Al borde de cada segundo

Gran compañero, confidente, amigo…
Mi gran maestro, mi Gran Amor…
Tu canto silbará por siempre en mi corazón…
¡Hasta siempre, Domingo!

Si las más grandes tristezas cayeran como las hojas de otoño, el pelo de otoño, la piel de otoño, sin raíces, secas, mustias, para nunca más levantarse del suelo ni levantar cabeza…

Si los ojos más ciegos supieran nada más que del resplandor del mediodía, y las piernas más ágiles vieran que no existen montañas enormes por su peso, sino por la cojera de andar a trechos, como ebrios sin rumbo…

Si al llegar el verano, el mar aún te pareciera lejano, y aún desearas la más extensa llanura donde bailar extendiendo el vuelo de tu palabra y, por desearlo, recordaras que la orquesta toca de constante una melodía de aventuras y de dioses…

Y si al caer la noche, el próximo invierno, supieras que la nieve nunca puede hollar en la piel de tus zapatos, pero tampoco apartar ni ocultar las huellas de tus pasos…

Y así que pase el invierno y todos se hayan ido, y la luna quede sola, a solas y sin nombres… si nada más que tú recordases mi aliento.

Y si al sentir de nuevas primaveras, al resguardo de cualquier sentimiento insensato, nacieran nuevas raíces, tallos y hojas para ser llevadas una vez más por el viento…

Los años dirían, los datos dirían que nunca pasó nada, si la lluvia, con un enjambre de gotas furiosas, borrase de la memoria nuestra historia.

Y si en la penumbra del último invierno dijeras tú que no estuve yo, mentirías.

Porque en la última gota de rocío, en la penúltima flor, en la antepenúltima línea escrita al borde del precipicio, allí contuve y detengo la respiración para no delatarme.

Porque en cada latido, al borde de cada segundo, la eternidad nos sigue esperando.

Hasta el último aliento

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero…

Tomo prestados estos versos de Miguel Hernández,
para que vuelen ligeras esas palabras que vienen pesarosas a pronunciar la difícil encomienda de una despedida; tomo la palabra con la esperanza de que al alzarse en vuelo sobre el adiós suenen las letras a un cántico de bienvenida.

Pero si se empeñaran algunos renglones en decir adiós, que sea un despedirse de todos esos momentos en los que me he ausentado de tu conversación y de tu lucha. Ausente de los conceptos para hacerme presente en este Ahora sin orillas donde nos damos la bienvenida, cuando puedo yo darte las gracias por el fuego que ha encendido tu conversación y tu lucha.

Las gracias que siento hacia tu persona están esparcidas por muchos momentos de algunos años en los que hemos compartido tiempo y espacio, pero acude a este instante la primera vez que vi en ti al Hombre Fuego de las ceremonias ancestrales; el que sostiene la lumbre de la tribu, el calor de las almas, la fuerza sabia que, conocedora de su incapacidad para encender la noche entera, alumbra y caldea al trozo de oscuridad que se le pone delante.

Las gracias que siento hacia ese calor y esa sabiduría que desprendía el fulgor de tu vida están esparcidas por muchos momentos de algunos años, pero asoma por este instante el último encuentro en el que compartimos un propósito: celebrar unas Jornadas en Familia.

Y es en este Ahora que puedo decir adiós al frío de los días fríos que compartimos, y las conversaciones frías y las luchas que el tiempo enfría… para dar la bienvenida y las gracias a ese fuego que ha encendido tu vida, Hermano, el mismo que enciende para la Familia un ¡Sí a la Vida!

!En memoria de Antonio Garrido,
que luchó por una Cultura de Vida hasta el último aliento!

Despidiendo a un okupa en el tiempo

Desde este rincón en una esquina del viento
soplo en las plumas de un pajarillo, que
oirás cantar en algún momento,
mis mejores deseos para ti
y todas tus relaciones…

Respiras profundo mientras los dedos teclean estos renglones, como pidiéndole al aire que oxigene las palabras de despedida, las que hayan de acudir a pronunciarse en este adiós sin uvas ni campanadas todavía. Seguirán girando las estaciones y podrás mirar desde otra perspectiva lo vivido, y dará igual por dónde y cómo lo contemples en la rueda del tiempo: este año lo verás siempre como el que dio acogida a un okupa que se instaló en tu mente y con el cual has convivido en los últimos meses.

Acaso fuese más efectivo que el dulce espacio del silencio o la música callada del corazón tocasen las notas del adiós sin discurso ni creencia, y no dar voz a las palabras que durante tanto tiempo han respirado aires rancios de emociones manidas, las que no pueden sino exhalar lo re-sentido, lo repetido una y otra vez en los circuitos cerrados de una percepción que te atrapa ahí donde no hay orificios que ventilen olores añejos.

Sí, tal vez fuera más positivo enmudecer cuando las palabras no pueden renovar los aires, cuando se vuelven cansinas de trasladar siempre lo mismo. Porque si las palabras son vehículos con el poder de transportar la materia sutil de los sueños, también se hacen portadoras de esa sustancia turbia y espesa que hace los días pesados, que te deja sin fuerzas para afrontar el reto de seguir viviendo. Las palabras son potencias creadoras o destructivas, y las que van cargadas de emociones pesadas pueden ser una losa brutal allá donde caigan, sean o no pronunciadas, pues al igual que hay una música callada que resuena en otro corazón, también están los pensamientos no expresados que se convierten en okupas de la mente que los hospeda.

Pero no, el paradigma mental no ofrece hospitalidad, esto es cosa del corazón, del Hogar. La mente absorbe y se apropia y dice “esto es mío” cuando las palabras peregrinas pasan por la puerta hablando de libertad, de amor, de conocimiento; o entra en conflicto contra esas creencias que se aposentan sedentarias en tu cabeza y no armonizan con los parámetros que te identifican. “¡Esto no es mío. Aquí hay un intruso y hay que echarle fuera!”, gritan entonces tus emociones. Lo que pasa es que en esta contienda intentas desalojar tu casa de “eso” con lo que no te identificas y lo haces proyectando la acometida contra “eso” del otro lado que lo refleja. Pero al final resulta que el embate se está dando dentro de ti, en tus propias percepciones.

Tu paradigma mental está en conflicto contra ese inquilino al que abriste la puerta cuando llegó con los bolsillos llenos de oportunidades que luego resultaron falacias.

Gran batalla la de este año para expulsar lo que dices que no es tuyo, lo que adjudicas al mundo que te rodea. Pero ¿cómo desalojas las sombras que el intruso ha despertado en ti, las que han vivido en tu mente y se han nutrido de tus emociones? ¿Debajo de qué excusa te escondes si ya todas las creencias que sostuvieron la percepción de lo que eres han sido saqueadas? Todo en ti ha quedado a la intemperie, sin techos ni paredes. La cruel batalla te ha dejado sin murallas que definan lo que es tu conquista (lo que tomaste del mundo) y lo que te ha sido arrebatado porque lo entregaste sin soltarlo.

No ¡Basta! Ya no quedan fuerzas que malgastar en esta encerrona absurda.

Y así llegas a la última hoja del calendario anual y repites el ritual de uvas y campanadas renovadoras de propósitos que han de motivarte a girar otra vuelta en la rueda del tiempo. Lo que pasa es que esta noche es especial porque ahí mismo donde recibiste el año puedes respirar más profundo y decir adiós, ya sin miedos ni agravios. Por esta vez, la despedida no te deja acidez en el paladar sino el dulzor del fruto maduro en la palabra. Adiós y gracias por la dulzura en la madurez de un proceso.

Adiós y gracias por la esencia del aprendizaje que vino a traerte ese okupa cuyo nombre es Crisis.

Y lo mágico del asunto es que ha sido al darle la vuelta al inoportuno ocupante cuando le has reconocido en el giro de tantas estaciones, vestido de las circunstancias más variopintas. ¿O acaso no es también el mismo párrafo que te has vivido de tantas maneras, pero siempre del revés?: «Tu sueño no necesita paredes donde colgar cuadros con paisajes, ni techos donde pintar estrellas». Y allá donde está tu sueño, el tuyo, está tu Hogar.

Un propósito inédito quiere nacer entre las campanadas que tocan el final y el comienzo. Ojalá que las palabras peregrinas y los pensamientos inquilinos cesen de cincelar culpas en las paredes de la mente y retornen a la conciencia del Hogar.

El Hogar es un estado del ser sin muros que separen lo tuyo de lo mío, ni techos que limiten el desarrollo de lo que somos. Despertar a esta dimensión es sentimos libres de ser lo que somos ahora, y que esta libertad libere el amor oprimido en lo que no puede ser.

El Hogar es una transparencia en la percepción que nos hace ver y aceptar el mundo así como es, y no como quisiéramos que fuera.

El Hogar es nuestro espacio más sagrado, y como inquilinos de la mente nos vamos preparando para habitarlo; hasta que finalmente descubrimos que es el Hogar el que nos habita mientras no le contaminemos con la basura que captan nuestros cerebros o la que está acumulada en nuestras memorias inconscientes.

Nos relacionamos con los demás a diferentes niveles de intercambio pero nos quedamos y arraigamos y permanecemos en ese corazón donde sentimos la sensación de estar en casa, de no ser okupas saqueadores en el espacio que nos alberga.

El Hogar es una alianza a nivel sutil que no se deja atrapar ni condicionar; el contexto y formas de relación no dan garantías de Hogar, por muchas veces que nos casemos o por muy numerosa que sea nuestra familia o por muchas casas que construyamos. Y acaso sea por esto que, salvo en momentos puntuales, todos somos niños huérfanos que vamos creando un mundo de sustitutos y artificios y proyecciones que nos hagan olvidar la incertidumbre del destierro.

La añoranza del Hogar, más despierta o más latente en cada cual, es el anhelo profundo de intimidad en el acto de relacionarnos. Sentirnos en casa en el corazón de otro ser, albergar al corazón que nos alberga, porque esa sensación compartida nos recuerda el cuidado esencial de una madre, la protección inherente al padre, la complicidad y reconocimiento y apoyo en la hermandad…

Recuerdas en esta despedida el dulce espacio del silencio.
La música callada del amor danza libremente en tu respiración.
Empieza otro giro en la rueda del tiempo
y esta vez ya no estás fuera
sino dentro del corazón de la casa,
de la familia,
de la comunidad,
del universo…

Y sonríe la última campanada en el Hogar
que te recibe y acoge y da la bienvenida
a las puertas de un corazón
que te está llamando desde adentro…

Libre como el viento

Ninguna persona me ha mirado jamás con la adoración que he visto en tus ojos, cuando, echado a mi lado en el sosiego de esos momentos en los cuales nada hay que hacer ni sitio alguno al que ir, me diste compañía…

Te vas ahora y me dejas colmada de momentos verdaderos de relación viva, de complicidad, de auténticos enfados. Me dejas también el aprendizaje de cómo ladran las emociones aun amordazadas, de cómo nos impacientamos tú y yo, atrapados entre muros de ladrillo o de creencias que nos impiden correr libres como el viento…

Libre como el viento era nuestro perro,
nuestro y de la calle que le vio crecer…
Se bebió de golpe todas las estrellas,
se marchó una noche y ya no regresó…

Es tiempo de encuentros y despedidas que entrelazan risas y lágrimas. Ayer habló la alegría de la bienvenida. Hoy habla el llanto del adiós… Soltar, soltar, soltar lo que pesa porque la esencia es lo único que permanece inmune a las leyes del tiempo…

En mí pervive tu esencia y la de todos los seres que he amado aunque sólo haya sido durante el instante que dura un abrazo.
¡Tantas vidas que atamos a la correa de nuestros controles y seguridades!
A la cuerda de nuestras percepciones.
Para finalmente descubrir la emoción que vuela libre como el viento por los cielos del corazón.

Te vas, libre como el viento, y me dejas la transmutación de emociones que ya no necesitan correas que las sujeten, porque ya son libres ante otros horizontes abiertos donde no pueden herir ni ser dañadas.

Agradezco entonces por la transformación de un sentir que se libera contigo de los nudos que lo aprisionaron, para volar en otros espacios sin las ataduras de los miedos, sin el grito de: ¡sentado! ¡calla! ¡quieto!…

Y, sí, también libre, llora el sentimiento.
Lágrimas liberadoras que no sufren ni se alegran.
Fluyen ligeras, sin correa, sin ladridos que retumben en el silencio pidiendo salida para esos espacios que fueron oprimidos.

Nos encontraremos en los sueños, Airjul.
Más allá de las nubes veré en tus ojos de fuego la mirada del amor que me sonríe en libertad.

Nota: Airjul regresó a la mañana siguiente de haberle escrito esta carta…
Más acá de las nubes sonríe ahora la alegría del reencuentro…

Hacia la otra orilla

Nos sentimos desolados en cada Despedida, y acaso sea porque en el fondo intuimos que cada partida alcanza la otra orilla y nos deja remando en las aguas de nuestra propia muerte. Tal vez, quienes partieron, desde el otro lado nos hagan una señal que alumbre como un faro en la noche, indicándonos hacia dónde vamos.

Anoche, sin saber aún de su partida, me fui a dormir con una duda existencial en la que no comprendía nada. Me quedé hasta la madrugada viendo la película Troya, viviéndome con intensidad el gran dilema de cada uno de sus personajes, para luego, ya sobre la almohada, revivir las escenas de vida y muerte, amor y separación, fuerza y vulnerabilidad, honor y soberbia, belleza y horror, nobleza y ambición, dioses y sangre… No entendía el sentido de vivir si la vida está cercada por la muerte.

¡Tantos aquilianos con su talón vulnerable, tantos dioses caídos en el olvido, tantos hombres levantando la espada, el templo, la palabra, la mirada hacia un cielo que nos olvida si no sabemos recordarlo, para que finalmente nos demos cuenta de que la muerte es lo único que perdura, lo único vivo!

Muere lo real para que viva la ilusión. Muere la persona para que nazca el Hombre. Muere el sentido profundo ante las exigencias de lo concreto. Muere lo concreto para dar un sentido más hondo a lo inexplicable. Mueren los seres queridos, los que nos acompañaron de cerca en diferentes tramos de esta existencia, para que en un instante (más o menos largo, más o menos intenso) tome vida en nuestra consciencia lo que fue relación inconsciente, relación inerte.

Me acuerdo de las palabras que le dice Aquiles a la virgen amada, la que humanizó al dios a través de su amor pero, en la grandeza de su sentir, no pudo resistirse de amar también al hombre endiosado: “Te contaré un secreto, los dioses nos envidian por nuestra muerte, porque tú nunca serás tan hermosa como en este momento, porque cada instante para los mortales es único e irrepetible

Morir es borrar poco a poco la historia personal y, sin embargo, no veo ahora separación entre lo personal y lo universal, como si todo formara parte de un mismo entramado. Con otra imagen de la película puedo ilustrar esta acepción: Un guerrero, cuya historia personal es insignificante en la trama que ha urdido el director, estaba tallando un caballito de madera para su hijo. Uno de los reyes vio el caballito y VIO el Caballo que entraría a Troya. ¿Se habría cumplido el destino de no ser porque ese guerrero cualquiera tuvo una vida, una mujer, un hijo, una distancia en la que echar de menos a su familia, para estar en el momento justo inspirando con su gesto el desenlace de la Historia?

Parece que es condición humana vivir en el Misterio y en el Conocimiento pero nunca a un mismo tiempo, así como el silencio y el sonido no pueden encontrarse jamás. La fuerza de hoy es el resultado de infinitas fragilidades que llegaron al límite de sí mismas, al igual que en la debilidad de hoy se está gestando la fortaleza de mañana. La muerte va acompañada de un nacimiento.

En la oscuridad de nuestra ignorancia cruza una estrella fugaz cuya visión invita a pedir un deseo. Quiero pensar que algo mágico sucede en ese instante inaprensible en el que nada falta -por una milésima de segundo somos plenos-, y es que nosotros mismos seamos estrellas cuya fugacidad desea perpetuarse en la otra orilla del tiempo.