Proyecciones irreales

La imaginación creadora puede ser vertiginosa en el trazado de proyectos, perfilando expectativas a la velocidad del pensamiento. En el plano de la materia las cosas van más despacio y a veces incluso se salen del plano inicial cuando las intenciones no son claras y las resistencias profundas se contraponen con el plan trazado.

Por poner un ejemplo cercano, desarrollo el propósito que anoche perfilaba en mi mente: levantarme al alba y fortalecerme con la pureza del aire al amanecer. Mientras lo planeaba ya podía yo sentir los resultados en un aumento de fuerza, salud y entusiasmo para afrontar el nuevo día.

¿Y qué pasó cuando el trazado no se cumplió en la realidad porque la inercia de las sábanas o adormecimiento en el hábito, pudo más que el impulso del despertar? Pues sucedió como si un imaginario director de mi banco energético viniera a ponerme en números rojos por un día, reclamándome el extra de fuerza motivadora que recibí como anticipo en el momento de hacer planes.

La mente se expande gloriosa en su danza creadora de proyectos. Muchos nos alzaríamos en vuelo y pasaríamos la vida ideando desde las alturas de no ser porque miles de sueños irresueltos tiran de nosotros hacia abajo, hacia el plano de lo concreto, reclamándonos su derecho a manifestarse en la realidad, por el simple hecho de haberlos deseado, de haberles dado vida en algún espacio de la mente.

Percepción de unidad

Entre las múltiples miradas que se entrecruzan en una cafetería abarrotada de gente, unos ojos se detienen en una persona ensimismada allá en un rincón del recinto.
Observan cómo ella se hace una con el rayo de sol que entra por el cristal de la ventana,
una con el calor de la taza que tocan sus manos,
una con el sabor del café,
una con el ruido de fondo en el local…

De repente, la mujer advierte que está siendo observada y sale de sí misma.
Se rompe la magia y se recompone la máscara.
La entrega al momento, el abandono a un instante de plenitud colmado en sí mismo, desaparece.
Las manos tiemblan ahora sobre la taza de café, y la espalda, antes relajada, adopta involuntariamente la postura de alerta.
La máscara se antepone al flujo en una milésima de segundo.

En las lecturas que se remontan al origen de la primera partición,
de la primera frontera entre lo externo e interno,
entre tú y yo,
pareciera que hemos de recorrer distancias y milenios y reencarnaciones y pruebas insalvables para recuperar el cielo perdido, el edén del que supuestamente fuimos expulsados.

Y, sin embargo, el retorno, la recuperación de esa percepción de unidad, acontece fuera del espacio y el tiempo, en la pausa entre respiración y respiración, en la detención de toda actividad mental.

Sentir el mundo en una milésima de segundo es un acontecimiento tan sutil que no se deja aprehender, aunque en la memoria queden algunos atisbos, así como las manos no pueden atrapar la brisa pero en ellas queda el recuerdo de su caricia.

El caso es que, pese a recordar por un breve instante el cielo que nos habita, los ojos de la otredad detonan en la mirada del yo:
el sol quema ahora,
la taza de café quedó vacía,
en el local hay demasiado ruido,
alguien me mira -¿qué pensará de mí o qué se habrá creído?…-.

Y sin que nos demos cuenta ya nos ha devorado otra vez el olvido.

La vida es la Gran Maestra

El otro día reflexionaba sobre la diferencia entre vivirse la búsqueda o vivirse el encuentro. Caminar sin un mapa o seguir las huellas de los maestros…

La vida es la Gran Maestra.
Al final todos acabamos confrontando creencias en esos tramos que marcan la trascendencia:
Soledad, miedo, muerte, desamor, incertidumbre, vulnerabilidad….

Un buscador disciplinado, un discípulo, se pone por voluntad propia en esos tramos y aprende y trasciende y sigue adelante.
La gran masa estamos entretenidos en crear un mundo de protecciones para evitarlos, pero en algún momento la vida nos pone delante del aprieto sin dejarnos opción a esquivarlo.

Aun así podemos elegir entre rendirnos a nuestra verdad, y en esa rendición renace un nuevo canto a la vida;
o rebelarnos, remarcando la frontera entre vida y muerte,
fortaleciendo el ego,
perpetuando el desamor en nuestras relaciones,
haciendo a la duda inteligente…

¿Está más cerca de la iluminación el canto a la vida o el canto a la muerte?
¿El canto a la expansión mental o el canto al vacío de la meditación?

Para mí la Búsqueda misma es el Encuentro.
La vida se nubla y llueve para que la luz resplandezca en el arco iris…

Fuerza en el latido de la vida

Expansión y Contracción en el Latido de la Vida.

Se extiende la experiencia en lo horizontal como esos matorrales sin altura ni hondura en las raíces, que saturan el espacio nutriéndose de los sustratos de la tierra.
Se concentra la vivencia en lo vertical cual si fuera un brote que, no hallando lugar o sustancia para expandirse, crece hacia dentro, hacia lo profundo, aun sin darse cuenta de que un árbol se está alzando en el anverso de su recorrido.

La capacidad de expandirme traza la curva de retorno y obedezco al movimiento de contracción.
Regreso al punto de partida desandando mis pasos, aunque ya no soy la misma que dejó las pisadas.
Lo que viví inconscientemente se me manifiesta ahora como una oportunidad de tomar conciencia, de entender profundamente.

Acepto porque entiendo.
Sí, todo es perfecto ante esa Inteligencia que no contempla desechos, que no permite cabos sueltos en el tejido de la creación.
Así lo veo y así me comprometo a resolver la maraña que me toca, desenredando los hilachos que hicieron nudos en el tejido de mi vida.

Borda el amor donde punteó el olvido.
Pisa la presencia donde anduve ausente.
Exclama el ¡Sí! donde la negación se vivió a través mío…

Y sé que es aquí, en este anclaje con el perenne latido del corazón, donde nace la fuerza que me expandirá en un nuevo recorrido, en una nueva expresión…

Un simple giro en la mirada

Lo que sostiene mi discurso es el latido consciente de un corazón que antaño palpitaba insensible y adormecido en una existencia tan corriente como la que puedan tener millones de personas. Hubo un antes, y hubo un simple giro en la mirada que generó un después. Pero no debe sonar esto a simpleza, a fácil, ya que lo simple es lo más complicado para una mente curtida en los laberintos del pensamiento. Nada tiene que ver este giro con mirar hacia otra parte…
Esquivo un rostro detrás del espejo.
Rechazo lo que me ha tocado vivir.
Justifico una falta.
Mitigo un dolor con sedantes.
Perpetúo el recuerdo en mis ojos.
Sueño el mañana con las carencias del ayer.
Culpo a mi pareja, o a mi jefe, o al gobierno, o al mundo, de mis propias contradicciones…
Mirar hacia otra parte es un autoengaño, y es también lo primero que descubre la mirada que se ha girado hacia el autodescubrimiento… Empieza entonces un proceso en el que, poco a poco, a fuerza de aceptar y transformar el error, de entenderlo, la mirada aprende a leer por debajo de lo escrito. Llega la comprensión, la lectura de mí misma en el mundo que me rodea. O, viceversa, el mundo se me manifiesta desde dónde y cómo lo miro.
Finalmente, cuando se disuelve la separación entre el mundo y yo, la mirada se hace visión. ¿Hacia dónde mirar si no hay fuera ni dentro? La percepción es ahora directa, escapa a las interpretaciones mentales que casi siempre distorsionan la lucidez de un mensaje claro y contundente. Ver, Entender y Conocer se dan al mismo tiempo, como una luz que se enciende en el centro, en un parpadeo consciente, y que a su vez atraviesa todos los niveles del ser…

Donde no llega la palabra

Se abre un abismo inescrutable ante el ser humano que vive y se manifiesta a través de las palabras -para quien los límites del lenguaje delimitan las fronteras de su realidad-, cuando se queda sin palabras para definir esos espacios indeterminados que ninguna frase puede precisar. Y, sin embargo, es en esos espacios sin forma ni concreción donde se arraigan las construcciones mentales que a su vez van perpetuándose en los trazados que pisan nuestros pies, laboran nuestras manos o perciben nuestros sentidos.

Mas, ¿qué quedaría de nosotros si de pronto se nos cayesen todas las palabras que nos definen, si se derrumbasen de golpe todas las interpretaciones mentales que tomaron cuerpo en lo concreto?

Queda el caos, la crisis dificultosa ante un paradigma que se desmorona, pero intacto queda también ese lugar innominado, cuya materia no es palpable ni pensable, donde se enraíza la consciencia de seguir viviendo a pesar de las pequeñas muertes inherentes a todo ciclo existencial… Queda el ser enmudecido en el silencio inquebrantable, así como la oportunidad de renacer bajo los escombros que cada derrumbe deja a su paso, sintiendo cómo el latido imparable de la vida renueva tus fuerzas, tu visión y tu canto…

Un canto de agradecimiento

En este encuentro de hoy empieza un nuevo capítulo donde la palabra resurge con renovado impulso.
El silencio es siempre fecundo pues genera nuevos entendimientos:
quietos y mudos primero, parecieran resistirse a nacer en la conciencia, así como debajo de la nieve se va gestando la primavera que aflorará después.
Todo sucede a su debido tiempo.

Y, como en todo comienzo, agradecer.
Doy las gracias.
Agradezco.
¿A quién?
A la vida que me ha dado tanto.
No sonará así tan bonito como lo cantaba Violeta Parra, mas si pongo el corazón en la palabra, por fuerza se ha de sentir la gracia,
las gracias que lleva consigo el agradecimiento.

Hay procesos que culminan en prosperidad, belleza, dicha, sabiduría…,
y aun a sabiendas de que hoy no puedo agradecer por la consumación de tantos dones,
doy las gracias por el proceso mismo de aprender, paso a paso, las lecciones que me van enseñando a sumar en la carencia, a pulir asperezas, a desvestirme de la dolencia, a leer la confianza inscrita en el no saber.

Hay fuerzas que culminan en talentos, creaciones, éxitos…,
mas hoy agradezco por todas las situaciones que me dejaron sin fortaleza
–que, ilusa de mí, creí en mí y no a través de mí–
para que entendiese que la humildad es la más poderosa de las potencias
cuando se ha desmoronado toda ilusión de poder.

“Yo puedo” es una ilusión mental
-susurra la humildad al oído de la arrogancia-
pues yo soy el resultado de todas mis relaciones.

Entonces, si el sentido último de relacionarse es dar contexto y realidad al Ser,
agradezco,
doy las gracias hoy,
por todas aquéllas relaciones que han configurado el ser que soy,
no como idea abstracta o ilusoria,
sino como experiencia, vivencia y alegría de compartir.

Primeros compases

Puntuales a la cita con el devenir,
nada sabemos todavía.
Son los primeros compases
de una nueva música de encuentro.

Pero algo ya suena de trasfondo:
nuestra puntualidad es que la prisa y el estrés
no existen sino como una “diversión” de la mente,
que juega a relinchar
como un caballo loco o desbocado.

Las riendas son la serenidad.

Con actitud serena,
incluso en la dinámica de los momentos agitados,
hemos aprendido a sujetar las riendas,
a encontrar la calma,
el remanso de la poesía que no tiene palabras,
que canta sin letras como las gotas
que salpican las fuentes o los arroyos,
mostrándonos esa quietud activa del
“somos-sin-morirnos-mientras-estamos-siendo”

Cuando me voy por las ramas

¡Ay, si los árboles hablaran…!

Y, sí, déjame creer que los árboles hablan,
que entablan un permanente diálogo
en sus refrescantes sombras.

Dicen en el crujir de sus ramas,
en el murmullo de sus hojas
movidas por el viento.

Quiero pensar que dialogan
con los silbidos de las aves
que en sus recovecos hacen nido.

Puedo sentir cómo nos dan su amor
transformando los fluidos del aire en oxígeno,
en aliento para la vida,
a la vez que nos regalan el perfume de sus flores
y la dulzura de sus frutos.

¡Tantas cosas innombrables que ellos dicen,
y nos hemos dicho a la sombra de un árbol!

Y, ahora que lo pienso,
¿no fueron acaso, todo cuanto dijimos tú y yo,
diálogos que por siempre han mantenido
el viento y las ramas?