El quid de la cuestión

Que las suelas de mis preguntas
nunca sean más grandes
que los pies de mis pensamientos…

Hubo una época en la que busqué
y busqué en diferentes campos,
a veces contrapuestos,
la respuesta a esas preguntas esenciales,
la que resolviera el quid de la cuestión.

Y la cuestión es
que el quid sigue irresuelto,
pero un día comprendí que la Búsqueda,
(o las preguntas con muchas respuestas
pero sin la respuesta), nunca se acaba.

A veces, eso sí, se sumerge en cada instante
en el que entiendes profundamente.

Y, a veces, otras veces,
emerge la Búsqueda renovada
cuando miro el sentido a la inversa,
buscando en lo que ya tengo,
en lo ya encontrado.

O cuando veo en cada situación
la respuesta a un interrogante
que no rechina en mi cabeza
sino en la suela de mis zapatos…

La vida es la Gran Maestra

El otro día reflexionaba sobre la diferencia entre vivirse la búsqueda o vivirse el encuentro. Caminar sin un mapa o seguir las huellas de los maestros…

La vida es la Gran Maestra.
Al final todos acabamos confrontando creencias en esos tramos que marcan la trascendencia:
Soledad, miedo, muerte, desamor, incertidumbre, vulnerabilidad….

Un buscador disciplinado, un discípulo, se pone por voluntad propia en esos tramos y aprende y trasciende y sigue adelante.
La gran masa estamos entretenidos en crear un mundo de protecciones para evitarlos, pero en algún momento la vida nos pone delante del aprieto sin dejarnos opción a esquivarlo.

Aun así podemos elegir entre rendirnos a nuestra verdad, y en esa rendición renace un nuevo canto a la vida;
o rebelarnos, remarcando la frontera entre vida y muerte,
fortaleciendo el ego,
perpetuando el desamor en nuestras relaciones,
haciendo a la duda inteligente…

¿Está más cerca de la iluminación el canto a la vida o el canto a la muerte?
¿El canto a la expansión mental o el canto al vacío de la meditación?

Para mí la Búsqueda misma es el Encuentro.
La vida se nubla y llueve para que la luz resplandezca en el arco iris…

Búsquedas interminables

A lo largo de una vida pasas por etapas en las que la búsqueda y su interrogante no hallan un espacio por donde colarse dentro de los parámetros en los que se desenvuelve tu existencia. En esos tramos no hay preguntas que hacerse porque estás comprometido en responder a las constantes exigencias que impone el cuerpo y su sustento, la mente y el desarrollo de sus facultades, o el afecto y su gama de relaciones emocionales: amor de padres, de hijos, de amantes, de amigos… amor por lo que haces.

¿Quién tiene tiempo de indagar más allá de este marco que ya de por sí está repleto de contrastes? Casi nadie da cabida al Interrogante a no ser que la Búsqueda misma le seduzca en algún tramo del camino. A no ser que el lienzo sobre el que pintas tus días tenga fisuras y por ahí se pierdan tus fuerzas, cayendo irremediablemente en tus abismos con un “porqué” en la garganta; o que ya nazcas con la duda incrustada en la frente y tu destino sea el de esos peregrinos de la noche oscura que caminan en dirección hacia el alba.

Sea como fuere, hay un denominador común entre las personas que somos vividas por el arquetipo de la Búsqueda: por mucha información que acumulemos o muchos caminos que andemos, ya esté claro el día o sea noche cerrada, lo cierto es que siempre se antepone una distancia entre nosotros y los tesoros que esconde el horizonte hacia el que dirigimos nuestra mirada. No importa cuán lejos has llegado en tu viaje de conocimiento, pues lo que buscas se aleja a la misma velocidad que avanzas. Y no importa cuánto tardes en rendirte a la evidencia de que lo que la Búsqueda te está exigiendo es un salto confiado más que un paso metódico y complaciente.

Pero ese salto requiere la energía que fuiste dejando a tu espalda en cada negación que no pudiste o no quisiste o no supiste transformar en un sí-mismo.

Es llegado a este punto que el buscador desanda sus pisadas y va reinventando el pasado a fuerza de sanar fisuras. Algo mágico le sucede en este recorrido, pues, al desapegarse de la búsqueda, encuentra un horizonte bajo cada paso, una claridad en cada paisaje que recordaba sombrío, un bálsamo en cada herida sanada. Y es así como, sin darse cuenta, sin ya pretenderlo, ha dado un salto sobre sí mismo.

El silencio escucha

“El silencio es el ámbito donde todo se oye…” Rilke

El silencio se busca hoy como una terapia que pueda reparar nuestro cerebro repleto de preocupaciones y prisas. Pero todos sabemos que ese estado silencioso es sólo un breve descanso; la vivencia de cada día, con su desenfreno, se acaba imponiendo siempre. Aunque en ocasiones y como un consuelo esté la huida del ajetreo y se busquen espacios de relax o grupos de meditación, escapes con el fin de poder sobrevivir al ruido de nuestras mentes.

Pero el buscador de autoconocimiento sabe muy bien que el silencio no está hecho para calmar la mente, no supone una experiencia de relajación o una dormidera ante el agobio de la vida. O no sólo eso.

La percepción del silencio auténtico conlleva al afinamiento de la escucha. El silencio es una condición fundamental para atender sin interferencias.

El silencio auténtico no es pues un espacio meramente terapéutico, aunque esto tenga su valor, sino la condición para escuchar, desde lo más profundo del oído, la vibración.