta esencial que nos lanza a la existencia una y otra vez:
¿Quién soy yo?

Luego llega un momento en que las cosas se dan la vuelta; como si llegaras al límite del espejo y te toparas con el otro lado de la imagen. Es lo que veías, pero al revés.

Y sucede entonces que empiezas a leer en la experiencia y es ésta la que va entretejiendo tu propia novela, y los límites de tu realidad ya no son las fronteras de tu comprensión, sino que confías en el paisaje que, aun difuminado, va tomando forma en los rincones inexplorados del ser, allí donde no alcanza el entendimiento pero anida tu sentir más hondo.

Y es entonces cuando la página donde leías o escribías ya no está hecha de papel sino de aire fresco en el ocaso, de mentes abiertas a la nueva luz que asoma por el horizonte, de corazones que le cantan su verdad al día y a la noche…

Itinerario de lecturas

Harían falta muchas vidas para poder leer tantos y tantos libros escritos en las páginas de la historia. La cantidad de información a la que tenemos acceso hoy en día es tan desproporcionada que la confusión en derredor es mayor que nunca. Entonces, ¿cuál es ese itinerario de lecturas que acaba cerrando todos los interrogantes abiertos y suaviza el ceño fruncido ante tantos asuntos que todavía no comprendemos?

Acaso el lector halle la respuesta en aquellos libros que le susurran entrelíneas que las cosas simples son las más extraordinarias, los que invitan a desaprender lo aprendido, recuperando así el milagro de esa mirada que se limpia a sí misma para acoger un nuevo descubrimiento, una nueva imagen. Es la magia de la mirada que se hace visión. La vida es de por sí, ya, un gran milagro. El respirar otro. Es la conciencia de las pequeñas cosas cotidianas la que nos permite asombrarnos de la extraordinaria complejidad de lo simple. La manera como germina una semilla es una gran proeza. O leer un cuento y caer en la cuenta de que es una historia seria e importante que dice de modo sencillo lo que resulta más complicado de transmitir.

El lector acompaña entonces a esos protagonistas de los mitos y cuentos, esos locos que escapan del cobijo de su hogar, de lo conocido, y emprenden la búsqueda de tesoros que siempre imaginan bien lejos. A través de esas lecturas, nuestro amigo vivirá los procesos de superación, las pruebas inscritas en el desarrollo de la trama, que a su vez son inherentes a la propia vida. Y, después de una larga marcha esbozada de insólitas aventuras, regresará a su tierra para darse cuenta de que el oro que buscaba en lo lejano estuvo siempre en su corazón, o bajo sus pies. Lo que realmente cuenta en ese recorrido es que el tesoro del autoconomimiento debe ser hallado para que todo lo vivido pueda tener un sentido.

Es lo que hay que leer -se dice a sí mismo-,
aquí es donde hay que ir, al corazón, al presente.
Aquí está mi lectura personal…