Hacia la otra orilla

Nos sentimos desolados en cada Despedida, y acaso sea porque en el fondo intuimos que cada partida alcanza la otra orilla y nos deja remando en las aguas de nuestra propia muerte. Tal vez, quienes partieron, desde el otro lado nos hagan una señal que alumbre como un faro en la noche, indicándonos hacia dónde vamos.

Anoche, sin saber aún de su partida, me fui a dormir con una duda existencial en la que no comprendía nada. Me quedé hasta la madrugada viendo la película Troya, viviéndome con intensidad el gran dilema de cada uno de sus personajes, para luego, ya sobre la almohada, revivir las escenas de vida y muerte, amor y separación, fuerza y vulnerabilidad, honor y soberbia, belleza y horror, nobleza y ambición, dioses y sangre… No entendía el sentido de vivir si la vida está cercada por la muerte.

¡Tantos aquilianos con su talón vulnerable, tantos dioses caídos en el olvido, tantos hombres levantando la espada, el templo, la palabra, la mirada hacia un cielo que nos olvida si no sabemos recordarlo, para que finalmente nos demos cuenta de que la muerte es lo único que perdura, lo único vivo!

Muere lo real para que viva la ilusión. Muere la persona para que nazca el Hombre. Muere el sentido profundo ante las exigencias de lo concreto. Muere lo concreto para dar un sentido más hondo a lo inexplicable. Mueren los seres queridos, los que nos acompañaron de cerca en diferentes tramos de esta existencia, para que en un instante (más o menos largo, más o menos intenso) tome vida en nuestra consciencia lo que fue relación inconsciente, relación inerte.

Me acuerdo de las palabras que le dice Aquiles a la virgen amada, la que humanizó al dios a través de su amor pero, en la grandeza de su sentir, no pudo resistirse de amar también al hombre endiosado: “Te contaré un secreto, los dioses nos envidian por nuestra muerte, porque tú nunca serás tan hermosa como en este momento, porque cada instante para los mortales es único e irrepetible

Morir es borrar poco a poco la historia personal y, sin embargo, no veo ahora separación entre lo personal y lo universal, como si todo formara parte de un mismo entramado. Con otra imagen de la película puedo ilustrar esta acepción: Un guerrero, cuya historia personal es insignificante en la trama que ha urdido el director, estaba tallando un caballito de madera para su hijo. Uno de los reyes vio el caballito y VIO el Caballo que entraría a Troya. ¿Se habría cumplido el destino de no ser porque ese guerrero cualquiera tuvo una vida, una mujer, un hijo, una distancia en la que echar de menos a su familia, para estar en el momento justo inspirando con su gesto el desenlace de la Historia?

Parece que es condición humana vivir en el Misterio y en el Conocimiento pero nunca a un mismo tiempo, así como el silencio y el sonido no pueden encontrarse jamás. La fuerza de hoy es el resultado de infinitas fragilidades que llegaron al límite de sí mismas, al igual que en la debilidad de hoy se está gestando la fortaleza de mañana. La muerte va acompañada de un nacimiento.

En la oscuridad de nuestra ignorancia cruza una estrella fugaz cuya visión invita a pedir un deseo. Quiero pensar que algo mágico sucede en ese instante inaprensible en el que nada falta -por una milésima de segundo somos plenos-, y es que nosotros mismos seamos estrellas cuya fugacidad desea perpetuarse en la otra orilla del tiempo.