Autoengaños

La vida no se construye en la base de ésta u otra formación,
de éste u otro oficio,
de esta geografía o aquel camino.
Se decide más bien en el soporte de la persona que decido ser,
en mi corazón, frente a mí misma.

Por eso el grado de sinceridad conmigo,
y en mí, es crucial, importantísimo;
por una razón sencilla:
porque toda persona que acepta engañarse a sí misma,
acepta también con igual o mayor medida
engañar y ser engañada por los demás.

La verdad no convive con el autoengaño,
ni camina junto a los cuentos que cuento
y acepto de los demás,
sencillamente porque una vida real
va dentro de un camino de Claridad.

Por el contrario, el autoengaño
es una geografía difusa,
una visión de corto o pequeño recorrido.

Algo así como si mis quejas, evasivas, justificaciones,
fuesen vereditas que me entretienen en lo otro,
abriéndome paso, a tientas, hacia esa quimera
que me hace pretender de todos menos de mí misma…

Claridad en el día a día

Hay días, días normales, días cualesquiera, que no necesitan de un pregón municipal para anunciar el júbilo de la luz solar, de su bienvenida y llegada.

Días que llegan sin cohorte de guardia ni cítaras que anuncien la visita memorable del sol.

Y es que todos los días ocurren milagros, aunque no todas las horas tengan ese significado de satisfacción personal: me refiero a esas horas y horas que nos llevan de exploradores a caminar por un bosque donde la frondosidad logra desorientarnos. Y, aunque nada es adorno en la naturaleza vegetal (ni siquiera estorban las hojas que impiden ver los caminos), en la naturaleza humana es cada cual quien decide sobre las cosas dispersas, las puras distracciones que dispersan de ver el puñado de cosas esenciales, básicas, que llenan de sentido y dan de lleno en la diana del “qué es importante y qué es accesorio de vivirnos”.

Todos los días tenemos un bosque de acontecimientos que atravesar.
Y, en esa amalgama de sucesos, importa mucho el proceso de selección personal: de qué es valioso y qué es adorno.
Esto lo saben las personas enamoradas.
Lo saben muy bien las personas que disfrutan y trasladan en sus silentes gestos el secreto del amor.
Y lo saben sobre todo las personas que, aun sufriendo el dolor y la incertidumbre, agradecen a la muerte por concederles un día cualquiera más.

Hay días, esos días, tan normales ellos, que quizá tienen una sola noticia.
Pero, bien verdad es, que una sola noticia vale por mil mensajes si clarea en un corazón con su luz natural…

Certezas que ya no alumbran

Los espacios se saturan de cosas que pintan sombras en los rincones.

No me sirve la información del día en los espacios de la mente que viven su noche.

No quiero más información, ni más sombras que la sombra fresquita de un gran árbol en una tarde de verano.

Que venga y entre la luz en estos habitáculos de mi mente.

Y reclamo la claridad peleándome con los muros de mis percepciones, intentando romper el molde, la estructura que le da identidad a la confusión.

Acaso, en lugar de quedarme aquí a discutir con las penumbras, lo mejor sería salir fuera y nutrirme de la luz de la luna, la luz de las estrellas, la luz de una luciérnaga…

Pero ahí, al otro lado de los tabiques de esta percepción, está el frío, está el riesgo, está la desnudez, y está el miedo a lo desconocido.

Entonces ¿cómo cuestionar una estructura, un paradigma, una forma, sin antes superar los motivos que a ésta me adhieren?

¡Ay, noche!
Cuántas cosas ocultan tus velos estrellados,
cuántos decires sin decir guiñas
en la profundidad insondable de tu misterio…
Eres noche y eres océano donde se baña la mirada
trazando a oscuras los perfiles indecisos de un pálpito,
de un renacer, de un nuevo sentido que emerge
mientras dejo caer tantas y tantas certezas
que ya no me alumbran…

Seamos claros

Siente amor en el instante de cada entrega,
porque lo que das sin amor, te lo robas
y lo que entregas con amor, te lo das…
Acepta que no sabes qué números nacen
por detrás de tu contabilidad.
Esa aceptación enciende una lámpara en la oscuridad.
Y cuanto más claro ves, menos peleas con las sombras,
con más nitidez puedes darte a lo que amas…

Admiro lo que me gusta de ti, y tengo conciencia para abrazar lo que me disgusta.

La conciencia observa dónde hay que armonizar, y se expresa actuando sin imposiciones ni exigencias; va haciendo por aquí y por allá, gestionando en silencio; lo hace por amor y con amor.

Porque hacer las cosas en nombre del amor, pero sin amor, es desgastarse ajustando cuentas al universo…

Desde esta Claridad puedo ser más cuidadosa con los dones que me han sido otorgados y aportarlos al propósito de «siempre sumar», más allá de las divisiones ajenas.

Pero ya no invierto en “generosidades” que finalmente acaban en “frustraciones”.
La auténtica generosidad no genera deuda en la correspondencia.
Es una plenitud que se desborda, nunca una entrega con “intereses” implícitos…

La gran pantalla del mundo

Rincones de luz y espacios oscuros…

¿Qué es la conciencia? Me preguntaba alguien hace unos días.
La luz que alumbra, respondí yo así como quien tiene la idea muy clara.

Pero el planteamiento seguía zumbando en mi cabeza, invitándome a darle más hondura a la respuesta, en definitiva a que actualizase la noción de conciencia en mí:

Una pantalla.
Un observador sentado en la butaca.
Un foco de luz detrás del observador.
La película vital pasa a través de la pantalla atrapando al observador en la trama.
Hasta aquí todo bien, disfrutemos de la película que hemos elegido y por la que hemos pagado con nuestra energía, esto es, con nuestra atención.
Mas puede suceder, y de hecho sucede, que al cristal del foco se le antepongan algunos moscardones que se proyectan como sombras inexplicables en la pantalla.
El observador reacciona ante lo que ve delante suyo.
Se asusta ante el sinsentido, bloquea la imagen sin resolverla o entra en conflicto con lo que ve, aunque todo esté sucediendo en la superficie de la pantalla.

¿Es oscura la conciencia de este observador?
No. Su foco sigue manteniendo la misma luz, sólo que a ésta se le anteponen diversos clichés que van configurando las imágenes de ahí enfrente…

La luz me ciega.
La oscuridad no me deja ver.
Es en la unión entre luz y oscuridad que surge la claridad.

Quien vive en la claridad ha aceptado luz y oscuridad como las dos caras de una misma moneda. No vive empeñado en cambiar el mundo desde la pantalla sino en mantener la transparencia de su enfoque, pese a las motas de polvo que de continuo se acumulan en la superficie de una mirada.
Quien mira desde la claridad ve desde el discernimiento, desde ese “darse cuenta” que relampaguea en la saturación de patrones contrapuestos, de interpretaciones diversas que visten y revisten la inabarcable diversidad de la vida.

Y quien siente la claridad no se dedica ya a trazar fronteras entre luz y oscuridad, entre el bien y el mal. Le es inherente al sentimiento claro sentirse lo más cercano posible al Foco del Gran Director que está proyectando su renovada creatividad en la Gran Pantalla del Mundo…

Un simple giro en la mirada

Lo que sostiene mi discurso es el latido consciente de un corazón que antaño palpitaba insensible y adormecido en una existencia tan corriente como la que puedan tener millones de personas. Hubo un antes, y hubo un simple giro en la mirada que generó un después. Pero no debe sonar esto a simpleza, a fácil, ya que lo simple es lo más complicado para una mente curtida en los laberintos del pensamiento. Nada tiene que ver este giro con mirar hacia otra parte…
Esquivo un rostro detrás del espejo.
Rechazo lo que me ha tocado vivir.
Justifico una falta.
Mitigo un dolor con sedantes.
Perpetúo el recuerdo en mis ojos.
Sueño el mañana con las carencias del ayer.
Culpo a mi pareja, o a mi jefe, o al gobierno, o al mundo, de mis propias contradicciones…
Mirar hacia otra parte es un autoengaño, y es también lo primero que descubre la mirada que se ha girado hacia el autodescubrimiento… Empieza entonces un proceso en el que, poco a poco, a fuerza de aceptar y transformar el error, de entenderlo, la mirada aprende a leer por debajo de lo escrito. Llega la comprensión, la lectura de mí misma en el mundo que me rodea. O, viceversa, el mundo se me manifiesta desde dónde y cómo lo miro.
Finalmente, cuando se disuelve la separación entre el mundo y yo, la mirada se hace visión. ¿Hacia dónde mirar si no hay fuera ni dentro? La percepción es ahora directa, escapa a las interpretaciones mentales que casi siempre distorsionan la lucidez de un mensaje claro y contundente. Ver, Entender y Conocer se dan al mismo tiempo, como una luz que se enciende en el centro, en un parpadeo consciente, y que a su vez atraviesa todos los niveles del ser…

El sol en su cenit

Estamos hechos de luces y sombras…

Últimamente le doy vueltas a una idea que no sé si sabré desarrollar con esa claridad meridiana con que vi la imagen:
“El sol en su cenit”.

A menudo me peleo con mi propia sombra,
un absurdo, lo sé,
ya que la sombra no tiene entidad en sí misma.
Agazapada a la espalda del ser,
a veces al lado, otras delante,
oscurece los pensamientos,
verborrea con mis palabras,
sabotea la voluntad.
Otras veces hacemos las paces,
cuando, por ejemplo, el fruto del árbol
se manifiesta como una sombra fresquita
en una calurosa caminata.
El mismo árbol me enseña que la sombra en sí
no es mala ni buena,
existe, entre otras cosas, para indicarme
que no me hallo en esa alineación
donde las sombras desaparecen,
para que vea con claridad
que todavía no está mi sol en su cenit.

Claridad en la pesadumbre

En días en los que el mundo parece tambalearse en el abismo de la crisis, nada se agradece tanto como recordar reírse de la propia sombra, si es que todavía no nos la han embargado.

En cada amanecer en que los números penden sobre el cuello como afiladas cuchillas, los puntos y porcentajes, los índices y los tipos de cambio, se convierten en un cuento horroroso de criaturas malignas que emulan al legendario “hombre del saco”.

Mientras tanto, la Tierra sigue girando en su órbita, ajena a las preocupaciones y temores de sus criaturas. El universo sobrevive a las servidumbres del capital, y halla sus motivos para perpetuarse más allá del resplandor del oro.

Por eso, aún cuando la pesadumbre parezca adueñarse de nuestro día, el aire nos recuerda que el trabajo de respirar continúa.

El camino es perseverar y abandonar interiormente la derrota, recordando siempre que el río de la vida nunca cesa de fluir.

Y es que ¡podemos aprender tanto del agua en cada tiempo de turbulencias! Las aguas bajarán claras unos días, turbias otros, pero el impulso de nuestra naturaleza es navegar la corriente interna que conduce hacia ese mar inmenso donde todo afán culmina y todo dolor se desvanece…

Lo importante, y acaso la tarea más difícil, es no dejarse quemar del todo por las múltiples manifestaciones de la superficie siempre cambiante. Mantener viva la llama interna sin perecer en la realidad ilusoria de «tener aquello que nos tiene».