Callar a la altura del silencio

Recuerdo, en una de las presentaciones que hice de mis libros publicados, cómo se me quebró la voz antes de pronunciar un discurso previamente preparado ante el grupo de personas que escuchaban atentas frente a mí. Casi tartamudeando, dije: así está bien, pues sólo cuando las palabras marchitas se rompen en la garganta pueden dejar espacio a la fragancia de una voz desconocida hasta entonces.

Una voz que viene a decir aquello que nunca nombraste.

Otras veces la voz se quiebra cansada de repetir un argumento sublime que nunca fue capaz de hacer sublime tu existencia.

Entonces comprendes que hay que callar y escuchar otras voces que, desde más adentro, te dicen que ASÍ NO ES.

Un extraño silenciamiento acontece en tu garganta y en tu mente.
Ya no quedan quejas ni exaltaciones.
Sólo callar y que tu mudez esté a la altura del Silencio.
Y si después brota una palabra, que ésta vibre en la hondura de la Voz.

Sólo queda fortalecerse para que un día venidero tus relaciones estén a la altura de ese amor que con tanto énfasis declamas…