La primavera es siempre un renacimiento.
Renace la visión en estas páginas nocturnas que,
como flores gestadas bajo la nieve,
han querido abrirse al día con la primavera.
Renace el balbuceo de los comienzos
y el temblor en los trazados imprecisos,
pero finalmente las palabras alzan su vuelo
y dejan un rumor renovado
en el pensamiento que abre sus jaulas.
(…) Ahora quieres ver el mapa, saber cómo manejarte en un espacio intangible donde no tienes referencias. Tú y la nada. Tú eres esta nada. Mientras no aceptes el vacío sigues reproduciendo en tu mente los mismos modelos experimentados, las mismas memorias, aun con sus múltiples variantes. Proyectas el mismo recorrido en lo sutil porque no concibes el movimiento transformador más que en el afianzamiento de tu lógica. En tu afán de horizontes perpetúas los caminos. Senderos hollados que obedecen a las leyes de la materia, otros lineales definidos por la razón ordenadora, y otros más sensitivos que se nutren de la sustancia intangible de los sueños. Sin embargo, ahora te hallas ante un camino que ya no es camino, ni trazado, que es un espacio abierto y libre sin orillas que lo definan, al menos de momento.
En los campos sutiles también están todos los senderos y puentes y escaladas que tu mirada quiera recrear, pero, ¿y si ahora descubrieras tu vuelo? Descubrirlo sería Recordar que ya has cruzado el puente entre la orilla del tiempo y la del Instante. Lo has hecho cada vez que has permitido que naciera una voz inédita de tu silencio, cada vez que ha brillado el sol de tu corazón sin que tus memorias se interpusieran haciéndole sombra, cada vez que, pese a la seguridad de una certeza, has confiado en el pálpito de una intuición. Así es, cielo, tus alas se han ido formando sin que te dieras cuenta, y en algún sitio ha de aguardarte la risa que se expande cada vez que entiendes, cada vez que Recuerdas.
Extracto del libro Los Ojos de la Noche
