Paz

En cada ausencia está un pasado
de horas ausentes,
pero ahora estoy presente
en el transcurrir de la vida.
Soy presente en esta paz
que descorre sin chirridos
el velo de cada día.

La página blanca

Me acerco a la página blanca
cual si ésta fuese un puente entre lo subjetivo y lo objetivo,
entre el hemisferio cerebral derecho y el izquierdo,
entre los patrones de la realidad y el tejido de los sueños…

Me acerco como exploradora de lo latente,
de lo que no está definido en mi campo de conciencia.

En la medida en que la mirada se afina,
la visión es clara y aclara allá donde mira.

A medida que se acallan los rumores del saber,
voy estableciendo una relación viva, auténtica y honesta
con la Voz del Ser.

Cosechas de papel

Ayer vi en la sucursal del banco a un funcionario estresado, poniendo en una caja fuerte muchos fajos de papel.

Luego pasé por una librería y vi papel y papel encuadernado, colmando escaparates y estanterías.

Después, caminando por el centro, vi a un muchacho fatigado con una mochila cargada de folletos que entregaba a los viandantes.

Finalmente, en un paraje natural, vi las ramas de los árboles danzando con el viento del atardecer; ajenos viven éstos a nuestras cosechas e intercambios de papel.
Y por un instante, el rumor de las hojas me regaló las palabras precisas y preciosas que mi alma necesitaba leer …

La faz de España

Yo no quiero escribir más cuentos, abuelos poetas,
ni trazar renglones que opriman el pensamiento
siguiendo una trama repetida en el tiempo,
ni cifrar signos difusos sobre el silencio blanco
que guarda en sus entrañas memorias del futuro.
Y tampoco quiero remarcar la colosal arruga
de esa faz querida que se escapa del marco
buscando su canción entre los recuerdos dudosos
de tantas vivencias sobre la piel de estas tierras.

Yo quiero ser nieta de vuestros versos, abuelos.
Y si no me alcanzasen las palabras para hacer
una España así como antaño soñaran vuestras
plumas, los colores de Julio Romero de Torres
pueden alcanzarme para pintar un rostro
a esta patria teñida tantas veces ya de tantos
contrastes, de arreglos y desarreglos, siempre
hecha y siempre inacabada, siempre perfecta
y siempre por hacer en el devenir detenido
y a la vez imparable de las cambiantes estaciones.

¡Ay, abuelos, poetas! Yo aspiro pintar con palabras
la luz que hace visible el perfil de un rostro cuyos
ojos recuerdo en un mar interminable de olivos
y de anhelos inagotables por mirar detrás del horizonte;
de unos labios que en la infancia me besaron
dejando en la piel de la inocencia el olor del roble,
de la encina y del junco, cual aliento fresco que fue
dando forma con paciencia infinita a esta tierra arcillosa.
Pintar de azul los versos para que ese trozo de cielo
donde bebieron vuestros sueños, abuelos poetas,
sea el marco de un espejo donde sonríe la faz de España.

Poema seleccionado para la Antología de Vivencias convocada por Orola Ediciones. El tema monográfico del concurso fue “FACER ESPAÑAS”, un concepto con el cual se pretende resaltar y dar testimonio de lo que nos une a la comunidad hispanohablante. Nuestros anhelos y preocupaciones, nuestras diferencias, entendidas como riqueza y diversidad, y también nuestras miserias y flaquezas, para poner toda nuestra energía en superarlas.

El canto de ambos

Sus cantos son el mismo canto
pero ambos cantan a libertades distintas.

El uno vuela libre sobre el bosque del mundo. Le interesan todos sus recovecos, formas y habitantes. Todo ello da cuerpo a su amplitud de miras, y quizá por esto mismo desiste él de atraparse en el espacio que abarca una simple mirada, pues no hay rincón en el bosque donde quepa todo el bosque. Su naturaleza es visionar desde las alturas. No puede echar raíces en el terreno porque sus ojos piden visión y su expansión quiere vuelo.

La otra camina a su antojo en los límites del bosque, sin dejar que la frondosidad de éste atrape su atención. Mientras el viento sigue silbando los murmullos del mundo, ella peregrina sin rumbo sobre el desierto colindante y desconocido, buscando en el silencio de las arenas, cual si éstas fueran una página blanca donde escriben los pasos.

Se dirige ella hacia un oasis que ha vislumbrado a lo lejos, pero a veces se equivoca de norte y despierta su sueño en la espesura y el ruido.
Otras veces consigue alejarse lo suficiente…
Silencio…
Ahí nace un nuevo canto y, como una niña con zapatos recién estrenados, se lo ofrenda a las criaturas del bosque.

Sus cantos son el mismo canto…
pero nacen de distintos espacios.

El oteador ha visto a la peregrina allá donde no alcanzan los ojos del mundo.
Se hacen amigos.
¡Es tan difícil encontrar amigos en el cielo y en el desierto!

– ¿Adónde vas, caperucita?
– Al Oasis de mis sueños. ¿Vienes conmigo?
– ¡Claro! Contigo sí, porque si has llegado hasta aquí es que eres confiable.
– No sé si soy confiable, pero yo confío.
– ¿Y cómo es ese oasis?
– Todavía no tiene palabras.
– Pues te dejo las mías, que yo sé de gestión y sostenibilidad.
– ¡Qué bien! Encontré a alguien que puede definir mi Oasis –canta feliz la peregrina.

El oteador se pone manos a la obra y conjuga los elementos que conoce del bosque, que son casi todos como corresponde a todo buen avistador. Recursos humanos, subvenciones, relieves geográficos, plan de trabajo….

Entre tanto, van dialogando entre ellos para conocerse mejor.
Emergen otras conexiones en la comunicación: espirales, números, ejes, energía, vibración…
Así se viven y alimentan el cuento, hasta que el hilo narrador se rompe con la voz del realismo:
– Utopías, espejismos -dice el águila desde las alturas-. No tiene sentido un oasis entre la floresta, ni es posible plantarlo en una nube. ¿Cómo injertamos una parcela de bosque en el desierto?

– En realidad, no es cuestión de cielo o bosque o desierto –responde la peregrina– El Oasis no está en una geografía, sino en la dimensión que esta relación puede aportarnos.

El vuelo de él ensancha el horizonte de la otra.
En el sueño de ella echa raíces el anhelo del otro.

Desde la unión aceptan ambos sus particularidades, dejando cada vez más espacio a lo latente, a lo que empieza a tomar forma en la timidez de un balbuceo. Nace así una expresión inédita e inocente, ajena al pasado de él y de ella. Un nuevo canto emerge en cada presente que los hace presentes, entonando una libertad inédita que ahora es definida por ambos.

Publicado en la revista La Tregua

Poderosa humildad

En el comienzo éramos alas de mariposa
que, en nuestro sobrevolar por el mundo,
despertábamos el aroma de los pétalos de las flores.

Transcurrió un suspiro en el tiempo
y, en el hoy, somos avenidas de resonancia y poemas,
viento y bocas mojadas que en nuestras palabras
y silencios damos el aliento a la vida.

Muchos fueron los corazones que quisieron
ser soplo sobre las olas
y no aire estancado en las horas.
Sólo unos pocos lo consiguieron,
los más ligeros, los más humildes,
aquéllos capaces de seguir el ritmo de las estrellas
en cada pisada.

Esta noche me he pensado como una diminuta piedra,
desde cuya cima podría verse el mundo
como un mar oscuro de suaves movimientos.
Las estrellas me parecieron flores
de un jardín sin ritmo, flotante.

Fue entonces que las alas del viento
rozaron a un segundo con la fragancia de lo eterno.

Umbrales

¿Crees que has perdido el control
por abrir donde decidiste cerrar?

Piensas que te has desprotegido por traspasar una puerta sellada o un puente vetado.

Dices que lo haces por amor pero, en el fondo, sabes que el amor en ti no necesita puertas ni puentes para expandirse.

Y sabes también que es lo que llevas puesto en ti lo que encuentras al otro lado del umbral.

Quise consolar y descubrí que era yo quien necesitaba el consuelo.
Vine a explicar mis motivos y escuché otros argumentos.
No vi tu amor porque oculté el mío.

Todo es tan sencillo como esto: veo lo que muestro.

Descubro un corazón al otro lado de la puerta
cuando traspaso mis umbrales con el corazón puesto…

Imaginación liberadora

“Había una vez un peregrino que en su trayectoria por esos mundos encontró a tres picadores. Saludó al primero preguntándole qué hacía y éste le respondió en forma de queja:
– ¿Qué hago? Machacarme la espalda durante horas, día tras día, llueva, truene o abrase el sol. Destrozando mi vida así como se rompen estas piedras.
El peregrino se acercó al segundo picador y le hizo la misma pregunta:
– ¿Qué hago? – respondió el aludido con voz cargada de realismo – ¿Acaso no es evidente que estoy picando piedras?
Y, por último, con la misma pregunta, el caminante abordó al tercer picador, el cual alzó sus ojos soñadores hacia las alturas, como si pudiera ver en el aire formas ajenas a la mirada común:
– ¿Qué hago? – respondió con una sonrisa cómplice – estoy construyendo una catedral.”

Personalmente he respondido como estos picadores en distintas etapas de mi vida. Ante las evidentes preguntas que desata el dolor, el miedo o el sinsentido, me he quejado; también he sido realista y conozco de la resignación; pero, cuando veo mi particular “catedral” asomando entre un nubarrón y otro, siento que cada circunstancia cincela una capacidad de adaptación, a la vez que cada imaginación construye su propia libertad…

Certezas que ya no alumbran

Los espacios se saturan de cosas que pintan sombras en los rincones.

No me sirve la información del día en los espacios de la mente que viven su noche.

No quiero más información, ni más sombras que la sombra fresquita de un gran árbol en una tarde de verano.

Que venga y entre la luz en estos habitáculos de mi mente.

Y reclamo la claridad peleándome con los muros de mis percepciones, intentando romper el molde, la estructura que le da identidad a la confusión.

Acaso, en lugar de quedarme aquí a discutir con las penumbras, lo mejor sería salir fuera y nutrirme de la luz de la luna, la luz de las estrellas, la luz de una luciérnaga…

Pero ahí, al otro lado de los tabiques de esta percepción, está el frío, está el riesgo, está la desnudez, y está el miedo a lo desconocido.

Entonces ¿cómo cuestionar una estructura, un paradigma, una forma, sin antes superar los motivos que a ésta me adhieren?

¡Ay, noche!
Cuántas cosas ocultan tus velos estrellados,
cuántos decires sin decir guiñas
en la profundidad insondable de tu misterio…
Eres noche y eres océano donde se baña la mirada
trazando a oscuras los perfiles indecisos de un pálpito,
de un renacer, de un nuevo sentido que emerge
mientras dejo caer tantas y tantas certezas
que ya no me alumbran…

Conexión a tierra

¿Perderse en la vorágine de acontecimientos externos
o encontrarse en el silencio del mundo acallado,
en la soledad de quien bucea en sus profundidades?

Dos formas contrapuestas de trazar a la vida la particular expresión, y ambas incompletas mientras se anulen entre sí…

Trato de unir los opuestos, y a veces los veo abrazarse en cada intento de cerrar un círculo, de completar un recorrido de reconciliación: la circunstancia externa me viste a su imagen y semejanza, mientras que el llamado interno me reclama en el mismo desgarro de los ropajes adquiridos.

La superación es un viaje hacia las raíces, que son las mismas para todos y en todos los tiempos.

Sólo desde la conexión con la tierra nutricia
se puede crecer hacia lo alto, expandirse,
recuperando la savia perdida
para no ser rama muerta en el Árbol de la Vida.

Y ahí, en ese punto de conexión, encuentro la más profunda y elevada expresión: una sencilla sencillez en la vorágine de contrastes que ofrece el día …