En el comienzo éramos alas de mariposa
que, en nuestro sobrevolar por el mundo,
despertábamos el aroma de los pétalos de las flores.
Transcurrió un suspiro en el tiempo
y, en el hoy, somos avenidas de resonancia y poemas,
viento y bocas mojadas que en nuestras palabras
y silencios damos el aliento a la vida.
Muchos fueron los corazones que quisieron
ser soplo sobre las olas
y no aire estancado en las horas.
Sólo unos pocos lo consiguieron,
los más ligeros, los más humildes,
aquéllos capaces de seguir el ritmo de las estrellas
en cada pisada.
Esta noche me he pensado como una diminuta piedra,
desde cuya cima podría verse el mundo
como un mar oscuro de suaves movimientos.
Las estrellas me parecieron flores
de un jardín sin ritmo, flotante.
Fue entonces que las alas del viento
rozaron a un segundo con la fragancia de lo eterno.
