He descubierto que todo cuanto amamos en los demás se hace Presencia en nosotros mismos. Y, como ilustración de esto que cuento, diré que una vez me enamoré de un artista.
¡Sí! Puedo asegurar que su canto me encantó entonces. Y, aunque sigo desafinando, noto algo así como si todo mi discurso quisiera cantar, hacer música, declamar los rumores de siempre al son de un latido que los renueve.
En otra ocasión me enamoré de un elfo.
¡Sí! ¡Así como lo cuento! Y he visto cómo ha ido tomando realidad en mi vida un ser volátil, algo así como una nube liviana que no pretende cargar con el peso del mundo, sino ser lo que es, una simple nube. No siempre está ahí, claro, porque la solidez en la mirada no puede soportar la levedad del ser, ya que ésta viene a recordar cuántas cargas innecesarias he puesto en mis ojos.
Sin embargo, en el fondo de los fondos, todos quisiéramos ser ligeros, vivir sin llevar el peso del mundo en nuestros hombros, para no convertirnos en el mismo cansancio del mundo, para que si el acto de vivir ha de llevar cargas sean éstas las que la Presencia sostiene y abraza.
