No sé si el tiempo es la medida de todas las cosas, pero lo contemplo como la medida de todos mis procesos. Aparentemente, él, tan invisible, tan poco personal, sin preferencias por una forma más que por otra, ocupa su reino de manera silenciosa. Simplemente deja vivir y vivirse por todas las posibilidades, sin ofrecer mayores importancias a la autoimportancia de quienes, siendo limitados, nos creemos infinitos en sus dominios.
Pero acaso también el tiempo, el gran benefactor que se entrega al libre antojo de los seres humanos, tenga como cierto que los mortales sólo damos categoría de verdad a cuanto aparece con gran estruendo.
Y tal vez por esto mismo sea la presencia invisible y silenciosa del amor la única que el tiempo considere verdadera, la única libertad a la que permita traspasar sus fronteras. No me refiero, claro está, a ese amor que fabricamos en el tiempo, esa llama que en el mismo instante de su nacimiento ya tiene marcado su final; ni a esa ilusión que requiere de un temporizador acoplado para señalar cuándo, dónde y cómo ha de manifestarse ese amor que se extingue con el calendario.
Soy incapaz ahora de distinguir los breves instantes, libres, que me hicieron traspasar el tiempo entre tanta existencia que me extingue en la temporalidad. Aun así, intento comprender el valor de lo imperceptible, lo inusual aunque no por ello menos cotidiano, y quedo perpleja, sorprendida, cuando el tiempo pierde sus contornos en mi percepción y no por ello dejo de estar viva.
La libertad se mueve a un ritmo y con una cadencia que apenas encontramos tiempo para atender y disfrutar. Sin embargo, cuando medito cómo y dónde se manifiesta esa atemporalidad que nos hace libres, y en cuántas ocasiones se repite, descubro que el ritmo del tiempo cambia y se transforma en otra música.
Desconozco cuál es la medida de todas las cosas, pero opto por creer que la esencia perdura más allá de mi falta de atención y más acá de las veleidades de la comprensión que, atrapada en ese juego de querer aprehender y clasificar la realidad, solidifica las jaulas mentales.
La libertad es invisible para los ojos del tiempo.
