Poderosa humildad

En el comienzo éramos alas de mariposa
que, en nuestro sobrevolar por el mundo,
despertábamos el aroma de los pétalos de las flores.

Transcurrió un suspiro en el tiempo
y, en el hoy, somos avenidas de resonancia y poemas,
viento y bocas mojadas que en nuestras palabras
y silencios damos el aliento a la vida.

Muchos fueron los corazones que quisieron
ser soplo sobre las olas
y no aire estancado en las horas.
Sólo unos pocos lo consiguieron,
los más ligeros, los más humildes,
aquéllos capaces de seguir el ritmo de las estrellas
en cada pisada.

Esta noche me he pensado como una diminuta piedra,
desde cuya cima podría verse el mundo
como un mar oscuro de suaves movimientos.
Las estrellas me parecieron flores
de un jardín sin ritmo, flotante.

Fue entonces que las alas del viento
rozaron a un segundo con la fragancia de lo eterno.

Un canto de agradecimiento

En este encuentro de hoy empieza un nuevo capítulo donde la palabra resurge con renovado impulso.
El silencio es siempre fecundo pues genera nuevos entendimientos:
quietos y mudos primero, parecieran resistirse a nacer en la conciencia, así como debajo de la nieve se va gestando la primavera que aflorará después.
Todo sucede a su debido tiempo.

Y, como en todo comienzo, agradecer.
Doy las gracias.
Agradezco.
¿A quién?
A la vida que me ha dado tanto.
No sonará así tan bonito como lo cantaba Violeta Parra, mas si pongo el corazón en la palabra, por fuerza se ha de sentir la gracia,
las gracias que lleva consigo el agradecimiento.

Hay procesos que culminan en prosperidad, belleza, dicha, sabiduría…,
y aun a sabiendas de que hoy no puedo agradecer por la consumación de tantos dones,
doy las gracias por el proceso mismo de aprender, paso a paso, las lecciones que me van enseñando a sumar en la carencia, a pulir asperezas, a desvestirme de la dolencia, a leer la confianza inscrita en el no saber.

Hay fuerzas que culminan en talentos, creaciones, éxitos…,
mas hoy agradezco por todas las situaciones que me dejaron sin fortaleza
–que, ilusa de mí, creí en mí y no a través de mí–
para que entendiese que la humildad es la más poderosa de las potencias
cuando se ha desmoronado toda ilusión de poder.

“Yo puedo” es una ilusión mental
-susurra la humildad al oído de la arrogancia-
pues yo soy el resultado de todas mis relaciones.

Entonces, si el sentido último de relacionarse es dar contexto y realidad al Ser,
agradezco,
doy las gracias hoy,
por todas aquéllas relaciones que han configurado el ser que soy,
no como idea abstracta o ilusoria,
sino como experiencia, vivencia y alegría de compartir.