Elegir sin rechazar

La clave del asunto está en afirmar tu senda
en la constante encrucijada de caminos
sin que esto suponga un rechazo
de las otras direcciones.

Soltar es elegir sin rechazar,
puesto que de lo contrario
vas cargando en tu pensamiento,
en tus emociones,
en tu particular mochila,
el peso de lo que has dejado atrás…

Nada que pronunciar

En los últimos tiempos hablo poco.
No llevo la cuenta de mis palabras, pero hablo poco.
Y hasta incluso me alegro, porque las palabras parecen a veces puentes a ninguna parte, estructuras de sonidos que intentan tejer caminos y autopistas en el aire, pero que, por falta de cimientos, se difuminan, se borran, olvidándose como cosa muerta, inútil, como cacharros de lata en el contenedor de los signos.

No significa que me haya transformado en una persona muda.
Es sólo que hablo poco, sin tristeza, sin alharacas.
Prefiero accionar, leer y meditar. Y guardar la voz para cuando suene una armonía de trasfondo, de corazón, que pida ser expresada. Expandir lo auténtico es el elemento clave, la única razón que, en mi caso, merece la pena de pronunciarse.

El corazón, tan presente y paradójicamente tan olvidado, reclama en silencio el sitio donde nace la verdad, ya sea pronunciada o silente; dice con su latir incansable que ha de ser por algo ese bombeo mudo que realiza a diario, que vivir ha de tener un sentido hacia más vida, más alegría, más plenitud, y que el ruido de palabras en la mente conduce a la desorientación de más inconsciencia, más indiferencia, más oquedad.

De nieblas y de colores

El sol asoma por el horizonte
con una claridad de neblina azulada,
de perfumes oceánicos
y clamor de sueños que se van durmiendo
hasta que la siguiente noche los despierte.

En el lienzo del día,
pareciera que el pintor invisible
no tuviese otros colores
que el azul intenso del mar
y el verde vivo de los campos.

En la neblina de la mañana
están escondidos todos los colores
y matices de la luz;
puedo imaginarlos perfilando formas
mientras la niebla se levanta,
pero es la Realidad la que los hace visibles
cuando levanta el velo en mi mirada.

La puerta del Amor

El amor es un fuego que se nos regala.
Lo agradeces con creces cuando has caminado con frío, con barro, con la ropa empapada por la lluvia del último invierno.
Es un regalo ver una chimenea humeante y resplandor de llamas en la ventana de una casa.
Y es un reclamo cuando llamas a la puerta, pidiendo calor de hogar, calor de compañía, alivio de poder al fin descansar.
Hay muchas formas de llamar a la puerta de un corazón, de un hogar.
A veces la aldaba suena a «¡mira lo que te traigo!»; y en ocasiones repica un «¿qué tienes para mí?»
El amor siempre abre en silencio, toma lo que traes y entrega lo que necesitas.
Hay quienes no llaman a ninguna puerta.
O quien lo hace sólo después de la misma batalla, quizá tras haberte perdido en la propia tozudez, acaso por el agotamiento de hacerle un pulso a la vida y demostrar que tú puedes, por ti mismamente, que tú puedes con todo, con todo lo que te echen o te eches encima.
Entonces sí llamas, justo cuando descubres que ese “todo” es ilimitado, y tus fuerzas no lo son.
Hay muchos motivos para llamar a la puerta del amor.
No te abrumes si es por ilusión, cansancio o derrota, porque es el Amor quien sale a recibirte.
Puede que al principio no le veas, que sólo busques la lumbre encendida y a ese calor te entregues, porque tu alma siente frío.
Pero la noche es larga y siempre llega el momento en que deshaces tu equipaje y vistes al amor con tus ropajes.
El amor es una gran compañía.
Sonríe siempre en tu corazón.
No lo tomes a mal si se pone lo que traes y te regala lo que necesitas.

La amistad pide confianza

«Atrás, en algún punto de la línea del tiempo,
hemos echado residuos en el manantial de la vida,
el único que ha de saciarnos.
Luego, delante, en alguna sed del trayecto,
bebemos el agua turbia que antes arrojamos…”

Cuando dos personas descubrimos nuestra afinidad de corazón
con esta claridad que nos aclara,
aunque sea por este medio tan porfiado y tan mágico
que es el abstracto de las palabras,
debe ser que hemos ganado la confianza
que abre sendas a la Amistad.

Somos amigos y, además, abrimos rutas expansivas
por encima de nuestras vicisitudes
y contingencias particulares.

Entonces ni siquiera la falta de contacto cotidiano
hace desaparecer lo que apareció de ti y de mí
al compartir instantes de apertura.

Es por esto que, antes de un ¡Sí! a la Amistad,
nos preguntamos cuánto de cerrados
o cuán de abiertos estamos dentro de nosotros mismos,
pero, ante todo, cuán dispuestos
a transitar con transparencia dentro de otro ser…

Mujeres dentro de una mujer

Tantas mujeres dentro de una mujer…

La primera que conocemos, la madre que nos pario, la cual, tengamos hijos o no, sigue extendiendo sus brazos desde adentro de los nuestros, en el cuidado que ponemos allá donde llega nuestro compromiso, al alcance de nuestros brazos.

Otras veces, da igual lo grandes que nos hizo el tiempo, somos hijas necesitadas de un abrazo más grande que el que nosotras mismas podemos darnos, porque no siempre estamos al alcance de nuestra capacidad de consuelo.
Un abrazo o un zarandeo que sacuda esas cargas que se nos adhieren a la espalda, ahí donde no alcanza nuestra mirada.

Al lugar de las confidencias acudimos como amigas, como hermanas. Como soledades compartidas que dejan de estar solas en un rato de complicidad.
¡Qué importa lo que hacer o decir! Siempre surge el momento de las confesiones, de abrirnos a la intimidad de reconocernos más adentro de las diferencias.
Y ahí, compartiendo nuestra esencia, nos damos cuenta que la esencia femenina nos alimenta con un mismo e invisible pecho.

Conocedoras del juego, nos hemos apoyado en la complicidad de saltarnos las normas y también hemos cuidado de que la norma se cumpliese, ante todo, para no caer en el barro donde caímos antes, ante todo por no irnos hacia el otro lado de los límites de nuestra impecabilidad.

A veces hemos visto más de lo que vimos.
Alguna vez sabemos menos de cuanto supimos.
Pero lo cierto es que en cada presente tienen más realidad los sueños que pintábamos antaño, cuyos esbozos son más luminosos porque tienen el resplandor de la conciencia, de lo experimentado tierra adentro de esas vivencias donde fuimos a dar más luz.

Por eso la Madre Tierra nos abre sus cuevas,
donde seguimos gestándonos a nosotras mismas,
donde ahí dentro, y desde adentro de nosotras,
cantan juntas todas las mujeres que nos habitan:

Mujer, yo soy mujer, mujer de luz, mujer de amor.
Mujer yo soy mujer, mujer de vida que da calor.
Mujer yo soy mujer, mujer que vibra en un mismo corazón…

Sin onomástica ni cumpleaños. Viejas como la luna oscura, que se ha tragado su luz de tanto vivir; inocentes en la luna nueva que se cree en la bondad del cuento, ignorando maldades. Aprendices en luna creciente, y rebosantes de resplandor como el plenilunio.

A ratos el sol de cada día nos lleva en volandas de su aliento, y otras veces parece que llevamos el peso de todos los nubarrones acostado en nuestro pecho…
Sin embargo, siempre, siempre, siempre, estamos siendo abrazadas por la Esencia, aunque nuestros brazos no caigan en la cuenta, por eso de estar siempre allí donde hace falta echar una mano…

Travesías reales y virtuales

Los sujetos virtuales nos parecemos a torbellinos de sentimientos, las más de las veces sin control, que circulamos en el caos de «todas las direcciones» sin mesura, orden ni concierto.
No digo que seamos náufragos, porque para ser náufrago hay que vivir el sentimiento de naufragio.
No digo, tampoco, que naveguemos a la deriva, porque para ir a la deriva es necesario saberse con el rumbo perdido de antemano.
Digo solamente que vivimos en el «todas direcciones» de este océano cibernético, sujetando la cresta del oleaje por breves instantes de adhesiones saladas o rechazos que espurrean sal.
El Océano Real, mientras, sostiene imperturbable nuestro tránsito por la vida, cuando la trama principal de nuestras realidades nos devuelve irremediablemente al fondo y el dónde y el «de qué manera» y «en qué momento» nos hallamos en nuestra travesía personal…

Travesías en cada circunstancia

Siempre asoman a mi pensamiento muchos recuerdos de aquellas etapas peregrinas que viví en el Camino de Santiago. Ahora me parece que han pasado vidas desde entonces, pero lo cierto es que lo auténtico de la vida siempre nos acompaña aunque cambien las geografías que nos circundan y los personajes que nos acompañan.

El Camino sigue viviendo en mí, no ya como una senda horizontal (que también), sino como un eje vertical que se pierde en las profundidades del sentimiento, y un vuelo en las alturas que traduce otros códigos de lenguaje.

Así contado parece idílico, pero lo cierto es que en esta peregrinación interior me sigo encontrando con los mismos elementos de antaño:
A veces me pierdo,
a veces no tengo claras las señales,
a veces el cansancio me detiene,
a veces encuentro un rostro amigo y siento la alegría de compartir lo que sea que llevemos en nuestras particulares mochilas, el pan, el vino, la palabra que nos alienta a seguir dando pasos…

Sí, se puede decir que sigo haciendo Camino, esté donde esté, incluso cuando me hago hospitalera y recibo a otros peregrinos del alba que llegan a casa cansados y con las botas embadurnadas de barro.
El Camino y la Hospitalidad se llevan en el corazón. Y buscadores hay por todos lados, también en las grandes ciudades.

Entonces, si me abstraigo por un instante del escenario, sé que en cualquier momento se puede dar un encuentro de almas, y que cada día nos ofrece lo que necesitamos para seguir avanzando.

Lo importante, así como he ido descubriendo, es no poner muchas condiciones a la vida.
Cuando hay propósito, ganas de compartir, entusiasmo, cualquier circunstancia es buena para expresarlo.
Cuando estoy cansada, apática, huraña, le echo la culpa a las circunstancias,
incluso a veces las cambio, pero sólo para comprender que si no hubo transformación en mi actitud, en mi percepción, sigo andando con desgana aunque me pongan el cielo por debajo de los pies…

Primeras lecturas

Hoy me puse a pensar en la importancia de los cuentos que leemos a temprana edad –cuando aún somos analfabetos en el vasto océano de saberes que luego habremos de asumir o rechazar–, puesto que son esos seres extraordinarios los que dejan en nuestra alma el referente más puro y nítido de valores, sentires y cualidades que cada cual desarrollará a lo largo de su existencia.

Siento la certeza de que es en esas primeras lecturas cuando, atrevimiento y miedo, malicia y nobleza, traba e ingenio, encarnan las imágenes que por siempre animarán el Gran Cuento que dejaremos escrito en nuestra historia particular y colectiva.

De los incontables libros que he leído en el transcurso de mi vida, apenas si recuerdo títulos, tramas, ni autores, pero sí permanece nítida en mi memoria la emoción que sentí ante el primer cuento que me hizo llorar. Fue aquél que desató un nudo en mi garganta y a través del cual la palabra escrita me transmitió, por vez primera, un sentir ajeno en una imagen que hice mía.

Sucedió antes de cruzar la franja que separa la niñez de la adolescencia y aún puedo rememorar los estantes de la antigua biblioteca del pueblo, donde tomé prestado el libro, o el color amarillento de sus páginas desgastadas por el tiempo y también, quizá, por otras lágrimas que me precedieron.

Esta fábula en particular describía la historia de una loba cuyo instinto le apremiaba a salvar a sus crías del acecho de la más peligrosa de las sombras: el águila revoloteaba en el cielo buscando su almuerzo. La madre salvó distancias y pruebas desplazando a su camada, así como mejor pudo, por la espesura del bosque, sin detenerse hasta que cada uno de sus hijitos quedó en lugar seguro. Sin embargo, para mi propia desolación, no logró salvar al último de sus lobeznos.

Hoy sé que el narrador de esta fábula no pretendía hacerme sufrir gratuitamente, sino mostrarme con suavidad la desgarradora lucha de supervivencia que la fauna manifiesta en los bosques.

Poco sabía yo por entonces que, con el devenir del tiempo, en los bosques de mi vida seguirían anidando la fragilidad, el amor protector, la sombra del acecho, la voluntad, el laberinto de la duda, el miedo… y todas las emociones que despertaron en mi infancia, mientras leía este cuento.

Hoy, mirando hacia atrás, sé que han sido aquellas primeras lecturas las que dejaron una impronta imborrable en mi desarrollo como persona. Y creo que fue porque realmente yo me creía el cuento. Lo vivía con todo mi ser. Amé los libros desde el comienzo y en mí sigue viviendo la esencia de esos personajes que encarnaron la ternura, la tenacidad, la fuerza, la sabiduría, las ganas de creer en lo increíble, la necesidad de comprender lo diferente…

Al final todo son disfraces que la vida adopta para vivirnos.

Lo fácil para el adulto es eludir la existencia con explicaciones, justificar esa alternancia de felicidad y miedo que expresa el ritmo natural de lo que uno va siendo.
Lo difícil es que en el trayecto no te pierdas, que contigo siga caminando ese niño errante y sin malicia que busca su porción de suerte…

Caminos…

El plano, el método, el mapa…

Hay un camino horizontal,
un recorrido que obedece a las leyes de la materia,
a las leyes de la razón que clasifica y ordena
dentro del mundo que conocen nuestros sentidos.

Hay un camino vertical que se está haciendo a cada momento
con una sustancia intangible,
que es la sustancia con la que se tejen las palabras.

Y hay un camino que ya no es camino, ni trazado,
que ya es un vuelo abierto, libre,
y que conocen muy bien quienes viajan por el Ahora
sin plano ni método ni mapa…