¡Bienvenida Primavera! 2013

En los últimos meses el tiempo se me está manifestando como un proceso que ensancha o encoge los ciclos según mi capacidad de asimilar cada transformación. Observo que la medida de mis tiempos va en función de cuánto tarda en asomar la primavera, despierta y radiante, como culminación íntima de esos procesos de indagación en el retiro interno. Como si la cueva del alma fuese el único abrazo protector cuando zarandea la tempestad y no hay más refugio que el que cada cual puede darse a sí mismo.

Por eso, ¡bienvenida siempre, Primavera! Sea cual sea el momento en el que te manifiestas, ya sea como explosión de vida que se renueva o como implosión de una dicha contenida en el letargo de toda incubación.
Bienvenida eres cuando tu aliento sopla en la última fatiga, la que finalmente se rinde a lo evidente y en esa misma aceptación respira tu impulso renovador.
Siempre eres, aunque no todas las miradas vean a la vez cómo extiendes tu manto de colores y fragancias en la piel de cada invierno, como si te escondieras a ratos para coser las roturas del tejido vital desgastado por el tiempo.
Bienvenida siempre, porque cuando tú asomas y yo te siento, sé que ha merecido la pena el esfuerzo.

Me conduce la imagen a un encuentro en la Cerdanya donde se me entregaron varias prendas para coser. Acepté sin rechistar el encargo de pasarme una mañana haciendo zurcidos. Luego, sin embargo, agradecí por esa meditación con aguja y dedal, pues al mismo tiempo que punteaba a los lados deshilachados de cada roto, sentía que estaba cosiendo un desgarro en el tejido sutil. Hasta que llegué a una prenda cuya rotura era de tales dimensiones que pensé: “No merece la pena el esfuerzo” Fue decirlo y, como una lluvia imparable de retazos e inviernos, se me cayeron encima todos los “no merece la pena” acumulados en la memoria del tiempo.

Por eso eres bienvenida, Primavera, porque llegas a mostrarme tu manto primorosamente cosido, después de haberle encontrado a cada retal su sitio, a cada color sus matices y contrastes, a cada despojo su sentido. Gracias por la comprensión profunda de que no hay un contenedor donde arrojar lo que no me gusta, que nada queda fuera de mí, que todo está dentro de un mismo proceso: transformación. Pero, sobre todo, llegas para recordarme que siempre merece la pena el esfuerzo de unir en la esencia lo que el tiempo ha roto en el tejido de las relaciones.

Llegas, hoy, ahora, para regalarme este: ¡Sí! Ha merecido la alegría el desgarro y la tempestad y el proceso, porque, en el empeño de zurcir y entender y aceptar, has podido sentir cómo el amor está bordando con hilos primorosos al otro lado del tejido que vas uniendo…

«Bienvenida Primavera»

Libre como el viento

Ninguna persona me ha mirado jamás con la adoración que he visto en tus ojos, cuando, echado a mi lado en el sosiego de esos momentos en los cuales nada hay que hacer ni sitio alguno al que ir, me diste compañía…

Te vas ahora y me dejas colmada de momentos verdaderos de relación viva, de complicidad, de auténticos enfados. Me dejas también el aprendizaje de cómo ladran las emociones aun amordazadas, de cómo nos impacientamos tú y yo, atrapados entre muros de ladrillo o de creencias que nos impiden correr libres como el viento…

Libre como el viento era nuestro perro,
nuestro y de la calle que le vio crecer…
Se bebió de golpe todas las estrellas,
se marchó una noche y ya no regresó…

Es tiempo de encuentros y despedidas que entrelazan risas y lágrimas. Ayer habló la alegría de la bienvenida. Hoy habla el llanto del adiós… Soltar, soltar, soltar lo que pesa porque la esencia es lo único que permanece inmune a las leyes del tiempo…

En mí pervive tu esencia y la de todos los seres que he amado aunque sólo haya sido durante el instante que dura un abrazo.
¡Tantas vidas que atamos a la correa de nuestros controles y seguridades!
A la cuerda de nuestras percepciones.
Para finalmente descubrir la emoción que vuela libre como el viento por los cielos del corazón.

Te vas, libre como el viento, y me dejas la transmutación de emociones que ya no necesitan correas que las sujeten, porque ya son libres ante otros horizontes abiertos donde no pueden herir ni ser dañadas.

Agradezco entonces por la transformación de un sentir que se libera contigo de los nudos que lo aprisionaron, para volar en otros espacios sin las ataduras de los miedos, sin el grito de: ¡sentado! ¡calla! ¡quieto!…

Y, sí, también libre, llora el sentimiento.
Lágrimas liberadoras que no sufren ni se alegran.
Fluyen ligeras, sin correa, sin ladridos que retumben en el silencio pidiendo salida para esos espacios que fueron oprimidos.

Nos encontraremos en los sueños, Airjul.
Más allá de las nubes veré en tus ojos de fuego la mirada del amor que me sonríe en libertad.

Nota: Airjul regresó a la mañana siguiente de haberle escrito esta carta…
Más acá de las nubes sonríe ahora la alegría del reencuentro…

La genialidad creativa

Decía Mozart que el genio de la creación no es la inteligencia sino el Amor.

El amor en tu corazón es el que ofrece la genialidad creativa.

A veces la mente crea imágenes geniales desconectadas de la realidad que percibimos alrededor, como patrias en el aire que otorgan descanso a la pesadez de lo evidente. Otras veces es como si el mismo ingenio viniese a leer en situaciones triviales que, a simple vista, no tienen lecturas que ofrecer.

¿Qué puede decir un momento de sencillez y recogimiento a orillas de un río?

Descansa el cauce ligero en los recovecos estancados
para que las aguas turbias se incorporen a la corriente.
Lo explican las hojas muertas como renglones
que se deslizan lentamente
hasta que el flujo del río se las lleva consigo.
Una hoja se queda atrapada entre la espesura,
meciéndose indiferente en la quietud del atolladero.
Quizá sueña entre esas raíces con volver a ser rama
que contempla el río desde lo alto.
O tal vez se deslice corriente abajo
por este cauce coronado de paisajes conocidos,
y otros por descubrir,
imaginando el descanso en las raíces del Amor.

Retorno al Camino de Santiago

Ser en la vida romero,
romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos.
Ser en la vida romero,
sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo.
Ser en la vida romero, romero…, sólo romero.
Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,
pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,
ligero, siempre ligero.
Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo,
ni el tablado de la farsa, ni la losa de los templos
para que nunca recemos
como el sacristán los rezos,
ni como el cómico viejo
digamos los versos.
… Sensibles a todo viento
y bajo todos los cielos,
poetas, nunca cantemos
la vida de un mismo pueblo
ni la flor de un solo huerto.
Que sean todos los pueblos
y todos los huertos nuestros.


Así, como en estos versos de León Felipe, he vuelto al Camino de Santiago después de hacer otros caminos en lo concreto de la vivencia y en lo abstracto de la página.
Por eso de que no se acostumbre la mirada a perfilar el mismo paisaje, regreso como una niña con zapatos nuevos a los mismos lugares que curaron mis ampollas y hospedaron el cansancio peregrino.
Con la mochila más ligera ahora.
Con las preguntas de antaño
transformadas hoy en canto.

Ulises

De nuevo la brújula indica el norte.
Atrás queda la luz de la Costa del Sol, intensificada por el espejo de las aguas.
¡Cuánta luz transpira el mar en el vaivén de sus olas!
Dan ganas de bajarse del mundo y sus noticiarios,
de apagar el teléfono y ponerse una caracola al oído
y escuchar, escuchar, escuchar lo que cuentan las criaturas oceánicas…

De nuevo ante el océano cibernético, llega hasta mi orilla un latido que al instante reconozco como propio.
Lo firma Ulises
(La fuente http://www.selba.org/Ecoaldeas)
Aquí lo comparto tal cual, sin añadir ni quitar,
como si el mar donde se juntan todos los sentires me lo hubiera dictado a través de esa caracola que sostuve por un rato:

… Recuerdo ahora con una sonrisa que hace apenas unos años vivía agobiado bajo el estrés de una vida que parecía demandarme más compromiso del que era capaz de ofrecer; más atención, más tiempo, más dedicación que lo que mi cuerpo podía aguantar; hasta quebrar en noches de insomnio, bajo el peso de una tensión que se escapaba vidriosa por los ojos, escapando a una mirada que temía acusadora. Durante un tiempo pensé erróneamente que el estrés se debía al exceso de trabajo, a la falta de tiempo, al olvido de las pequeñas cosas en la red cautiva de las grandes ideas. ¡Demasiada dedicación, demasiada entrega! Y total, ¿para qué? me preguntaba en momentos de confusión y tristeza. ¿Para satisfacer la necesidad de un yo vanidoso en busca de reconocimiento, un yo que quiere hacerlo todo, estar al tanto de todo, y que apenas deja espacio a lo imprevisible y menos, a lo que los demás puedan aportar? Descubrí entonces que el estrés no está tan ligado al compromiso o al esfuerzo como yo pensaba, sino a un yo que no puede vivir sin controlar lo que ocurre a su alrededor. Un yo que sufre cuando las cosas no salen como espera, o cuando el tiempo se esfuma inexorable quedando en su imaginación tanto por hacer. Un yo desconfiado, frágil, temeroso de perder su identidad en el caos de las relaciones múltiples. Descubrí que, por muchas y diferentes razones, había construido un yo que buscaba la perfección en si mismo, sin darme cuenta que la perfección es una cualidad emergente del flujo de la vida, y que sólo se alcanza por tanto en el propio fluir, sin roces, sin resistencias, sin debilidades ocultas bajo máscaras arregladas para el engaño. Descubrí que podía soltarlo todo y seguir siendo yo. Un yo quizá temeroso, vulnerable, cuidadoso, confuso, pero también confiado, creativo, unido. Un yo que se nutre en una extensa red de contactos por la que circulan afectos, información, conocimientos, formada por otros tantos yoes en sí mismos pequeños, vulnerables, temerosos, y juntos confiados, creativos, fuertes y sabios. Es todo un proceso, soltar, dejar el control, confiar… y aprender a estar igualmente ahí, aportando, nutriendo la red, sin forzar ni querer imponer. Al menos, ahora, recuerdo con una sonrisa …

(¡¡¡Gracias, Ulises!!!)

Fuego y veneno

Hace muchos, muchísimos años, mucho antes de que la Naturaleza desplegase sus fuerzas en el ser humano, convivieron en una montaña de este planeta un dragón, una serpiente y un águila. La relación entre los tres seres fue armoniosa mientras cada cual ocupó su lugar sin pretender ser el otro, ni coartar la identidad ajena. Pero sucedió que un día la serpiente sintió la hartura infinita de arrastrarse sin tregua por la piel de la tierra y, contemplando un vuelo glorioso, tuvo envidia de las alas del águila.

Consciente de que el gran pájaro nunca le entregaría su vuelo, se deslizó el reptil hasta las entrañas de la montaña para buscar la fuerza que necesitaba. Allí encontró al dragón que, ni harto ni pretencioso, dormitaba en la quietud de sus dominios. Segura ante la placidez del momento, la serpiente fue suministrando grandes dosis del conocimiento acumulado en la superficie de los matorrales, hasta que despertó a la fiera del ensueño profundo.

Cuentan las criaturas del entorno que la montaña entera tembló cuando se abrieron los ojos iracundos del dragón, conscientes ahora, eso sí, de su encierro ignorante revelado por una serpiente ilustrada.

Desde las alturas del vuelo, sin embargo, los ojos del águila contemplaron dos lenguas comunicándose, una lanzaba fuego y la otra veneno. Pero el corazón del pájaro bebió únicamente de la fuerza y el conocimiento con los que trazó un nuevo signo en la página azul del cielo…

La sonrisa del corazón

Sostener la mirada del amor, para que el amor te sostenga en su mirada.

Cada interpretación refleja la nitidez o distorsión del enfoque en la mirada que percibe la imagen.

Has visto rasgos inciertos desde tus cristales empañados,
como también has podido comprobar que un ceño fruncido se convierte en sonrisa cuando tú le sonríes desde el corazón.

Sostener la sonrisa del corazón, para que el corazón te sostenga en su dicha.

En la magia de las relaciones abundan las risas.
¡Sí! las hay de todos los tonos e intensidades,
algunas son hogareñas y otras peregrinas que hacen el recorrido para asomarse a tu rostro, deslizarse por tus labios o brillar en tus ojos.

Y tú, como hospitalario de esta sonrisa que te encontró en el camino,
la acoges o la interrogas.
La sientes o la analizas.
Tú decides en cada momento si frunces el ceño ante una sonrisa que se olvidó de reír o, aligerando el gesto, la recuerdas en tu mirar.

Recordarla en tus memorias es liberar lo que estaba oprimido
permitiendo que se expanda la dicha atrapada en cada olvido…

Y así vas sosteniendo al amor en tu mirada,
mientras la sonrisa del corazón hace su recorrido
para asomarse a las cuencas de tus ojos…

En Casa Aitana, Puertollano

Hacer lo posible en cada paso
para que el Camino nos regale lo imposible…

Así es como se ha ido manifestando la Confianza en este recorrido de Encuentros que escribieron otras páginas en el aire.

Y así, en este ciclo iniciado con la primavera, fui experimentando cada uno de los trece capítulos que constituyen Los Ojos de la Noche.

El hilo mágico de las palabras y la magia de las relaciones han bordado realidades en el tejido de la realidad.

El Círculo, como Unidad de Conciencia, ya no es un desarrollo de concepciones abstractas, sino un cúmulo de momentos vividos, compartidos junto a gentes maravillosas en cuyos corazones resonó el latido del Centro.

Finalmente los extremos se unieron en su trayectoria, y lo mágico del asunto es que sucedió en Casa Aitana, Puertollano, donde pude comprobar que el final del libro, narrado con la sustancia de los sueños, es una realidad concreta que escribe sus signos (con constancia, compromiso y mucho amor) en esa página viva que cada nuevo día despliega ante sus habitantes…

Deja que suceda

Deja el pasado ir.
Deja espacio para lo nuevo que está llegando.
Déjate ser.
Deja de pensar en lo que harías “si …»
Siente la inspiración, la fuerza, el impulso de hacer en cada momento lo que el momento te está pidiendo.
Hoy lo haces así y tomas el fruto de la satisfacción.
Mañana harás cosas nuevas de distinta manera y sentirás renovarse tu creatividad.
Desviste a tus expectativas de preocupaciones y disfruta del regalo que te ofrece el día, aunque no llegue el presente con papel de regalo.
Deja por un instante de reproducir las miradas del mundo, sacudiéndote las imágenes almacenadas en tus ojos mentales, para que tu mirada naciente se transforme en un salto al vacío.
Para que la dicha de tu vuelo en libertad escriba otros signos en su trazado glorioso.
Deja que suceda…

Hojas de hierba

Hojas de hierba, Walt Whitman

Yo me celebro y yo me canto,
y todo cuanto es mío también es tuyo,
porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca.
Indolente y ocioso convido a mi alma,
me dejo estar y miro un tallo de hierba de verano.
Mi lengua, cada átomo de mi sangre, hechos con esta tierra,
con este aire, nacido aquí, de padres cuyos padres nacieron
aquí, lo mismo que sus padres…
Me aparto de las escuelas y de las sectas, las dejo atrás;
me sirvieron, no las olvido; soy puerto para el bien y para el mal,
hablo sin cuidarme de riesgos, naturaleza sin freno con elemental energía…
He oído lo que hablan los habladores,
la fábula del principio y del fin,
pero yo no hablo ni de principio ni del fin.
Nunca hubo más principio que ahora,
ni más juventud ni vejez que ahora,
ni habrá más perfección que ahora,
ni más infierno ni cielo que ahora.
Impulso, impulso, impulso,
siempre el impulso, generador del mundo…
De la penumbra surgen iguales elementos contrarios,
siempre la sustancia y el crecimiento,
siempre un tejido de identidades,
siempre lo diferente,
siempre la Vida que se engendra…
Bienvenido cada órgano de mi cuerpo y cada tributo,
y los de cualquier hombre sano y limpio,
ni una pulgada, ni una partícula de pulgada es vil,
y ninguna debe ser menos querida que las otras.
Estoy satisfecho, veo, bailo, me río y canto…
Todas las verdades aguardan en todas las cosas,
ni se apresuran ni se demoran,
no precisan el fórceps del cirujano.
Para mí lo mínimo no es menos importante que lo demás,
(¿qué puede ser mayor o menor que un roce?)
Ni la lógica ni los sermones convencen,
la humedad de la noche me penetra con más intensidad.
Una gota y un minuto me bastan para sosegar mi cerebro,
Creo que los húmedos terrones serán alguna vez amantes y
lámparas, y que el alimento de un hombre o de una mujer
es un compendio de compendios.
Y que lo que los atrae y los une es una cumbre y una flor,
y que se ramificarán infinitamente hasta saberlo todo,
y hasta que todos nos deleiten y los deleitemos a todos…