La olla de parva

ADSUR Y ACISUR
organiza
III JORNADAS DE CRONISTAS E INVESTIGADORES DE LA SIERRA SUR DE JAÉN
Historia de la Alimentación en la Sierra Sur de Jaén

En los últimos años he conocido a muchas personas de diferentes geografías que quieren dejar atrás la cultura del cemento, retornando a la cultura de la tierra. He visto muchos intentos de comunidades, apuestas comunes en pueblos perdidos o abandonados, donde un grupo de personas se asienta en un espacio virgen con la intención de reinventar la evolución a la vez que sueñan cómo reinventarse a sí mismas. El libro Girasoles al amanecer que escribí y me viví hace años, habla precisamente de ello. Sin embargo, pese a lo idílicas que puedan parecer esas páginas escritas, lo cierto es que el tejido del sueño bucólico se desgasta, se rompe, en el ejercicio de la convivencia. Y también porque hay que afrontar una realidad: la tierra exige, a quien la trabaja y vive de ella, una energía diferente a la sustancia de la que están hechos los ideales. Curiosamente, todos los grandes escritores que alabaron el campo, que ensalzaron la agricultura y el pastoreo, vivían en ciudades, así que poco sabían sus plumas de la labranza, la siembra, la cosecha, la siega, la ganadería, el horneo. Y es que la voluntad, la fuerza, el conocimiento de todo lo que está relacionado con la producción del alimento, anclan sus raíces en la memoria de los pueblos y de algunos abuelos que todavía viven para contarla, como así me la han contado:

LA OLLA DE PARVA EN CASTILLO DE LOCUBÍN

A cualquiera le puede dar por pensar, cuando come un trozo de pan recién salido del horno, en todas las relaciones que han puesto su tiempo, su dedicación, su energía, para que dos sentidos, paladar y olfato, degusten en unos instantes la sustancia de tantas manos y tantos esfuerzos que la boca devora en un santiamén. Hoy en día las máquinas han sustituido a los brazos, y el combustible o la electricidad han mitigado el sudor de las frentes. Hoy las noticias del telediario acuden puntualmente a sentarse a la mesa y apenas dejan una intercesión para agradecer silenciosamente, no sólo por el pan de cada día, sino por la dedicación de tantos seres que lo han hecho posible.

El bocado de hoy puede que nos sepa más rico si apagamos la televisión y en lugar de escuchar tantas desgracias que pasan en el mundo dejamos que el pan nos cuente su historia. Para recuperar el pleno sabor de lo artesano, esta hogaza que os traigo ha querido apagar también las máquinas y la luz, encendiendo el sol en un amanecer de mitad del siglo pasado. Ya sabemos que el rocío de cada aurora no distingue de fronteras entre una comarca y otra, pero estos rayos en concreto están asomando en los campos de Castillo de Locubín –donde nació y creció esta servidora–, y hasta se podría decir que ya tocan, al son del canto de un gallo, las ramas del Olivo Grande en la Era de las Zarzas…

Pero no, todavía no podemos saludar a los parveros, porque estamos en agosto y hay que cobechar la tierra, esto es, ararla, oxigenarla y abonarla con el estiércol que las bestias acumulan en las cuadras. Antes de ponerse a esta labor, el gañán pasa por la herrería de Sanantón a dejarle una encomienda al herrero: calzar la maquinilla de la yunta, ya que las rejas están desgastadas desde la última siega.

Con la intención puesta en que los arreos del arado estén a punto para la faena que le espera, el agricultor se dirige también a recoger el ubio y el rabero que le encargara hacer al talabartero, motivo por el cual, subido al mulo, atraviesa a sus anchas la calle Alta del pueblo. Y digo a sus anchas porque no es lo mismo pasar por la Avenida de la Virgen de la Cabeza que adentrarse en los callejones del núcleo. Y es que, como declamara el poeta: las calles del centro de los pueblos son muy estrechas porque se quieren entre ellas y se buscan las aceras. Aunque, de estos versos y estos quereres, mejor no hablarle al conductor del autobús de línea, cuando maniobra con fatigas en las esquinas por donde antaño pasaban las bestias.

Pero dejemos el autobús en la estación y sigamos el rastro de esos mulos. La tierra ha sido cobechada hace meses y es el tiempo de la sementera. En una mañana ya fría de noviembre encontramos al gañán y al aparcero ayuntando a las bestias en los campos silenciosos que esperan la siembra. Vemos los arreos esparcidos en el suelo: los anterroyos donde descansa el ubio, la almohadilla para que los animales no se hagan daño, la maquinilla, los sobeos de esparto o de cuero, la bija. Todos estos bártulos han encontrado un nuevo orden en el lomo de los mulos, y ya podemos ver a los dos agricultores en plena faena; el uno guiando a las bestias que tiran del arado de palo con punta de hierro, haciendo surcos en la tierra. Por detrás pasa el compadre que, con el severo colgado al hombro va echando las semillas revueltas con abono. Una vez terminada esta labor, se gradea o alisa el terreno, y ambos miran al cielo reclamándole en silencio una lluvia fina que convierta la siembra en abundante cosecha.

Las estaciones han seguido su curso quedándose atrás el invierno y la primavera. En el mes de junio ya están las mieses reclamando la recolección, la siega y la trilla. Vemos a los segadores con sus deíles en los dedos, para que la hoz no los confunda con las espigas del trigo. Las mieses se van haciendo gavillas, juntándolas con ramales. Después se barcina; esto es, se le pone al mulo la arnarria que ha de transportar la cosecha a la era. Dependiendo de los campos donde se hace la siega, la carga es conducida a la Era de las Viñuelas, o a la Era de la Meloja. Pero ya que hemos comenzado con el Olivo Grande en la Era de las Zarzas, pues aquí mismo es donde llega por fin la recolecta de cereales.

Los parveros empalvan las mieses, esparciéndolas en el terreno, antes de que las bestias pasen por alto tirando del trillo. Las puntas que sobresalen de las dos ruedas metálicas cortan las espigas, a la vez que sostienen una tabla donde el trillador se ha subido y guía a las bestias con los cabestros. Cuando la parva ha sido trillada vuelta y vuelta, se vuelve a juntar haciendo un pez, un montón alargado que se orienta hacia el cierzo para ablentarlo. A veces los vientos son favorables y se acompasan con el viergo, ese tenedor enorme que levanta la parva, separando con facilidad el grano de la paja. Y a veces también sucede que no corre ni un soplo de aire, con lo cual, vemos a los parveros a la sombra del Olivo Grande, esperando el aliento del cielo que les ayude a ablentar. Aunque, si ya el día se ha ido por el horizonte, la esperanza está puesta en que asome la casera con la olla de parva. Ese buen puchero de garbanzos con su pelota, su morcilla, su tocino, su patata… les animará a velar el grano en esas noches de templanza que se pasan mejor con el estómago lleno.

Esa olla compartida entre los parveros, expresa una voluntad de comunión plena con la naturaleza y los compañeros de faena. Comer es la función que mejor celebra la satisfacción del trabajo hecho. En tiempos de escasez, sin embargo, corren rumores por el pueblo de que algunas morcillas llevan una cuerda atada, y salen fuera del puchero si al final de la jornada los costales no están llenos. Pero todo es cuestión de tiempo, pues el viento sopla siempre en alguna hora del día, y al final los jaspiles llegan cargados de paja a las cuadras, y los costales de grano van al molino.

Luego ya son las mujeres las que ponen las manos a la masa, después de cernir la harina con el ceazo y las paragüeras. Un rato podríamos quedarnos con ellas, al lado de la arteza, si no fuera porque el pan ya está puesto en la tabla y tapado con el mandil, a la espera de que llegue el panadero que ha de conducirlo al horno.

Y ahora que ya ha tomado cuerpo y aroma este pan que acompaña a la Olla de Parva, díganme ustedes, ¿no dan ganas de agradecer a toda esta gente, y a esta bendita tierra, por lo rica que sabe cada hogaza recién sacada del horno?

¡Mi agradecimiento a ADSUR y ACISUR por organizar estas Jornadas que me impulsaron a volver al pasado, y también al Excelentísimo Ayuntamiento de Frailes por la acogida que nos ha ofrecido!

Amalgama de textos

Recopilo en este espacio textos propios
a los que puse voz en su día,
y otros textos ajenos
por los que me sentí tocada al leerlos:
al pronunciarlos hice un poco míos
la visión y el sentir de sus autores.

«Mujer, si quieres cambiar el mundo ama a un hombre» Lauren Wilce
«Lo que llamo amor» Christiane Singer
«Declaración de los Ancianos Hopy»
«Decreto de la Diosa» (Texto atribuido a Doreen Valiente 1922-1999)
«Cuando el amor te llame…» Khalil Gibran
«Y era un cautivo beso» Luis G. Urbina
«Si yo tuviera una cita con el Amor…» Angela Castillo
«La sonrisa de un girasol» Angela Castillo
«El Arquero y la Diana» Angela Castillo
«Bienvenida Primavera» Angela Castillo
«La niña aceitunera» Angela Castillo

Saber y savia en la Palabra

Una voz quiere convertirse en palabra y decir lo que sabe, pero los guardianes de la sapiencia la tienen aprisionada entre el pecho y la garganta. Acaso se dé tal contención porque llega la idea con una afirmación rotunda que anula sin cautela todo aquello que yo sabía:
Nada sabes de lo que crees saber.

A veces se impone a esta verdad el argumento eficiente que, más allá de su elaboración, no llega sino hasta donde la experiencia llega. No logra estirarse más allá de sus límites si no hay emoción ni fuego que lo sostengan. Se rompe así, en el mismo momento de pronunciarlas, la cohesión interna de las ideas, cual si fueran frágiles bocanadas de humo que se deshace al salir de la chimenea.

Entonces llevo las frases de regreso a la piel del tambor, al canto, a la hondura del pecho, para que mis palabras beban de la fuente del sentimiento. No pasa nada si antes de alzarse al vuelo enmudecieran unos segundos en el silencio previo, ya que un renacido impulso las hace siempre danzar de nuevo.

¡Palabra que en tus altos vuelos
te enamoras de un canto y un latido!
¡Ven!
Quédate un rato en la solidez de mis ramas.
Haz tu nido de esperanza entre tantas ideas
que se balancean al son de los vientos,
para que un día cercano
canten de dicha tus sílabas.
Para que tu música colme de savia
tantas frases que han quedado
secas en el olvido…

Desatando miedos

¿Atar al perro o desatar al miedo?

En la naturaleza nada vive atado, a no ser que venga el ser humano con sus cuerdas.
Las criaturas que habitan los entornos naturales perpetúan el instinto de supervivencia, de acecho que se sabe acechado, ya que en la cadena ecológica siempre hay un acecho más grande que se cierne sobre el acechador.

El miedo es un instinto natural que al ser atado ladra con agresividad o se pone a la defensiva.
Tan irracional es el miedo como razonables son todos los intentos que ponemos en dominarlo, acorralarlo y controlarlo.

Pero estemos atentos, al acecho, para que en este ejercicio no acabemos atando la gracia de la espontaneidad, el asombro de lo imprevisible, la belleza de lo auténtico…
Para no perdernos la dicha de sentirnos libres de tantos y tantos miedos amordazados…

De calderos y pucheros

Una treintena de mujeres nos reunimos en círculo ante el Caldero Alquímico.
Cada cual puso como ingrediente personal la esencia que ha ido acumulando en ese puchero que el día a día cocina a fuego lento…

Desde la perspectiva de que la realidad de cada cual aporta los ingredientes necesarios para que la alquimia se produzca en nuestras vidas, no era necesario recorrer 500 km para poner una intención en ese caldero mágico. Sin embargo, algo ha cambiado, no soy la misma que regreso por la misma carretera que me condujo hacia el Cañón de Río Lobos, en la provincia de Soria.

El puchero de mi realidad cuenta ahora con la sustancia de esas mujeres hermanas, con la intensidad de sus risas, sus llantos, su creatividad, sus silencios, su generosidad, sus palabras… la magia de sus corazones.

Y sé que el Corazón de la Madre Tierra sintió nuestro canto y escuchó nuestro rezo, que curó nuestras heridas profundas cuando la gran cueva nos abrió sus entrañas para parirnos de nuevo como hijas de un mismo útero, como hermanas de un mismo vientre.

Y ahora sé que la varita mágica abrió la puerta a esa dimensión donde infinitos sueños tejidos con hebras de luz esperan su turno de cruzar a este lado de la realidad. Esperan desde siempre a que cada mujer abra su propia puerta (se abra de corazón) y dé forma en el reino de lo concreto a esa expresión única y original bordada desde siempre en el tejido de su ser.

El único paso

Soy un fuego, una flecha y un destino,
y soy las tres cosas al mismo tiempo.
A veces me vivo como llama encendida en el pecho,
a veces como proyección, propósito o proyecto,
a veces como culminación de una meta que le da su razón de ser al impulso primero y al recorrido.
Pero soy las tres cosas en un mismo instante.

Soñé con una montaña enorme que se alzaba como una masa densa ante mi cabeza doblada hacia atrás, atisbando sus cumbres.
El fuego de la voluntad se extinguía ante la lejanía inalcanzable de mi destino;
pesaban mis huesos como esa misma mole de piedra en cada intento por escalarla.
Pero la cima me alentaba impasible desde lo alto, diciéndome:
“solo tienes que dar un paso, el paso de ahora, el único paso…”
Sonreí a la cúspide y ya dejé de mirar hacia arriba.
Sencillamente di un paso y otro y otro.

No sabría decir a ciencia cierta cuántos pasos dieron mis pies antes de que se diera el cambio de percepción.
¡La montaña me estaba entregando su fuerza!
Yo era una misma con la montaña.
Y, sin darme cuenta, ya estaba en la cima, liviana como la cima.

Desde allí, desde las alturas, atisbé el recorrido y pude ver al fondo de la ladera a una mujer cansada con la cabeza doblada hacia atrás, mirando en mi dirección.
Desde allí le envié el mismo aliento que yo recibiera antes:
“solo tienes que dar un paso, el paso de ahora, el único paso…”
Sentí su sonrisa en mi corazón y comprendí que ella y yo éramos la misma, en un mismo instante.
Un mismo fuego, una misma flecha y un mismo destino…

Respirando en la confianza

En estos días estuve revisando el libro Semillas de un Sueño, antes de subirlo a la plataforma digital de Bubok.

Y es curioso cómo vuelvo a vivirme algunos párrafos, aunque de otra manera.
Y me parece mágico que, haciendo las correcciones sobre la pantalla del ordenador, también fui haciéndolas en mi página interna actual, ésa donde los hechos ponen de manifiesto que:
“no me sirven las llaves de ayer
para abrir la puerta de hoy.”

Corrijo ahora también:
no hay puertas que cruzar
ante una mirada que viaja a cielo abierto
y ve la luz antes de que sus rayos
toquen la faz de los días,
los relieves de lo concreto,
traspasando las madrigueras psíquicas
donde a veces se quedan atrapadas las alegrías.

Sin llaves ni puertas, respiro la esperanza que me regala la levedad del vuelo, y se renueva en mí la Confianza de que todo está bien y estará mejor, si es que tiene cabida la mejoría.

La gran pantalla del mundo

Rincones de luz y espacios oscuros…

¿Qué es la conciencia? Me preguntaba alguien hace unos días.
La luz que alumbra, respondí yo así como quien tiene la idea muy clara.

Pero el planteamiento seguía zumbando en mi cabeza, invitándome a darle más hondura a la respuesta, en definitiva a que actualizase la noción de conciencia en mí:

Una pantalla.
Un observador sentado en la butaca.
Un foco de luz detrás del observador.
La película vital pasa a través de la pantalla atrapando al observador en la trama.
Hasta aquí todo bien, disfrutemos de la película que hemos elegido y por la que hemos pagado con nuestra energía, esto es, con nuestra atención.
Mas puede suceder, y de hecho sucede, que al cristal del foco se le antepongan algunos moscardones que se proyectan como sombras inexplicables en la pantalla.
El observador reacciona ante lo que ve delante suyo.
Se asusta ante el sinsentido, bloquea la imagen sin resolverla o entra en conflicto con lo que ve, aunque todo esté sucediendo en la superficie de la pantalla.

¿Es oscura la conciencia de este observador?
No. Su foco sigue manteniendo la misma luz, sólo que a ésta se le anteponen diversos clichés que van configurando las imágenes de ahí enfrente…

La luz me ciega.
La oscuridad no me deja ver.
Es en la unión entre luz y oscuridad que surge la claridad.

Quien vive en la claridad ha aceptado luz y oscuridad como las dos caras de una misma moneda. No vive empeñado en cambiar el mundo desde la pantalla sino en mantener la transparencia de su enfoque, pese a las motas de polvo que de continuo se acumulan en la superficie de una mirada.
Quien mira desde la claridad ve desde el discernimiento, desde ese “darse cuenta” que relampaguea en la saturación de patrones contrapuestos, de interpretaciones diversas que visten y revisten la inabarcable diversidad de la vida.

Y quien siente la claridad no se dedica ya a trazar fronteras entre luz y oscuridad, entre el bien y el mal. Le es inherente al sentimiento claro sentirse lo más cercano posible al Foco del Gran Director que está proyectando su renovada creatividad en la Gran Pantalla del Mundo…

Recapitulación de la Jornada

La recapitulación es el ejercicio de transformar y entender una imagen que quedó sitiada en la memoria al no ser comprendida en ese contexto en el que fue vivida. El recuerdo asoma a este presente y, al mirarlo desde la perspectiva de un recorrido más amplio, toma sentido la vivencia, liberando así el paquete informativo que dicha imagen traía consigo, transformando la carga negativa en positiva.

Vivir la Jornada ConcienciaT ha significado una actualización de la trayectoria que me sitúa en contacto con otros recorridos, otros buscadores que a su manera y desde su expresión trabajan en la misma apuesta y dirección que yo misma tomé como destino…

“La autoestima desde el enfoque vibracional holístico”… “Armonización a través del sonido de los cuencos”… “El arte como expresión de lo sagrado”… “La espiritualidad, la profundidad del ser humano y la felicidad como parte intrínseca del mismo”… “Los últimos obstáculos para alcanzar el mundo que soñamos”… “La Inteligencia Subyacente de la Naturaleza”…

¡Cuántos ecos y resonancias en este Encuentro! No me extraña que ya desde el comienzo de la mañana los signos empezaran a manifestarse:

En un descampado, que nunca miro pese a bordearlo siempre al salir de la urbanización en la que vivo, vi a primera hora de la mañana una maravilla de girasol entre el abandono, la maleza y un cartel que anuncia la venta del solar. Imagino otras miradas enfocadas sobre el mismo espacio y sé que cada cual vería algo distinto. El constructor contemplará la posibilidad que le ofrece el cartel; el agricultor apreciará si el terreno es cultivable; el amante de los animales mirará a los gatitos que buscan su alimento; el ecologista verá los elementos reciclables esparcidos por doquier. Y lo que yo vi en esta mañana fue un girasol que le dio un sentido propio a esa imagen que a diario me era ajena.

Un hermoso girasol se hace visible en un contexto inesperado. Es fácil ver girasoles en grandes extensiones de terreno abonadas y preparadas para que el verano ofrezca una buena cosecha. Pero, por lo que sea, esta flor me tocó el corazón al salir de su contexto de normalidad, ofreciendo una pincelada diferente a la tonalidad del lugar.

Las ponencias en la Sala de Actos Robert Brillas de Esplugues fueron tan interesantes como deliciosas las conversaciones y reconocimientos que se dieron en los descansos. Yo me sentía feliz con los «Girasoles al amanecer» expuestos a la entrada de la sala, hasta que Maribel, amiga del alma y coordinadora del evento, se acercó a preguntarme si quería intervenir en el cierre de la mañana.

¡Claro! ¡Unos cantos!

La improvisada intervención de diez minutos me hizo vivir un proceso vertiginoso que no sólo concentró y actualizó en la fuerza de un canto los tres años de presentaciones del libro, sino que expuso ante mí misma y ante el público a la primeriza niña asustada (que le tiembla el micrófono en la mano y se le rompen las palabras en la garganta) para que finalmente pudiera expresarse la niña-anciana.

El canto hizo su trabajo de alineación energética, y hacia la mitad de la exposición el corazón había dejado de latir desorbitado. En el último minuto ya no queda miedo ni osadía en un pálpito que es cristalino, late acompasado, siente, se expresa, mientras la anciana-niña le canta a la vida y a la Madre Tierra algo así como: ”Amada Tonanzi, con todo mi amor, que nazca una flor en mi corazón”

El Banco de Tiempo

En la infancia percibía el tiempo como un pálpito imparable que se acompasaba con el latido de mi corazón.
Tic tac. Tic tac, pulsaba el primer reloj en mi oído y, mirando las manecillas que recorrían su circunferencia, trataba de entender los distintos ritmos en cada una de ellas. La aguja de los segundos, la de los minutos, la de las horas…

Después el tiempo salió de la circunferencia infantil y fue ensanchando sus ciclos en el calendario de los días, trimestres, años…

…Y me trajo a esta terraza, a este punto de encuentro, a este momento en el que varias décadas quedaron atrás, donde mis ojos se detienen por un instante en un reloj de colores chillones que una niña acerca a su oído. Desde su inocencia, ella está sintiendo el pálpito de cada segundo.

La imagen hace eco en mi interior. Un recuerdo se despierta y hace su recorrido a través de la memoria llegando a este presente con una percepción más completa. Algo así como si cada fracción de tiempo hubiese creado un mundo en el que existir.

¡Qué sería un segundo si no llevase en sí mismo el primer y el último instante, el primer y el último aliento, la muerte y el nacimiento!

Un minuto puede determinar un antes y un después:
El último minuto antes de que el tren arranque en un viaje de muchas horas que puede llevarte a una estación en la que los años te atrapen.
¿Faltó ese minuto y te quedaste en el antes?
O quizá te sobraba tiempo pero en el último momento te faltó el coraje de cruzar el andén y subirte al vagón.
Un minuto puede partir el mundo en dos, en lo que podría haber sido y no existe; en lo que sigue siendo y es lo que es.

También las horas se enseñorean y demarcan sus territorios.
La hora de levantarse, la de comer, la de fichar en el trabajo, la del recreo, la hora en que el mercado cierra sus puertas…
Cansinas campanean las horas programadas que se van alejando del latido inocente del tiempo, del segundo naciente, del minuto decisivo.
Aunque bien es cierto que algunas horas vienen cargadas de todo eso y ¡mucho más!…

Y lo mismo podría decir del Banco de Tiempo, que es mucho más que un cúmulo de tiempo cuyo valor es la disponibilidad e intercambio de esos recursos y potencialidades que el mismo tiempo desarrolló en cada uno de sus usuarios.
El Banco de Tiempo lleva consigo la unión de muchas personas en un mismo propósito compartido. Mas, desde aquí, desde esta terraza, desde este punto de encuentro, este momento se percibe como un tiempo de ofrendas, alegría y reencuentro.