Un cuento y una moraleja

Postrado a la vera del camino, esperaba que pasara alguien caritativo que me lanzara una moneda. De pronto vi venir un cortejo que rodeaba a una carroza tirada por seis caballos. Pensé: Un gran señor se ha dignado cruzar por esta aldea. Es posible que me deje caer una generosa limosna.
Esperé anhelante mientras la carroza se detuvo enfrente mío. De ella descendió un personaje ricamente ataviado, al que supliqué: ¡Señor, una moneda!… Pero, para mi desconcierto, el gran señor extendió su mano y me preguntó: “¿Tienes algo para darme?”. ¡A mí, al mísero, él le pedía! No podía creerlo, pero seguía delante de mí con la mano tendida…
Vacilando, hurgué en mi raída bolsa, en busca de algo que pudiera dar, algo pequeño que no mermara mis tan escasas pertenencias. Encontré un grano de trigo, que coloqué en esa mano insistente. El me dijo: “¡Gracias!”. Subió a su carroza y se marchó.
En la noche, al llegar a mi albergue, vacié en el suelo el contenido de mi bolsa, buscando algún mendrugo que pudiera servirme de cena y, entre los desechos recolectados, había un grano de trigo de oro. Sollocé amargamente:
¡Señor, debí habértelo dado todo!
Rabindranath Tagore

El Hotel Oasis en Córdoba fue el escenario andalusí donde la solidaridad, vestida de elegancia, se sentó a las mesas previamente decoradas con creativas huellas. El llamado al evento bien podría haber sido: “Cena con nosotros esta noche, para que otros puedan comer”. Mas no sólo de pan vive el hombre y los asuntos culinarios nunca rascan más de lo necesario el bolsillo de quienes tenemos satisfecho el estómago. Así que el reclamo se lanzó como una flecha hacia otro órgano. “Cuando el amor toca tu corazón”. Y, SÍ, nos sentimos tocados por la amenidad, poesía, música, cantos y anécdotas compartidas de los presentes, pero, ante todo, por la cruda realidad de los ausentes, en cuyo favor fuimos convocados.
Según el Diccionario de la Real Academia, solidaridad significa adhesión circunstancial a la causa o empresa de otros. De otra fuente menos académica y más humana aprendí otro enfoque: SOL y DAR y DAD. Depende de cada cual cómo se vive este asunto, si académica o humanamente. A mi parecer la primera acepción se desmorona en el desglose de su propio significado, haciendo de la ayuda una pálida sombra de la incondicionalidad; en la segunda ya brilla el sol y se acerca más a ese amor que nos adhiere al otro, a lo otro, sin límites ni causas, en toda circunstancia.
La solidaridad sin corazón apenas atenúa el grito callado de quienes digieren nuestras migajas. ¡No es justo!, braman las entrañas en lo profundo. El Amor oye el grito y sabe que no es de otro sino suyo; atiende y ayuda y da, pero sin dejar deuda pues, en esencia, no es a otro más que a sí mismo a quien ampara. En su adhesión sin límites el Amor crea universos con las migajas del mundo.

Itinerario de lecturas

Harían falta muchas vidas para poder leer tantos y tantos libros escritos en las páginas de la historia. La cantidad de información a la que tenemos acceso hoy en día es tan desproporcionada que la confusión en derredor es mayor que nunca. Entonces, ¿cuál es ese itinerario de lecturas que acaba cerrando todos los interrogantes abiertos y suaviza el ceño fruncido ante tantos asuntos que todavía no comprendemos?

Acaso el lector halle la respuesta en aquellos libros que le susurran entrelíneas que las cosas simples son las más extraordinarias, los que invitan a desaprender lo aprendido, recuperando así el milagro de esa mirada que se limpia a sí misma para acoger un nuevo descubrimiento, una nueva imagen. Es la magia de la mirada que se hace visión. La vida es de por sí, ya, un gran milagro. El respirar otro. Es la conciencia de las pequeñas cosas cotidianas la que nos permite asombrarnos de la extraordinaria complejidad de lo simple. La manera como germina una semilla es una gran proeza. O leer un cuento y caer en la cuenta de que es una historia seria e importante que dice de modo sencillo lo que resulta más complicado de transmitir.

El lector acompaña entonces a esos protagonistas de los mitos y cuentos, esos locos que escapan del cobijo de su hogar, de lo conocido, y emprenden la búsqueda de tesoros que siempre imaginan bien lejos. A través de esas lecturas, nuestro amigo vivirá los procesos de superación, las pruebas inscritas en el desarrollo de la trama, que a su vez son inherentes a la propia vida. Y, después de una larga marcha esbozada de insólitas aventuras, regresará a su tierra para darse cuenta de que el oro que buscaba en lo lejano estuvo siempre en su corazón, o bajo sus pies. Lo que realmente cuenta en ese recorrido es que el tesoro del autoconomimiento debe ser hallado para que todo lo vivido pueda tener un sentido.

Es lo que hay que leer -se dice a sí mismo-,
aquí es donde hay que ir, al corazón, al presente.
Aquí está mi lectura personal…

Transparencia

Se podría decir que sólo una mirada libre de juicios Ve.

El prejuicio es una acumulación de información, historia personal, rutinas, recuerdos, desencantos… y, en base a esas lentes o ese cúmulo de «pertenencias» con las que nos identificamos, reaccionamos ante cada situación.

Para la mirada transparente el mundo que se abre ante los ojos es un milagro, quizá porque no intenta procesarlo desde los filtros mentales de adhesión o rechazo, sino desde la vivencia instantánea que permite a cada manifestación ser lo que en esencia es.

Ante esa transparencia, las cosas carecen de función o utilidad,
sencillamente son.

Claridad en la pesadumbre

En días en los que el mundo parece tambalearse en el abismo de la crisis, nada se agradece tanto como recordar reírse de la propia sombra, si es que todavía no nos la han embargado.

En cada amanecer en que los números penden sobre el cuello como afiladas cuchillas, los puntos y porcentajes, los índices y los tipos de cambio, se convierten en un cuento horroroso de criaturas malignas que emulan al legendario “hombre del saco”.

Mientras tanto, la Tierra sigue girando en su órbita, ajena a las preocupaciones y temores de sus criaturas. El universo sobrevive a las servidumbres del capital, y halla sus motivos para perpetuarse más allá del resplandor del oro.

Por eso, aún cuando la pesadumbre parezca adueñarse de nuestro día, el aire nos recuerda que el trabajo de respirar continúa.

El camino es perseverar y abandonar interiormente la derrota, recordando siempre que el río de la vida nunca cesa de fluir.

Y es que ¡podemos aprender tanto del agua en cada tiempo de turbulencias! Las aguas bajarán claras unos días, turbias otros, pero el impulso de nuestra naturaleza es navegar la corriente interna que conduce hacia ese mar inmenso donde todo afán culmina y todo dolor se desvanece…

Lo importante, y acaso la tarea más difícil, es no dejarse quemar del todo por las múltiples manifestaciones de la superficie siempre cambiante. Mantener viva la llama interna sin perecer en la realidad ilusoria de «tener aquello que nos tiene».

El silencio escucha

“El silencio es el ámbito donde todo se oye…” Rilke

El silencio se busca hoy como una terapia que pueda reparar nuestro cerebro repleto de preocupaciones y prisas. Pero todos sabemos que ese estado silencioso es sólo un breve descanso; la vivencia de cada día, con su desenfreno, se acaba imponiendo siempre. Aunque en ocasiones y como un consuelo esté la huida del ajetreo y se busquen espacios de relax o grupos de meditación, escapes con el fin de poder sobrevivir al ruido de nuestras mentes.

Pero el buscador de autoconocimiento sabe muy bien que el silencio no está hecho para calmar la mente, no supone una experiencia de relajación o una dormidera ante el agobio de la vida. O no sólo eso.

La percepción del silencio auténtico conlleva al afinamiento de la escucha. El silencio es una condición fundamental para atender sin interferencias.

El silencio auténtico no es pues un espacio meramente terapéutico, aunque esto tenga su valor, sino la condición para escuchar, desde lo más profundo del oído, la vibración.

El grito acallado

“El problema de mi vida me anonada más cuanto más pienso en él. Quiero ser algo en el mundo, cultivar un arte, vivir de mí misma. El desaliento me abruma. ¿Será verdad, Dios mío, que pretendo un imposible? Quiero tener una profesión, y no sirvo para nada, ni sé nada de cosa alguna. ¡Esto es horrendo! Aspiro a no depender de nadie, ni del hombre que adoro. No quiero ser su manceba, tipo innoble, la hembra que mantienen algunos individuos para que les divierta, como un perro de caza; ni tampoco que el hombre de mis ilusiones se me convierta en marido. No veo la felicidad en el matrimonio. Quiero, para expresarlo a mi manera, estar casada conmigo misma, y ser mi propia cabeza de familia. No sabré amar por obligación; sólo en la libertad comprendo mi fe constante y mi adhesión sin límites. Protesto, me da la gana de protestar contra los hombres, que se han cogido el mundo por suyo, y no nos han dejado a nosotras más que las veredas estrechitas por donde ellos nos saben andar…” – Pérez Galdós

Ha pasado mucho tiempo, y han ocurrido muchos cambios, desde que este novelista del siglo XIX permitiera que el grito acallado de las mujeres de antaño hiciese eco en el devenir de la historia. He de reconocer que la fuerza de esta voz resonó también en mi desarrollo personal y, sin embargo, nunca me identifiqué ni tampoco me he implicado con el movimiento feminista más allá de gritarle a mi madre, allá en la adolescencia, por qué tenía yo que hacer la cama u ordenar la habitación de mis hermanos, o por qué éstos podían llegar más tarde que yo a casa.

Elogio, no obstante, el grito que lanzaron otras féminas fuera de los tabiques del hogar, y cuya persistencia logró abrir las puertas para que la mujer pudiese elegir dónde y cómo quiere desarrollar su expresión vital; lo elogio y lo agradezco puesto que, sin los cambios que ellas propiciaron, las veredas seguirían siendo estrechitas para unos y para otras…

¿Y qué grito, o de qué mujer, arrojaría Pérez Galdós en nuestros días?

En el transcurso de mi existencia me he relacionado con mujeres que se asemejan al hombre, y con hombres que abanderan el modelo de la mujer. En la eterna danza de energías primordiales que se contraponen y abrazan al son de una misma música, que es la vida, he visto la ternura en los ojos de un padre y la autoridad en la mano educadora de una madre; he trabajado con directivas agresivas empeñadas en hundir a la competencia y con empleados sumisos que, resentidos y humillados por el despotismo de sus jefes, descargan su ira contenida en el hogar; he visto llorar a un amigo por un desamor y, anteriormente, he pasado horas escuchando las artimañas que mi amiga urdió para conquistarle…

Después de tantas miradas sujetas al prisma hombre-mujer, cocina-despacho, cromosoma X-Y cromosoma, me interesa más la esencia masculino-femenina equilibrándose en cada persona. Busco referentes en el ser humano que evoluciona hacia la figura del ser completo, y sé que para ponerme en el camino de alcanzarlo, tengo que comenzar renunciando al rebaño de mis hábitos, en el hogar y en el trabajo, pero, ante todo, en esos pensamientos ajenos que se piensan a través de mi cabeza.

Si una se para a pensar en sus revoluciones cotidianas y particulares, siempre llega a la conclusión de que acaba poniéndose el traje que antes rechazaba. Y es que, en el fondo, todos somos quijotes-soñadores buscando a su dulcinea-real, o sanchos-prácticos que finalmente despiertan de un sueño programado.

Por eso no me interesan los roles que niegan lo opuesto, importa qué es lo que me afirma desde dentro cuando todo se derrumba a mi alrededor…

Y este ¡sí! es el grito que hoy me anima a seguir conociendo, laborando propósitos, cocinando palabras, planchando las arrugas del tiempo, tejiendo sueños, o celebrando con hombres y mujeres cuando se da el encuentro…

Misterio de inocencia

Hay recuerdos imborrables en mi niñez que se anteponen, así como la hierba aflora infatigable entre las grietas del cemento, a capas y capas de vivencias acumuladas en la memoria. La escarcha que cubría el olivar en los invernales fines de semana, el almendro vestido de blanco para recibir a la primavera, el olor a tierra mojada tras la tormenta veraniega, las hojas de otoño caídas en la vereda que conducía al colegio…

Misterio de inocencia y sencillez el que se percibía en una flor, en un paisaje, en el transcurrir de los ciclos escolares.

También recuerdo el olor de los libros de texto desparramados sin orden ni concierto en la mesa de estudio, y el tacto de aquéllos otros que apilaba como un tesoro en la estantería de mi habitación. En mi mente adolescente la literatura abrió una ventana a la que, sin que nadie me lo impusiera, quise asomarme para aprender a mirar otros paisajes, a oír otros pensamientos, a imaginar otras historias. Fueron esas lecturas las que entretejieron sueños de un mundo mejor y el interrogante de cómo soñarme a mí misma para ocupar un lugar en él. Ansias por conocer y conocerme. Dudas. Y también certezas que después hube de conjugar en el tejido de mi propia existencia…

En términos de Sanación

Pensar en términos de Sanación
es empezar a quitarse velos,
despojarse de mil máscaras que nos ponemos
en el repetido carnaval del año entero;
es recuperar la condición de inocencia y plenitud
que miles de años de adiestramiento
y “educación” del pensamiento
han atrofiado, debilitado o anulado…

Hablar en términos de Sanación
es recuperar el silencio previo al lenguaje,
hasta que la palabra se nos revele nuevamente
como medicina para el alma…

Hacer en términos de Sanación
es amar cada movimiento,
cada acción con cada hilo de cada trazado
que van componiendo el tejido de nuestros actos…

Impecabilidad

El mensaje de Girasoles al Amanecer no trata de idealizar ninguna forma de vida en particular; más bien es un intento de aprender de todas las formas en las que la Vida se manifiesta.

Si tuviera que sintetizar en una sola frase las páginas de este libro, diría algo así como:
“Toma tu vida, tus relaciones, tus circunstancias personales así como se te vayan manifestando y descúbrete en todo cuanto te rodea”

El escenario cambia, también los personajes, cuando nos damos cuenta de que las cosas que nos afectan suceden en nuestra percepción, y que para superar una situación externa hemos de aprender a mirarla dentro de nosotros mismos.

Es la mirada que ve y se ve.

Y cuando uno lo Ve,
ya no puede autoengañarse
ni eludir su mejor respuesta
para con su vida,
su entorno
y sus relaciones…

La primera palabra

Antes de que las palabras acabasen apiladas en páginas y ordenadas en la biblioteca, incluso mucho antes de que el verbo hubiese nacido, hubo un rumor de posibilidades que reclamaban por definirse, por tomar forma. En aquella especie de mundo sin mundo todavía, las palabras no existían; sólo se apreciaba el horror en las serenas madrugadas sin nombre, la sorpresa de que nadie se hiciese una pregunta, el lentísimo flujo de evos y evos sin proyecto…

Hasta que surgió la primera Palabra, ni grande ni pequeña puesto que era única como una luz indivisa, y brilló en la oscuridad para que el mundo existiera, para dar identidad a todas las cosas. El inquieto mundo giró alrededor de la Palabra luminosa, la vida creció sigilosa en el oscuro seno de la tierra y proliferaron las formas. Las palabras se multiplicaron, cazaron conceptos y sembraron ideas que el viento soplaba en todas las direcciones para que el conocimiento llegase a todos los rincones de la creación.

Sucedió, sin embargo, que un día la palabra fue apresada en páginas, constreñida en los límites de los paradigmas mentales. El conocimiento, separado de la lluvia purificadora, del viento dispersivo, del fuego transmutador, de la tierra fecunda, se adormeció en el silencio, cayendo en el perpetuo sopor del olvido. Aquellas ideas que vertebraron el mundo fueron eclipsadas por capas y capas de información, sin que apenas nadie rascara en lo profundo en busca de las grandes verdades inscritas en cada nombre. Como consecuencia fue decreciendo la magnificencia de los ideales, ensombreciéndose los corazones en las inercias de la costumbre.

No obstante, en algunos silencios todavía se escuchan rumores que remiten a esa Verdad olvidada, y aquéllos que ponen atención hasta pueden oír la voz que se ha negado a sucumbir al sopor de los tiempos. Y resulta pues esperanzador que, en un horizonte donde perderse parece inevitable, aún queden palabras que obedecen al recuerdo original, como si fueran huellas de la luz grabadas en el tiempo, como hitos que indican el camino de regreso.