El soñador ensueña despierto y solo.
El durmiente es soñado por múltiples sustitutos
que le distraen de su soledad.
Pero la esencia está latente en cada olvido,
y quien ama su soledad se convierte en un sol-que-se-da,
cuya mirada despierta en la realidad esas imágenes
que sueña el corazón.
Sucede entonces que el día regala sincronías
donde hubo desencuentros,
resonancias donde reinaba la confusión.
Nuevos matices pintan las memorias grisáceas,
a la vez que los signos renuevan sus significados.
Y así se va tejiendo la magia de las relaciones,
a medida que las soledades se reconocen
en tantos soles-que-se-están-dando…
