Nada que pronunciar

En los últimos tiempos hablo poco.
No llevo la cuenta de mis palabras, pero hablo poco.
Y hasta incluso me alegro, porque las palabras parecen a veces puentes a ninguna parte, estructuras de sonidos que intentan tejer caminos y autopistas en el aire, pero que, por falta de cimientos, se difuminan, se borran, olvidándose como cosa muerta, inútil, como cacharros de lata en el contenedor de los signos.

No significa que me haya transformado en una persona muda.
Es sólo que hablo poco, sin tristeza, sin alharacas.
Prefiero accionar, leer y meditar. Y guardar la voz para cuando suene una armonía de trasfondo, de corazón, que pida ser expresada. Expandir lo auténtico es el elemento clave, la única razón que, en mi caso, merece la pena de pronunciarse.

El corazón, tan presente y paradójicamente tan olvidado, reclama en silencio el sitio donde nace la verdad, ya sea pronunciada o silente; dice con su latir incansable que ha de ser por algo ese bombeo mudo que realiza a diario, que vivir ha de tener un sentido hacia más vida, más alegría, más plenitud, y que el ruido de palabras en la mente conduce a la desorientación de más inconsciencia, más indiferencia, más oquedad.