Cuando los sabios ancianos de la América precolombina se reunían en asamblea para compartir conocimiento, se sentaban en círculo frente al fuego y encendían la pipa de la paz que para ellos simbolizaba el poder de la palabra.
La Palabra circulaba por cada uno de los componentes de la reunión y cada cual aportaba su visión a los presentes. Lo de menos era quién hablaba, lo importante era que la voz del Espíritu se pronunciara.
El paso del tiempo no cesa de cambiar el rostro al mundo. Ni las circunstancias, ni los encuentros ni las palabras son lo que eran. En esa fijación de mirar hacia delante, hemos acogido el semblante que hoy nos ofrecen las estaciones, aunque a veces miremos hacia atrás buscando algo importante que perdimos en nuestra idea de avanzar. No es añoranza de escenarios silvestres o bucólicos, aunque bien es cierto que donde la vida florece y se expresa libremente no queda espacio para existencias estériles; la vida contagia a la vida. Tampoco es añoranza de escasez, en todo caso, de esa abundancia inaprensible de la que carecemos en la opulencia de nuestras neveras, armarios y mentes. Tal vez lo que perdimos en el camino y echamos en falta sea la sabiduría del anciano, la inocencia en la mirada, el reconocimiento del hermano; compartir desde adentro y no desde la apariencia.
¡Perdón! ¡Rectifico! Nada está perdido, en todo caso dormido, pues aquellos sabios ancianos viven en la memoria de nuestra sangre y en esta selva urbana, y el fuego está encendido donde hay un corazón despierto, y aquella Tipi de ceremonias, o el Ágora de antaño, es hoy cada centro de encuentro donde se reúnen quienes han tocado su techo de progreso y quieren crecer hacia dentro. Donde aprendernos en el día a día, compartiendo lo que sea que ahora soy, tengo y siento. Donde, entre luna y luna, va afinándose el canto del ruiseñor entre los graznidos de la lechuza.
