Viajo a Málaga como un flan, pensando en «ideas fuerza» que quiero transmitir en este encuentro con las ondas;
en si me temblará la voz,
si podré transmitir con claridad o me iré, como casi siempre hago, por los Cerros de Úbeda.
Pero nada más entrar en el estudio de grabación me siento como en casa, con la confianza de que todo estará bien así como suceda.
¡Gracias, amigos! Por la acogida, el espacio y la buena vibración que transmitís en el directo de la presencia y a través de las ondas!
¡Agradecimiento de corazón a todo el equipo de
La Rueda del Misterio!
Autor: Angela
Búsquedas interminables
A lo largo de una vida pasas por etapas en las que la búsqueda y su interrogante no hallan un espacio por donde colarse dentro de los parámetros en los que se desenvuelve tu existencia. En esos tramos no hay preguntas que hacerse porque estás comprometido en responder a las constantes exigencias que impone el cuerpo y su sustento, la mente y el desarrollo de sus facultades, o el afecto y su gama de relaciones emocionales: amor de padres, de hijos, de amantes, de amigos… amor por lo que haces.
¿Quién tiene tiempo de indagar más allá de este marco que ya de por sí está repleto de contrastes? Casi nadie da cabida al Interrogante a no ser que la Búsqueda misma le seduzca en algún tramo del camino. A no ser que el lienzo sobre el que pintas tus días tenga fisuras y por ahí se pierdan tus fuerzas, cayendo irremediablemente en tus abismos con un “porqué” en la garganta; o que ya nazcas con la duda incrustada en la frente y tu destino sea el de esos peregrinos de la noche oscura que caminan en dirección hacia el alba.
Sea como fuere, hay un denominador común entre las personas que somos vividas por el arquetipo de la Búsqueda: por mucha información que acumulemos o muchos caminos que andemos, ya esté claro el día o sea noche cerrada, lo cierto es que siempre se antepone una distancia entre nosotros y los tesoros que esconde el horizonte hacia el que dirigimos nuestra mirada. No importa cuán lejos has llegado en tu viaje de conocimiento, pues lo que buscas se aleja a la misma velocidad que avanzas. Y no importa cuánto tardes en rendirte a la evidencia de que lo que la Búsqueda te está exigiendo es un salto confiado más que un paso metódico y complaciente.
Pero ese salto requiere la energía que fuiste dejando a tu espalda en cada negación que no pudiste o no quisiste o no supiste transformar en un sí-mismo.
Es llegado a este punto que el buscador desanda sus pisadas y va reinventando el pasado a fuerza de sanar fisuras. Algo mágico le sucede en este recorrido, pues, al desapegarse de la búsqueda, encuentra un horizonte bajo cada paso, una claridad en cada paisaje que recordaba sombrío, un bálsamo en cada herida sanada. Y es así como, sin darse cuenta, sin ya pretenderlo, ha dado un salto sobre sí mismo.
Madre Tierra
En el ejercicio de relacionarme con la Madre Tierra se ha ido configurando la Medicina de las Relaciones, basándome en el desarrollo de mi propia relación con la naturaleza.
Las relaciones naturales no dejan cabida al conflicto.
La vida toma de la vida y crece la vida.
Desde el prisma humano se podría considerar muerte, o conflicto, lo que la vida ha transformado en más vida, pero cuando siento lo que desprende un paraje virgen y natural, intuitivamente comprendo que, pese a que vida y muerte, adhesión y rechazo, danzan al unísono en el hábitat, el resultado siempre es una sensación de vitalidad, de fuerza, de salud, de equilibrio.
La Madre Tierra nos enseña a relacionarnos desde esa armonía, desde ese intercambio energético que genera más energía, traduciéndose en más conciencia para la naturaleza humana. Y también nos indica, en la manera de acercarnos a Ella, cómo es nuestra actitud de relacionamiento a todos los niveles. A veces la vemos útil y utilizamos sus recursos, así como establecemos relaciones de interés en nuestras vidas. Otras veces la amamos y disfrutamos a ratos de su abrazo y de la belleza de sus paisajes, como esas relaciones sin compromiso que tanto abundan en estos tiempos. La mayoría de las veces ni siquiera nos acercamos ni la sentimos, aunque nos gusta mirar las espectaculares fotos de National Geographic que circulan en Internet… Sea cual fuere la manera en que la vivimos, lo cierto es que la Madre Tierra sigue cumpliendo con su compromiso, sosteniéndose y sosteniéndonos en sus ciclos.
La Madre Tierra sigue creando vida mientras aprendo a no contaminarla ni contaminar mis relaciones personales… a no derrochar los recursos que me ofrece para no ir generando deudas colaterales… a descubrirme en cada una de sus estaciones, notando la intensidad de mis primaveras interiores, la abundancia de mis veranos, la serenidad en mis otoños… Y aunque los fríos me encogen mostrándome la fragilidad del ser humano domesticado, comprendo finalmente que es la dureza de mis inviernos la que fortalece el compromiso de mi relación con la vida, con los demás y conmigo misma…
Tertulia en Radio «Al son de la vida» dedicada a la Madre Tierra, donde fui invitada como contertuliana:
Me interesa tu verdad
Dice Oriah, Soñador de la Montaña:
No me interesa saber de qué vives,
quiero saber qué te conmueve y si te atreves a soñar con encontrarte con los anhelos de tu corazón.
No me interesa saber qué edad tienes,
quiero saber si te arriesgas a parecer un loco, por amor, por tus sueños, por la aventura de estar vivo.
No me interesa qué planetas están en cuadratura con tu luna.
Quiero saber si has tocado el centro de tu propia tristeza, si has sido abierto por las traiciones de la vida o te has cerrado ante los dolores venideros.
Quiero saber si puedes sentarte junto a tu pena, o la mía, sin intentar ocultarla, disimularla o acomodarla.
Quiero saber si puedes estar con alegría, la mía o la tuya. Si puedes danzar desenfrenadamente y permitir que el éxtasis te inunde hasta la punta de los dedos, de tus manos y tus pies, sin que nos adviertas de cuidarnos, de ser realistas, o de recordar las limitaciones de ser humanos.
No me interesa si la historia que me cuentas es verdad.
Quiero saber si puedes desilusionar a otro por ser veraz contigo mismo, si puedes soportar la acusación de traición sin traicionar tu propia alma.
Quiero saber si puedes ser leal y por ende confiable.
Quiero saber si puedes ver la belleza aún en aquellos días en que parece ausente y si puedes ver tu presencia divina en la fuente de tu vida.
Quiero saber si puedes vivir con el fracaso, el tuyo o el mío, y aún así pararte al borde de un lago y, con un grito de plata, decirle ¡¡SI!! a la luna llena.
No me interesa saber dónde vives o cuánto dinero tienes.
Quiero saber si puedes levantarte después de una noche de angustia y desesperación, dolido y magullado hasta los huesos, y hacer lo que has de hacer por tus hijos.
No me interesa quién eres ni cómo llegaste hasta aquí.
Quiero saber si te pararás en medio del fuego conmigo, sin echar un pie atrás.
Quiero saber si puedes estar sólo contigo mismo y si de veras disfrutas de tu propia compañía en los momentos vacíos.
No me interesa dónde o qué o con quién has estudiado.
Quiero saber qué te afirma desde adentro cuando todo se derrumba a tu alrededor…
Aquellas cartas…
Es una actividad cualquiera
pero no cualquiera escribe cartas.
En el cualquiera de las cosas sin objeto,
sin ubicar y sin tiempo,
que transcurren por capricho natural,
porque la noche está insomne
o simplemente porque las esferas giran despacio…
en ese cualquiera que es por nada
y que es por todo,
las cartas fabrican una magia
que vale por miles de emoticonos prefabricados.
Es la mágica consonancia de las palabras
que van y que vienen,
en un avanzar con regreso,
por pura devolución,
o por afán inocente de no hacerse cenizas a un lado,
si del otro brotaron como verdades incandescentes.
Son esas voces cualesquiera,
silentes para el oído y melódicas para el alma,
que nacen en una página sin propósito definido,
atemporales,
y que luego crecen por capricho natural
en la complicidad que las abraza.
Pero no, nunca fueron ni son cualesquiera
las cosas dichas, conocidas o recónditas,
si fueron engendradas en presente y presencia
por el sentir del silencio,
con el latido del corazón en la Palabra.
Gratitud
El aburrimiento es la versión ligera de la desidia.
Detrás del aburrimiento está el horror al vacío,
y la respuesta a ese miedo consiste en intentar llenarlo todo.
De ahí la quintaesencia del sistema occidental:
la seguridad y el entretenimiento.
Sentimos horror ante el vacío porque es aquello de lo que no podemos disponer ni dominar.
Ante el vacío sólo cabe confiar, saltar, crear, entender…
Y esto mismo es lo que nos hace esquivarlo, cada cual a su manera, y por esto mismo sólo nos sentimos seguros ante lo ya sabido:
La repetición.
Pero el coraje aprender, como el de vivir,
es el coraje de renunciar a lo ya sabido,
a lo ya vivido.
Es un salto, no un cálculo.
Ésta es la única revolución posible, la cual pasa justamente por la aceptación de que uno está aquí gratuitamente, por pura gracia, y es entonces cuando le nace a uno el sentimiento más profundo del hombre:
la gratitud.
Gratitud ni por esto ni por lo otro:
gratitud porque podrías ser ausencia, vacío,
pero eres Presente.
«Darse cuenta»
De nuevo nos encontramos en la Montaña de Montserrat, esta vez para dar la bienvenida a NarSham que ha cruzado el océano con el propósito de activar el Despertar del Ra-haraktys en España.
A pesar del sol resplandeciente que nos regaló el día, acabamos en el recoveco más sombrío de los múltiples espacios soleados que hubieran acogido nuestro canto. Y es que nos vivimos pruebas a muchos más niveles de lo que a simple vista pudiera parecernos:
El difícil acceso a la montaña que desajustó el tiempo acordado y desencadenó la impaciencia en unos y el estrés en otros.
El frío en el lugar de acampada tampoco ayudó a cambiar el ánimo, pero a esas horas y después de tantos inconvenientes, preferimos, antes que desandar nuestros pasos, asentarnos en esa cueva que nos protegía del viento.
Y, aunque todos acudimos al encuentro con ganas de tomar conciencia, de aprender, lo cierto es que el hambre del estómago superó al del alma.
Tengo que agradecer a NarSham que alineara el desorden energético aportando el gesto que nos acerca a la delicadeza del mundo sutil:
pidiendo el permiso a los guardianes del lugar,
abriendo el espacio a lo sagrado,
bendiciendo los alimentos…
y caldeando nuestros corazones con sus palabras.
Trato ahora de hacer una lectura de los signos, de los acontecimientos que se fueron manifestando a lo largo del encuentro.
La Montaña, la Vida.
Un lado soleado y el otro sombrío.
Caminamos buscando el sol
con la oscuridad pegada a las espaldas.
Pero a veces la vida, que es la gran maestra, pone por delante la sombra como una larga vereda en la que no hay marcha hacia atrás.
Entonces sólo queda girarse hacia el sol que te habita, esa conciencia que no depende del tiempo, ni del lugar, ni de las circunstancias, sino de una apertura total, de la confianza absoluta de que todo cuanto sucede en este momento es un pasaje más que me está mostrando quién soy por detrás de lo que creo ser.
Y es curiosamente en ése «darme cuenta»
cuando cambia el entorno
y se despliega un paisaje más soleado…
El espíritu en la palabra
Cuando los sabios ancianos de la América precolombina se reunían en asamblea para compartir conocimiento, se sentaban en círculo frente al fuego y encendían la pipa de la paz que para ellos simbolizaba el poder de la palabra.
La Palabra circulaba por cada uno de los componentes de la reunión y cada cual aportaba su visión a los presentes. Lo de menos era quién hablaba, lo importante era que la voz del Espíritu se pronunciara.
El paso del tiempo no cesa de cambiar el rostro al mundo. Ni las circunstancias, ni los encuentros ni las palabras son lo que eran. En esa fijación de mirar hacia delante, hemos acogido el semblante que hoy nos ofrecen las estaciones, aunque a veces miremos hacia atrás buscando algo importante que perdimos en nuestra idea de avanzar. No es añoranza de escenarios silvestres o bucólicos, aunque bien es cierto que donde la vida florece y se expresa libremente no queda espacio para existencias estériles; la vida contagia a la vida. Tampoco es añoranza de escasez, en todo caso, de esa abundancia inaprensible de la que carecemos en la opulencia de nuestras neveras, armarios y mentes. Tal vez lo que perdimos en el camino y echamos en falta sea la sabiduría del anciano, la inocencia en la mirada, el reconocimiento del hermano; compartir desde adentro y no desde la apariencia.
¡Perdón! ¡Rectifico! Nada está perdido, en todo caso dormido, pues aquellos sabios ancianos viven en la memoria de nuestra sangre y en esta selva urbana, y el fuego está encendido donde hay un corazón despierto, y aquella Tipi de ceremonias, o el Ágora de antaño, es hoy cada centro de encuentro donde se reúnen quienes han tocado su techo de progreso y quieren crecer hacia dentro. Donde aprendernos en el día a día, compartiendo lo que sea que ahora soy, tengo y siento. Donde, entre luna y luna, va afinándose el canto del ruiseñor entre los graznidos de la lechuza.
Hacia la otra orilla
Nos sentimos desolados en cada Despedida, y acaso sea porque en el fondo intuimos que cada partida alcanza la otra orilla y nos deja remando en las aguas de nuestra propia muerte. Tal vez, quienes partieron, desde el otro lado nos hagan una señal que alumbre como un faro en la noche, indicándonos hacia dónde vamos.
Anoche, sin saber aún de su partida, me fui a dormir con una duda existencial en la que no comprendía nada. Me quedé hasta la madrugada viendo la película Troya, viviéndome con intensidad el gran dilema de cada uno de sus personajes, para luego, ya sobre la almohada, revivir las escenas de vida y muerte, amor y separación, fuerza y vulnerabilidad, honor y soberbia, belleza y horror, nobleza y ambición, dioses y sangre… No entendía el sentido de vivir si la vida está cercada por la muerte.
¡Tantos aquilianos con su talón vulnerable, tantos dioses caídos en el olvido, tantos hombres levantando la espada, el templo, la palabra, la mirada hacia un cielo que nos olvida si no sabemos recordarlo, para que finalmente nos demos cuenta de que la muerte es lo único que perdura, lo único vivo!
Muere lo real para que viva la ilusión. Muere la persona para que nazca el Hombre. Muere el sentido profundo ante las exigencias de lo concreto. Muere lo concreto para dar un sentido más hondo a lo inexplicable. Mueren los seres queridos, los que nos acompañaron de cerca en diferentes tramos de esta existencia, para que en un instante (más o menos largo, más o menos intenso) tome vida en nuestra consciencia lo que fue relación inconsciente, relación inerte.
Me acuerdo de las palabras que le dice Aquiles a la virgen amada, la que humanizó al dios a través de su amor pero, en la grandeza de su sentir, no pudo resistirse de amar también al hombre endiosado: “Te contaré un secreto, los dioses nos envidian por nuestra muerte, porque tú nunca serás tan hermosa como en este momento, porque cada instante para los mortales es único e irrepetible”
Morir es borrar poco a poco la historia personal y, sin embargo, no veo ahora separación entre lo personal y lo universal, como si todo formara parte de un mismo entramado. Con otra imagen de la película puedo ilustrar esta acepción: Un guerrero, cuya historia personal es insignificante en la trama que ha urdido el director, estaba tallando un caballito de madera para su hijo. Uno de los reyes vio el caballito y VIO el Caballo que entraría a Troya. ¿Se habría cumplido el destino de no ser porque ese guerrero cualquiera tuvo una vida, una mujer, un hijo, una distancia en la que echar de menos a su familia, para estar en el momento justo inspirando con su gesto el desenlace de la Historia?
Parece que es condición humana vivir en el Misterio y en el Conocimiento pero nunca a un mismo tiempo, así como el silencio y el sonido no pueden encontrarse jamás. La fuerza de hoy es el resultado de infinitas fragilidades que llegaron al límite de sí mismas, al igual que en la debilidad de hoy se está gestando la fortaleza de mañana. La muerte va acompañada de un nacimiento.
En la oscuridad de nuestra ignorancia cruza una estrella fugaz cuya visión invita a pedir un deseo. Quiero pensar que algo mágico sucede en ese instante inaprensible en el que nada falta -por una milésima de segundo somos plenos-, y es que nosotros mismos seamos estrellas cuya fugacidad desea perpetuarse en la otra orilla del tiempo.
Abuelo Fuego
A lo largo del intenso verano, el día fue menguando en su giro incesante hasta equipararse con la noche que, en la misma medida, ha ido alargando su velo estrellado sobre nuestros sueños.
Luz y oscuridad convergen ahora en un punto equidistante.
Equilibrio de los opuestos que vivimos por un día y ante el cual muchos pueblos siguen encendiendo el fuego sagrado,
poniendo al Abuelo un rezo de trasmutación:
para la Madre Tierra,
para el ser humano,
para la vida misma…
Agradecimiento por los frutos de las estaciones vividas y apertura a los cambios que la nueva estación trae consigo.
Mas, como arriba es igual que abajo y adentro es igual que afuera, la ceremonia también es vivida en el interior de cada participante que ha puesto ahí su corazón.
El Fuego del Espíritu aviva en nosotros el continuo flujo de renovación, enciende la voluntad que impulsa nuevos propósitos para una nueva estación, funde todos aquellos elementos que nos sirvieron ayer para avanzar, pero inútiles ya en este nuevo ciclo, evapora las ideas y pensamientos opresivos y nos deja la claridad resplandeciente de un cielo más limpio en el horizonte de nuestra mente.
