Hace muchos, muchísimos años, mucho antes de que la Naturaleza desplegase sus fuerzas en el ser humano, convivieron en una montaña de este planeta un dragón, una serpiente y un águila. La relación entre los tres seres fue armoniosa mientras cada cual ocupó su lugar sin pretender ser el otro, ni coartar la identidad ajena. Pero sucedió que un día la serpiente sintió la hartura infinita de arrastrarse sin tregua por la piel de la tierra y, contemplando un vuelo glorioso, tuvo envidia de las alas del águila.
Consciente de que el gran pájaro nunca le entregaría su vuelo, se deslizó el reptil hasta las entrañas de la montaña para buscar la fuerza que necesitaba. Allí encontró al dragón que, ni harto ni pretencioso, dormitaba en la quietud de sus dominios. Segura ante la placidez del momento, la serpiente fue suministrando grandes dosis del conocimiento acumulado en la superficie de los matorrales, hasta que despertó a la fiera del ensueño profundo.
Cuentan las criaturas del entorno que la montaña entera tembló cuando se abrieron los ojos iracundos del dragón, conscientes ahora, eso sí, de su encierro ignorante revelado por una serpiente ilustrada.
Desde las alturas del vuelo, sin embargo, los ojos del águila contemplaron dos lenguas comunicándose, una lanzaba fuego y la otra veneno. Pero el corazón del pájaro bebió únicamente de la fuerza y el conocimiento con los que trazó un nuevo signo en la página azul del cielo…
