El hacedor de lluvias

Un cuento taoísta:

Era la estación de las lluvias, pero ellas no aparecían.
Los campos sufrían con la sequedad, la tierra se agrietaba, el ganado no encontraba pastos, los habitantes del pueblo invocaban a los espíritus benignos, pero el cielo seguía sin mostrar una sola nube.

Los afligidos campesinos reunidos en la plaza principal, junto con los ancianos que formaban el gobierno de la aldea, decidieron que iría una comitiva de ellos hacia otro pueblo distante donde habitaba un «hacedor de lluvias». Estaban dispuestos a traerlo como fuera, procurando conmover su corazón con la miseria que veían venir sobre ellos a causa de la sequía.

Cuando regresaron en feliz cumplimento de su misión, les dio la bienvenida una multitud entusiasta dispuesta a obedecer cualquier exigencia del «hacedor de lluvias». Éste era un anciano de aspecto humilde y tranquilo.
Sus peticiones fueron modestas: una choza para él solo, una ración diaria de arroz y de té, no ser molestado durante una semana, porque necesitaba absoluta soledad.
Así se hizo.

Al término de la semana, llovía, y llovió sin parar por tres días.
La tierra yerma absorbía con avidez la vida que le daba el agua, la gente bailaba por las calles con el rostro vuelto al cielo que por fin se había acordado de ellos.
Cuando despejó y apareció el arco iris, el anciano salió de la choza.
Todo el pueblo fue a darle las gracias, a ofrecer en retribución lo que él pidiera, y a preguntar cómo había hecho el milagro.

Muy sencillo – respondió el anciano – este pueblo no estaba en armonía con el Tao y eso perturbó el ciclo acostumbrado de las cuatro estaciones. Bastaba que un solo hombre estuviera en armonía con el Tao para que los demás se fueran armonizando, y el orden natural de las cosas se restableciera.

Un abanico loco de plumas

Tengo que agradecer a un lector que me haya invitado a descubrir a Cortázar.
La única reseña que tenía de este autor es un libro que me regalaron hace años: Historias de Cronopios y de Famas.
Por entonces todavía no se disponían mis plumas a hacer abanicos locos, o estaba demasiado ordenada mi locura para entender el mundo como ese “ladrillo de cristal” en cuya tarea de ablandar (para abrirse paso por la “masa pegajosa”) se afanó el perseguidor de lo fantástico (Cortázar) en el recorrido de esta obra.

En el paseo rápido que hago ahora por sus relatos cortos compruebo que ha tomado vida “la esperanza sedentaria que se deja viajar por las cosas y los hombres, y es como una estatua que hay que ir a ver porque ella no se molesta”.

Como una figura atrapapolvos, indiferente en el estante de los libros, ha esperado durante años esta pequeña guía para locos, dispuesta siempre (como toda creación artística) en la tarea de pasar el testigo al lector: No hay conquista de la que pueda alardear ninguna conciencia actual pues siempre hubo expedidores que se aventuraron antes en esos espacios inéditos del “otro lado” donde algunos buscadores extraviados intentan encontrarse…
ni hay soledad cuyo grito al vacío no le haya sido devuelto en el eco de una soledad más sola…
ni tampoco hay locura desnuda que no haya tejido su traje con retazos de sentido propio, impermeable y resbaladizo (a ser posible) para no quedarse adherida a la “masa pegajosa” del sentido común.

Hace tiempo que no me atrapa una lectura más de cuatro párrafos seguidos, quizá por esto mismo me ha dado tanta alegría ver desperezarse mi curiosidad en esta pequeña recopilación de relatos. Y es que hoy he podido apreciar lo que todavía no estaba preparada para “ver” hace años, cuando el libro me fue regalado.
La magia duerme en cada criatura literaria a la espera de que el lector transite la esencia de esos espacios descritos, pudiendo así despertar, acercar a “este lado” de la realidad, un paisaje latente por detrás del horizonte hacia el que dirigimos la mirada.

La “esperanza sedentaria” hace un giro mágico despertando de su indiferente quietud para viajar por las páginas cotidianas y tallar un guiño en sus ojos de estatua, una señal indicadora en el camino: Sigue adelante.
No te preocupes si dejaste detrás algo sin resolver:
una disculpa sin justificación,
dos libros sin leer,
tres propósitos sin concretar,
cuatro verdades sin conformidad,
mil preguntas sin responder…
sea lo que sea vendrá a tu encuentro en el momento oportuno, ya que todo eso camina (se transforma) aun si tú no caminas, aun por otros derroteros dormidos en tu conciencia, aun con formas distintas.

Y, finalmente, re-conocer el re-encuentro es aceptar que el trayecto puede convertir las alas del pajarillo que ayer cantaba en tu ventana en un “abanico loco de plumas” que hoy te airea el corazón y zarandea a tu risa de su reposo.

Despidiendo a un okupa en el tiempo

Desde este rincón en una esquina del viento
soplo en las plumas de un pajarillo, que
oirás cantar en algún momento,
mis mejores deseos para ti
y todas tus relaciones…

Respiras profundo mientras los dedos teclean estos renglones, como pidiéndole al aire que oxigene las palabras de despedida, las que hayan de acudir a pronunciarse en este adiós sin uvas ni campanadas todavía. Seguirán girando las estaciones y podrás mirar desde otra perspectiva lo vivido, y dará igual por dónde y cómo lo contemples en la rueda del tiempo: este año lo verás siempre como el que dio acogida a un okupa que se instaló en tu mente y con el cual has convivido en los últimos meses.

Acaso fuese más efectivo que el dulce espacio del silencio o la música callada del corazón tocasen las notas del adiós sin discurso ni creencia, y no dar voz a las palabras que durante tanto tiempo han respirado aires rancios de emociones manidas, las que no pueden sino exhalar lo re-sentido, lo repetido una y otra vez en los circuitos cerrados de una percepción que te atrapa ahí donde no hay orificios que ventilen olores añejos.

Sí, tal vez fuera más positivo enmudecer cuando las palabras no pueden renovar los aires, cuando se vuelven cansinas de trasladar siempre lo mismo. Porque si las palabras son vehículos con el poder de transportar la materia sutil de los sueños, también se hacen portadoras de esa sustancia turbia y espesa que hace los días pesados, que te deja sin fuerzas para afrontar el reto de seguir viviendo. Las palabras son potencias creadoras o destructivas, y las que van cargadas de emociones pesadas pueden ser una losa brutal allá donde caigan, sean o no pronunciadas, pues al igual que hay una música callada que resuena en otro corazón, también están los pensamientos no expresados que se convierten en okupas de la mente que los hospeda.

Pero no, el paradigma mental no ofrece hospitalidad, esto es cosa del corazón, del Hogar. La mente absorbe y se apropia y dice “esto es mío” cuando las palabras peregrinas pasan por la puerta hablando de libertad, de amor, de conocimiento; o entra en conflicto contra esas creencias que se aposentan sedentarias en tu cabeza y no armonizan con los parámetros que te identifican. “¡Esto no es mío. Aquí hay un intruso y hay que echarle fuera!”, gritan entonces tus emociones. Lo que pasa es que en esta contienda intentas desalojar tu casa de “eso” con lo que no te identificas y lo haces proyectando la acometida contra “eso” del otro lado que lo refleja. Pero al final resulta que el embate se está dando dentro de ti, en tus propias percepciones.

Tu paradigma mental está en conflicto contra ese inquilino al que abriste la puerta cuando llegó con los bolsillos llenos de oportunidades que luego resultaron falacias.

Gran batalla la de este año para expulsar lo que dices que no es tuyo, lo que adjudicas al mundo que te rodea. Pero ¿cómo desalojas las sombras que el intruso ha despertado en ti, las que han vivido en tu mente y se han nutrido de tus emociones? ¿Debajo de qué excusa te escondes si ya todas las creencias que sostuvieron la percepción de lo que eres han sido saqueadas? Todo en ti ha quedado a la intemperie, sin techos ni paredes. La cruel batalla te ha dejado sin murallas que definan lo que es tu conquista (lo que tomaste del mundo) y lo que te ha sido arrebatado porque lo entregaste sin soltarlo.

No ¡Basta! Ya no quedan fuerzas que malgastar en esta encerrona absurda.

Y así llegas a la última hoja del calendario anual y repites el ritual de uvas y campanadas renovadoras de propósitos que han de motivarte a girar otra vuelta en la rueda del tiempo. Lo que pasa es que esta noche es especial porque ahí mismo donde recibiste el año puedes respirar más profundo y decir adiós, ya sin miedos ni agravios. Por esta vez, la despedida no te deja acidez en el paladar sino el dulzor del fruto maduro en la palabra. Adiós y gracias por la dulzura en la madurez de un proceso.

Adiós y gracias por la esencia del aprendizaje que vino a traerte ese okupa cuyo nombre es Crisis.

Y lo mágico del asunto es que ha sido al darle la vuelta al inoportuno ocupante cuando le has reconocido en el giro de tantas estaciones, vestido de las circunstancias más variopintas. ¿O acaso no es también el mismo párrafo que te has vivido de tantas maneras, pero siempre del revés?: «Tu sueño no necesita paredes donde colgar cuadros con paisajes, ni techos donde pintar estrellas». Y allá donde está tu sueño, el tuyo, está tu Hogar.

Un propósito inédito quiere nacer entre las campanadas que tocan el final y el comienzo. Ojalá que las palabras peregrinas y los pensamientos inquilinos cesen de cincelar culpas en las paredes de la mente y retornen a la conciencia del Hogar.

El Hogar es un estado del ser sin muros que separen lo tuyo de lo mío, ni techos que limiten el desarrollo de lo que somos. Despertar a esta dimensión es sentimos libres de ser lo que somos ahora, y que esta libertad libere el amor oprimido en lo que no puede ser.

El Hogar es una transparencia en la percepción que nos hace ver y aceptar el mundo así como es, y no como quisiéramos que fuera.

El Hogar es nuestro espacio más sagrado, y como inquilinos de la mente nos vamos preparando para habitarlo; hasta que finalmente descubrimos que es el Hogar el que nos habita mientras no le contaminemos con la basura que captan nuestros cerebros o la que está acumulada en nuestras memorias inconscientes.

Nos relacionamos con los demás a diferentes niveles de intercambio pero nos quedamos y arraigamos y permanecemos en ese corazón donde sentimos la sensación de estar en casa, de no ser okupas saqueadores en el espacio que nos alberga.

El Hogar es una alianza a nivel sutil que no se deja atrapar ni condicionar; el contexto y formas de relación no dan garantías de Hogar, por muchas veces que nos casemos o por muy numerosa que sea nuestra familia o por muchas casas que construyamos. Y acaso sea por esto que, salvo en momentos puntuales, todos somos niños huérfanos que vamos creando un mundo de sustitutos y artificios y proyecciones que nos hagan olvidar la incertidumbre del destierro.

La añoranza del Hogar, más despierta o más latente en cada cual, es el anhelo profundo de intimidad en el acto de relacionarnos. Sentirnos en casa en el corazón de otro ser, albergar al corazón que nos alberga, porque esa sensación compartida nos recuerda el cuidado esencial de una madre, la protección inherente al padre, la complicidad y reconocimiento y apoyo en la hermandad…

Recuerdas en esta despedida el dulce espacio del silencio.
La música callada del amor danza libremente en tu respiración.
Empieza otro giro en la rueda del tiempo
y esta vez ya no estás fuera
sino dentro del corazón de la casa,
de la familia,
de la comunidad,
del universo…

Y sonríe la última campanada en el Hogar
que te recibe y acoge y da la bienvenida
a las puertas de un corazón
que te está llamando desde adentro…

Pintando mandalas

Un día me puse a recapitular sobre el primer recuerdo del sentimiento de amor que podía rescatar al tejido memorial, así que fui tirando del hilo hasta encontrar esa primera impronta grabada en mi alma.
Sucedió cuando tenía unos tres años y jugaba con otras niñas del barrio: a eso del anochecer vi asomar a mi padre por la esquina de la calle y eché a correr pendiente abajo a buscarle.
Él me aupó en sus hombros hasta casa.
En ese tramo quedó grabada para siempre la sensación de avanzar hacia el amor y sentirme aupada por la dicha, segura en los hombros del mundo.

Agradezco infinitamente a Teresa Costa por invitarme a retomar los pinceles en este fin de semana colmado de nuevas lecturas y colores, nuevas expresiones sobre el mismo tema de siempre: El Amor. El anhelo profundo de sentirnos seguras y acompañadas en el cambio y el movimiento, en el proceso de transformación que ha de convertirnos en hombros firmes para nuevos brotes de dicha e inocencia que surgen después de la tormenta; de sentir la alegría de una niña que corre a recibirme calle adentro, mientras asoma el amor por la esquina del lienzo.

El anhelo profundo de confiar en el otro,
de que tu más íntima inocencia se sienta a salvo en sus hombros,
a la vez que oyes su risa o sus lágrimas confiadas en los tuyos.

El anhelo profundo de sentirnos amadas así como somos,
con nuestros trazados más definidos y aquéllos más borrosos.

Un anhelo que no es sino el llamado de la dicha más honda
que sostiene a la inocencia confiada en tus hombros, Amor,
para que las manos de una niña tracen círculos en el lienzo del tiempo,
y pinten con colores un mapa de retorno a casa
que Tú dejaste grabado como una impronta en mi alma.

¡¡¡Gracias, niñas, por tantos colores que habéis pintado en mi corazón este fin de semana!!!

Si quieres cambiar el mundo…

Texto de Lauren Wilce

Mujer,
si quieres cambiar el mundo, ama a un hombre,
realmente ámalo.

Ama al hombre cuya alma llame a la tuya con claridad,
al hombre que te ve,
al que tiene suficiente coraje como para mostrar su miedo.

Acepta su mano y guíala suavemente hacia el fondo de tu corazón,
donde él pueda sentir tu calidez y descansar
y quemar su pesada carga en tu fuego.

Míralo a los ojos y encuentra a sus padres y abuelos,
y esas guerras donde sus espíritus lucharon
en tierras lejanas, en tiempos remotos.
Encuentra sus dolores y peleas y culpas,
sin juicio, y déjalo todo ir, suéltalo.

Siente su carga ancestral.
Lo que busca es un refugio seguro en ti.
Déjalo derretirse en su firme mirada,
sabiendo que no necesitas despejar esa furia,
porque tienes útero, una puerta profunda y dulce
para lavar y renovar las viejas heridas.

Si quieres cambiar el mundo, ama a un hombre,
realmente ámalo.

Siéntate delante de él en la plena majestuosidad
de tu feminidad, en el aliento de tu vulnerabilidad,
en el juego de tu infantil inocencia,
en las profundidades de tu muerte,
e invítalo a florecer, suavemente entregada.
Y permite que su poder masculino de un paso hacia ti
para nadar juntos en el útero de la tierra
en silencioso saber.

Y, cuando se retire,
porque lo hará escapando asustado a su cueva,
reúne a tus abuelas en torno a ti, envueltas en sabiduría,
y escucha sus tiernos susurros,
calmando tu asustado corazón infantil.
Invitándote a la quietud.
Y espera pacientemente su retorno.
Siéntate y canta junto a su puerta
una canción de remembranza,
de que puede calmarse una vez más.

Si quieres cambiar el mundo, ama un hombre,
realmente ámalo.

No engañes a su pequeño niño con astucias
y artimañas y seducción y fórmulas mágicas,
sólo para dejarlo atrapado en una red destructiva de caos.
Eso no es femenino, es venganza.
Es el veneno del linaje corrupto,
del abuso de las eras,
de la violación de nuestro mundo…
Eso no le da poder a la mujer,
sino que la reduce mientras lo castra y nos mata a todos.
Y si su madre no lo pudo sostener,
muéstrale una verdadera mujer y ahora dale sostén
y guíalo con tu gracia y profundidad,
ardiendo en el centro mismo de la Tierra.

No lo castigues por sus heridas
que no responden a tus necesidades o criterios.
Llora dulces ríos por él
y lleva toda esa sangre de regreso a casa.

Si quieres cambiar el mundo, ama a un hombre,
realmente ámalo.

Ámalo hasta desnudarte y sentirte libre.
Ámalo hasta abrir tu cuerpo y espíritu
al ciclo de nacimiento y muerte.
Y agradécele la oportunidad mientras danzáis juntos
a través de los vientos y bosques silenciosos.
Sé tan valiente como para ser frágil
y déjalo beber de los suaves
y embriagadores pétalos de tu ser…

Déjale saber que puede sostenerte, pararse y protegerte.
Déjate caer en sus brazos, confiando que puede tomarte,
aún si te han dejado caer miles de veces antes.
Enséñale a rendirse, rindiéndote.
Y únete al dulce vacío del corazón del mundo.

Si quieres cambiar el mundo, ama a un hombre,
realmente ámalo.

Anímalo, nútrelo, permítele, escúchalo,
dale sostén, dale sanación
y tú a cambio serás nutrida, sostenida y protegida.
Sé brazos fuertes y pensamientos claros y flechas apuntadas,
porque él puede, si lo dejas,
ser todo lo que sueñas.

Si quieres amar a un hombre, ámate a ti misma.

Ama a tu padre, a tu hermano, a tu hijo, a tu ex pareja.
Ama desde el niño a quien has besado
por primera vez hasta el último por quien has llorado.
Agradece los regalos de tu camino,
hasta éste que tienes frente a ti ahora,
y encuentra en él la semilla
de todo lo que es nuevo y solar.
Una semilla que juntos podéis plantar
y nutrir en el cultivo de un nuevo mundo.

MUJER, SI QUIERES CAMBIAR EL MUNDO, AMA A UN HOMBRE

Madre Naturaleza

La vida se entrega a sí misma en la misma vida
para que sigamos alimentándonos de vida.

Esto se ve en todas las criaturas que asoman y se transforman en la piel de la Madre Naturaleza: cuanto más conectadas están con su esencia más buscan el alimento vivo que las nutra de vida; no acechan lo que ya está muerto y, si algunas lo hacen, es porque son carroñeras.

La vida se alimenta de la vida, pero acostumbras cada día a nutrirte de materia inerte, de tiempos caducados, de un devenir gestado en la indiferencia, en el miedo o en la huida del presente.

Está muerta la vela que ha consumido toda su mecha y, de nuevo a oscuras, te enfadas con la cera derretida o agradeces por la luz que alumbró lo que no estaba visible en ti.
Está muerto el pasado y la vida pone nuevas velas en el camino, nuevas señales, nuevas relaciones.

Lo que te vives en tu cueva oscura es una oportunidad única de agradecer por un espacio que nunca existió y ahora está vivo en tu consciencia.
Agradecimiento por la claridad que nace de ti cuando se apaga el resplandor en tus ojos, cuando entiendes que la luz de la vela consumida en el pasado sigue encendida en tu mirada presente y alumbra ahora el rostro de un nuevo paisaje.
Gratitud al recordar cómo el latido de la vida sustenta la forma de un sueño que se gesta en las entrañas de la materia y resuena en tu propio vientre.

¡Siente, siente el pálpito de la Madre!
Siente el amor infinito que te sigue gestando en un tiempo sin tiempo, en un espacio sin fin.

La vida es una piedra inerte y dormida si no la nutres de un sueño que asoma y se transforma en ti…

Metamorfosis

Era un cautivo beso enamorado,
de una mano de nieve, que tenía
la apariencia de un lirio desmayado
y el palpitar de un ave en la agonía.
Y sucedió que un día,
aquella mano suave
de palidez de cirio,
de languidez de lirio,
de palpitar de ave,
se acercó tanto a la prisión del beso,
que ya no pudo más el pobre preso
y se escapó; mas, con voluble giro,
huyó la mano hasta el confín lejano,
y el beso que volaba tras la mano,
rompiendo el aire, se volvió suspiro.

Metamorfosis – Luis G. Urbina

Luis G. Urbina lo llama Metamorfosis en este poema donde describe a un beso cautivo enamorado de una mano que se cree libre, aunque al final acaba huyendo.

En mi poemario particular ha supuesto la transformación que hizo la mano (lo personal) para acercarse lo suficiente a ese espacio intangible al que no se le da reconocimiento, ni aceptación, ni expresión (el beso).

La metamorfosis de un prisionero beso en suspiro liberado.
La transformación, en aliento esencial, de todo eso que quedó olvidado, ajeno, oprimido…

A veces se manifiesta el amor entre lo uno sintiente ahí dentro
y lo otro visible ahí fuera;
amor hacia lo ajeno que no siempre acepta el todo en la otredad.

Otras veces no encuentras nada ahí fuera que despierte tu sentir, y miras adentro.
Con ojos de asombro ves la infinita paciencia con que el amor va reconciliando en ti un espacio y otro; descubres entonces un sentimiento prístino que ya no puede rechazar nada, pues ahí dentro nada queda fuera del sí mismo.

Y es ahora, mientras declamo el poema de Luis G. Urbina, cuando se me hace visible el amor entre un verso y otro;
entre una imagen –el beso o el amor–
y otra –la mano o la persona.

El poema es lo otro que ahora siento y acepto en la totalidad de sus estrofas.
Las imágenes son dos espacios en mí que ya no se rehuyen.
Se están amando desde siempre.

«Y era un cautivo beso…»

Regalos de la voluntad

Después de superar resistencias localizadas en un despertador que no escuché a las 6 de la mañana,
en la lluvia resbalándose por el cristal donde asomaba un domingo plomizo
y en los kilómetros de desplazamiento hasta La Seu d´Urgell, donde se ha celebrado la Fira Consciencia`t,
finalmente activé el ¡Sí! que días atrás lanzara como una flecha para estar ahí donde tanto me estaba costando llegar…

Y ¡Sí! llegué, y agradecí a lo largo de la jornada por tantos encuentros entrañables que se dieron en la comunicación, a veces verbal, a veces en un cruce de miradas que florecen en sonrisas al encontrarse…
Y es que sucede que a veces nos paramos a buscarnos y otras nos despedimos en la fugacidad del segundo que nos permite reconocernos.
Y no hay más que decir porque dos silencios se han hablado y dos miradas se han visto.

Y sucede también que a veces viene la voluntad acompañada de regalo tangible, un libro peregrino que una sonrisa pone en mis manos…

Ahí siento la magia de los símbolos, pues me veo peregrinando de aquí para allá con mis criaturas literarias y, al abrir este libro peregrino, leo sus arrugas en mi piel y las notas garabateadas de los márgenes hacen eco en mi discurso interno, mientras los subrayados acentúan esa idea original que algunas veces se me borra en el trazado de los días.

Esa voz que me dice desde adentro del corazón, y desde el párrafo de un libro que ha recorrido incontables kilómetros para llegar a mi puerto:
Tus resistencias conservan lo que tienes, pero ¡mira! mira cuántos regalos te ofrece la voluntad, el ¡Sí! que sostienes en cada paso ante lo impredecible…

Punto de Equilibrio Garraf

Después de tantos desplazamientos como “peregrina” que ha seguido las flechas del corazón, los signos invitan ahora a detenerse un rato en este “albergue” situado en pleno Parque Natural del Garraf, Barcelona. A pocos kilómetros del Monasterio Budista, a unos minutos de Sitges, en un entorno de silencio, paz y armonía.

Han sido semanas de dejar a un lado las abstracciones mentales y trabajar en lo concreto, de airear espacios cerrados, de despertar olvidos… un proceso que paralelamente se ha ido dando en mi interior. Y ahora que ya todo exhala esa presencia de entrega, de propósito, de afán por cuidar los espacios que me acogen, ya puedo decirte: ¡ven!

Ven cuando quieras o puedas.
Ven si necesitas bajarte un rato del mundo, pues aquí puedes aunar las fuerzas, la visión y el equilibrio que necesitas para seguir sosteniendo tu mundo particular.

*

Por debajo de lo que somos

Hacemos una escalera hacia nuestros cielos.
Subiendo sobre ti,
y tú sobre mí,
escalamos nuestras cimas.
¿En qué momento se hacen falsos los peldaños?
Resbaladizos.
¿En qué mirarnos, se quiebran y resbalamos?
La fractura.
Nos rompemos cuando el impulso de elevarnos juntos,
de crecer en el nosotros,
por encima de ti y de mí,
se detiene y acomoda un palmo más arriba del otro,
Y desde ahí caemos y caemos,
muy por debajo de lo que somos…