Páginas vivas

Después de leer tantas páginas, y de escribir otras cuantas,
llega un momento en el cual empiezas a leer en la vivencia,
y es ésta la que va entretejiendo tu propia novela,
y los límites de tu realidad ya no son las fronteras de tu comprensión,
sino que confías en un paisaje que, aun difuminado,
va tomando forma en los rincones inexplorados del ser,
allí donde no alcanza el entendimiento pero anida tu sentir más hondo.
Es entonces cuando las páginas del libro que ahora escribes
ya no son de papel, sino de aire fresco en el ocaso,
de mentes abiertas a la luz renovada que asoma por el horizonte,
de corazones que le cantan su verdad al día y a la noche…

Reflexiones en blanco y negro

Entre la página blanca del futuro, y el pasado que ya escribió sus signos, publico cada día palabras horneadas en otros tiempos y circunstancias; creaciones que saben a pasado, que huelen a añejo en el banquete virtual de tantas y tantas delicatessen que circulan por estos lares cibernéticos.

Ante tanta infinidad de estímulos para deleite del paladar mental, y de todos los paladares, la mirada filtra ésos que saben a repetido, a lo que ya fue y se fue. Mas, quizá porque sigo amando esas palabras creadas en otros tiempos, noto muchas veces cómo exhalan su magia cuando leo en ellas que he crecido, y también cuando las miro tan crecidas y tan lejanas de mí.

No sé en qué fechas la palabra detuvo su recorrido en la página blanca, pero lo cierto es que se paró en seco inesperadamente, o acaso por algún tropiezo se dejara caer en una esquina del documento Word. De lo que sí estoy segura es que, esta mudez repentina, sin negro y sin tinta, sucedió al mismo tiempo en que la mirada dejó de crear trazados primorosos en el reverso del blanco, o en el envés del sinsentido. Y digo primorosos, porque el primor, el cuidado, la delicadeza, el gozo, son presencias que engalanan el acto de compartir con los demás.

Entonces, ya que esta medianoche se me ha nominado con un corazón de tinta, amaso una delicadeza en el acto de reconocerme y reconocer.

Reconocerme que no he dejado de escribir, pues siempre mantengo una conversación interminable e íntima conmigo misma;
lo que he dejado es de compartir esta intimidad.
Y reconocer que, aunque la tinta no se gasta, ni la página blanca se acaba ni se esconden las palabras, a veces se ausentan (no se sabe por cuánto tiempo) esas presencias que engalanan el acto de compartir.

Reconocerme y reconocer que, si no le encuentro el primor a la vivencia que te voy a contar, prefiero guardar un primoroso silencio…

Aprendo a ser puente

Me quedé a medio camino de ninguna parte. Ningún leñador quiso convertirme en fuego que calentase su hogar. Ninguna sombra ha refrescado el sudor de las gentes en las calurosas tardes del verano. Ningún fruto ha brotado en el borde de mis ramas que endulzara el paladar de bocas sedientas.

No recuerdo en qué momento la tierra empezó a resquebrajarse bajo mi tronco y la mitad de mis raíces quedaron desprotegidas a la intemperie. Nunca he medido el tiempo así como lo miden las gentes que habitan estos parajes, dejando la huella de sus ilusiones inscrita en la piel de mi tronco. Para mí el tiempo es un giro repetitivo que me fue estirando en cada vuelta. Las estaciones me han vestido y me han desnudado.

Y, sí, a veces envidié a esos pies peregrinos que huellan otros caminos perdiéndose en el horizonte, pero me consolaba saber que, aunque nunca pude desplazarme en la extensión de estas tierras, he conquistado el horizonte desde las alturas a medida que mis ramas fueron ganándole espacios al aire.

El murmullo del río estuvo ahí desde siempre, manso en los días en que el viento se adormecía en los rincones del bosque, cantarín cuando una brisilla se desperezaba en las mañanas primaverales, tempestuoso en los grises inviernos. Creí que el río era mi amigo hasta que un día vi desbordarse sus aguas subiendo en embestidas sobre mi tronco. Abrazo torrencial que se llevó consigo la tierra que sostenía mi estabilidad.

Mi caída fue lenta. Sencillamente dejaron mis ramas de estirarse hacia las alturas y respondieron a la atracción que el suelo ejercía sobre ellas. Finalmente, mi tronco no pudo sostener por más tiempo la verticalidad. Sólo recuerdo el estruendo de la caída que me dejó viviendo entre dos orillas. Sin embargo, y ahora que lo pienso, me doy cuenta que estoy a medio camino de todas las partes, si acepto mi nueva condición de puente…

Palabras pretenciosas

Acaso en mi obra sean las palabras demasiado pretenciosas en su intento de señalar la unidad -que a su vez señala tantas roturas en lo fronterizo de la experiencia-. Y es que a veces la distancia que nos separa puede convertirse en un abismo que produce vértigo,
o un simple hueco imposible de colmar,
o una grieta que nos provoca el desgarro…

Alguna vez es la insatisfacción que despierta,
o el letargo de la satisfacción acostumbrada.

¿Son demasiado osadas las palabras al saltar, colmar o unir?
Quizá parezcan utópicas al situar las imágenes por encima de los procesos,
teniendo en cuenta que no hallé la forma de eludir mis propios procesos,
culminen éstos, o no,
en la belleza de dos lados contrapuestos que se abrazan.

Pretenden algo, sin duda, las palabras que eliminan abismos, sobrevolándolos,
cosen fisuras en lo sutil,
colman el hueco con el intento.

Luego cada cual experimenta su proceso vital,
pero las palabras siguen en el aire,
se respiran,
alientan,
y algunas nos recuerdan, cuando estamos muy lejos,
que no hay distancia donde todo está unido,
ni hay nada que alcanzar porque todo
-el otro también-
está aquí, en ti …

Poemas del día a día

Hay poemas resplandecientes y otros cansados, poemas largos, poemas con polvo… Todos ellos me enseñan paisajes de la vida, relieves del ser.

En el levante traza el sol una estrofa de radiante esperanza, y luego una sombra escribe su línea con letras de melancolía por el horizonte de un ocaso.

Los nublos dejan caer una rima de lluvia y el viento responde levantando nubes de polvo en palabras secas que quieren mojarse.

A veces el día es una poesía demasiado larga que nos deja sin aliento para saborear el último verso o el primer beso.

Hay poemas a destiempo, poemas tristes, poemas con un grito en su trazo cadencioso… Todos ellos me enseñan paisajes de la vida, relieves del ser, panoramas del día a día.

Un cuento de color esperanza

Las emociones se identifican con el elemento agua.
En las Aguas de la Conciencia Colectiva, una mano invisible lanza una piedra con una emoción cualquiera (pongamos por ejemplo el miedo), generando una onda expansiva que crece y crece a medida que más conciencias individuales resuenan con el miedo y se suman a esa ondulación.

En esas mismas Aguas se desliza ahora una pluma, del color de la Esperanza y con la forma de un cuento, que bien podría generar su propia onda expansiva, aunque una pluma no pese tanto como una piedra:

“En aquellos tiempos donde todas las voces parecían encontrarse y alzar su propia voz, los seres humanos vivían rápido y pensaban con impaciente lentitud.

Eran los días propicios para el giro de un nuevo ciclo por explorar y descubrir, de un periodo inédito en el que la humanidad sellaría la paz como escenario imprescindible para el cumplimiento de su soberanía y esplendor.

¿Paz? ¿Dónde? Eran las preguntas incontestables de una tierra consumida por el miedo, el desamor, la avaricia… Y, sin embargo, las respuestas se iban gestando en un nuevo paradigma que, imperceptible aún para la gran mayoría, alentaba el surgimiento de posibilidades posibles, de potencialidades poderosas, en un escenario de superación sobre tantas inercias revestidas de normalidad.

Las respuestas nacían en mentes apenas escuchadas que fueron uniéndose en un único destino.

En la gestación de aquella nueva biografía del porvenir, surgió una primera chispa de ese fuego vital que daría un nuevo camino a la esperanza humana.

Era inevitable que la agónica y quejosa repetición de ultratumba se abriese por fin a la luz, como una crisálida se abre al delicado vuelo en la metamorfosis que la convierte en mariposa.

Nacía pues la esperada voz de la esperanza, asomando en el naciente de un nuevo mundo. Y era la misma voz que pedía el acceso libre a la vida, despegando los labios por primera vez para compartir sus primeros sonidos de presencia y libertad.

Una humanidad nueva amanecía entre las sombras de la noche. Se apagaban los ecos pasados del naufragio de tantas humanidades incumplidas, mientras el presente daba la bienvenida a una llamada ancestral, como un latido en la profundidad de cada criatura, en la esencia salvaje y universal de todos los seres nacidos para la gran aventura de vivir.

En el delicado hilo de la luz y del tiempo, la materia viva de aquellos días encontró su refugio entre la realidad de lo visible y la no menos realidad de lo invisible.

Era el tiempo de una gran alianza entre las mentes creadoras de un nuevo porvenir.
El crecimiento de nuestra humanidad había llegado a su masa crítica.
La humanidad emergía de cada incursión, inocente y limpia de mentiras, con resplandecientes chispas de vida en cada conquista de paz, regresando victoriosa a la importancia de aquello que es verdaderamente importante, comenzando por la propia vida.

En aquellos tiempos donde todo se resquebrajaba, sucedió el atrevimiento de lo nunca vivido (o de lo vivido solamente en ideales pero no en actos), dando fuerza a un recuerdo inédito que nos permitió regresar a nuestra propia soberanía, a nuestra más genuina Naturaleza, desde la profundidad y misterio de todas las historias olvidadas.

Fue Recuerdo de lo que siempre hemos estado destinados a ser.
La historia increada de nuestra Humanidad…”

Un ¡basta! que nos proteja

¿Se trata de unirnos a través del miedo que se nos está inyectando mediáticamente y con tantas medidas de protección impuestas,
o se trata de unirnos a través del Amor hacia la vida, reclamando el derecho a nuestra libertad?

Sinceramente siento que ya estamos todos dentro de este inmenso “microondas” que, desde niveles que no podemos controlar individualmente, controla nuestras mentes y nos lleva al caos de creer que el asunto está en aislarnos de lo que sucede. Siento que estamos desprotegidos de quienes supuestamente nos protegen.

Observo que este gran momento habla de nuestro nivel de domesticación a través del miedo y, a la vez, también está despertando el instinto más salvaje de muchas humanidades.

Salvaje, no en el sentido de arrasar ni asaltar, sino en el sentido de recordar que esta «selva humana» tiene espacio para todas las criaturas y todas las formas que la Naturaleza expresa.

Salvaje en cuanto a que ninguna especie de la cadena biológica atenta contra la vida de otros seres vivos si no es por alimentarse o defenderse.

Salvaje en cuanto a que cada criatura desarrolla su propio instinto de supervivencia ante las amenazas que siempre están al acecho.

Recuperamos nuestro instinto más salvaje, en el contexto de actualidad que nos actualiza, quienes intentamos salvarnos de la gran tela de araña que la manipulación ha tejido en nuestras mentes con hilos de supuesta protección.

Salvajes son quienes se salvan a sí mismos;
salvajes quienes despertamos de la hipnosis colectiva que teledirige a la humanidad hacia un mundo en el que, para seguir habitándolo, se necesita un nivel muy alto de olvido de nuestra naturaleza esencial.

Y no es que yo quiera ni pueda salvar a nadie de ese destino enfermizo y agonizante, pero sé que mi voluntad está unida a las voluntades que apuestan por la vida, destejiendo, desde la investigación verdadera, la tela de araña que nos atrapa en el aislamiento de «las distancias de seguridad».

También sé que cada cual está en su proceso personal, atendiendo a su particular momento, o que no le ha nacido de más adentro del olvido el grito salvaje que dice:
¡BASTA!

Es tiempo de crear un lugar puro y protegido dentro de uno mismo, pues no habrá lugares seguros para la salud si ya hasta el aire que respiramos está contaminado de ondas insalubres que alteran nuestro equilibrio físico y mental.

Es por tanto este grito mío una exclamación del más puro instinto de supervivencia y, sin pretensión alguna de afrentar a nadie, valga el intento de templar con la palabra el fuego rebelde, si logra un solo «despertar» de esta pesadilla colectiva.

Importa el viaje

No importa la soledad o el desapego en esta indiferencia por cuanto me rodea.
No importa que los oídos se cierren, desatentos.
Importa la grandeza del viaje y la aventura de quien, en la quietud de su paz, escucha el ritmo de sus pasos componiendo una música que suena por dentro, mientras se respira el silencio.

Cuando se camina una considerable distancia hasta el campo deshabitado de personajes y de tu persona, cuando se recorre a oscuras un largo camino que no tiene señaladas las orillas, entonces ya sólo importa lo que es Real.

Porque entonces,
si a solas en ti,
al borde de un inmenso océano,
haces incursiones en el agua,
las preocupaciones desaparecen
y todos los asuntos quedan en su justo lugar…

Sintonía con lo Real

Me da por meditar con la libertad, en estos meses en los que se va estrechando cada vez más el cerco de libertad de elegir, cuando la incertidumbre ocupa el espacio de la libre elección de aquello que era posible vivirse. Pensar en el término libertad no ensancha ningún límite, pero me da por pensar en ello, aunque sólo sea por sentirme yo, mismamente, libre por dentro.
Libertad es una de las palabras más mencionadas de mi diccionario personal. Pensando ahora con esta palabra, y con otras también primordiales que fueron marcando mis señas de identidad, veo que las palabras, al igual que las herramientas, se usan y se desgastan con su propio uso.
Las palabras fueron partes de un trayecto vital. Han sido instrumentos para hacer un camino personal y, en este transcurso, si es que nos lo hemos vivido, llegamos a una percepción que ya no necesita esos moldes de palabras, o también se podría decir que pasamos de ser usuarios, repetidores y difundidores de palabras, a ser creadores de nuestras propias palabras.
Sigo usando las palabras para tomar consciencia de tanta perplejidad en los asuntos de la vida. Pero sé que las palabras renuevan sus significados cuando vienen con la corriente vital de cuanto está sucediendo, ni antes ni después. Cuando es, si es, la armonía es completa, total, entre la vivencia y las palabras que toman nota de la vivencia.
Libertad es una de esas palabras que siempre se escapa, en la vivencia, del diccionario de las definiciones.
La libertad en su sentido esencial, definible en sensaciones o definible en experiencias, sale del diccionario de las palabras, se escapa del discurso abstracto de cualquier interpretación o ideal o ilusión sobre la realidad de sentirnos libres.
Pude leer “libertad” en los libros que sostuve en mis manos de niña y que teóricamente debían ampliar mi horizonte de visión, mi curiosidad por conocer, comprender, saber del mundo en el que habito y de mí misma, de mi verdadera naturaleza (al menos teóricamente). Pude también leer “libertad” en aquellos libros de más adulta que sostuve en mis manos afanadas en la faena; esos libros que ningún ministerio eligió para mi desarrollo, y que tal vez ellos mismos me eligieron para comunicarme tantas definiciones posibles e imposibles de la libertad, invitándome siempre a pensar de lleno en cómo hacer un camino de sentirme libre. Pude emocionarme al leer y escuchar “libertad” en poetas que entregaron el alma en sus poemas como única arma ante el atropello opresor de toda dictadura.
Echando la mirada hacia atrás, no sé cuándo pude ver los ojos de la libertad, desde el intelecto, por primera vez. Pero la vivencia de la libertad (o de la falta de ella), no me era desconocida. No necesitaba que vinieran los libros a hablarme de la libertad. Yo sabía, aunque no supiera definirla, por experiencia directa, qué es y qué no es la libertad.
Y ¿qué es y qué no es la libertad?
Como palabra, como forma y significado, la libertad es una invención puramente humana. La civilización expone su doctrina y su didáctica de qué es y qué no es la libertad, y la presenta como un cuento infantil contado para mentes que nunca deben crecer y convertirse en librepensadores, en seres completos, conscientes, con capacidad de tomar sus propias decisiones de vida.
Pero la libertad es un fenómeno real, de la realidad, de cuánto de reales somos. Antes de que viniese nuestra ciencia y verbalizase o escribiera esta palabra y sus significados, la libertad ya existía.
Veo a la libertad como puedo ver la evidencia del día que es día o de la noche que es noche. La evidencia de que la salud es salud y la enfermedad es enfermedad. Evidencias que las personas vamos viviendo.
La evidencia de la libertad es anterior a lo que escriba cualquier científico, cualquier filósofo, cualquier legislador. Es la evidencia de la libertad que se visibiliza cuando las miradas están receptivas y despejadas de obstáculos para ver esa libertad. Si la mirada se limita, también queda limitado el marco y el contenido del paisaje. Una libertad con ribetes, bordes, fronteras, es como una libertad para ser colgada de un cuadro, recordada como algo que fue una vez y que dejó de ser para convertirse en algo decorativo.
La libertad es evidencia. Es la evidencia de un universo infinitamente infinito, en el cual experimentamos nuestra indivisa individualidad; nuestra libertad compartida con el aire, el agua, la tierra, el fuego, los vegetales, los animales, los demás seres que componen nuestra humanidad. Un universo de espacio y de tiempo incógnitos sosteniendo a universos nacientes que van haciéndose experiencia y conocimiento, paso a paso, en cada camino particular e intransferible.
Es la evidencia de la libertad que se respira en todo aquello que es real, auténticamente libre. La libertad de las células. La libertad de la sangre, la libertad de los latidos del corazón, la libertad de todos los maravillosos fenómenos que se desarrollan en el transcurso de la vida, desde aquellos que se producen en nosotros mismos, en el interior de nuestros cuerpos, como de aquellos que se producen en grandes espacios: las mareas, los vientos, las fases de la luna o las auroras boreales.
La libertad es. No necesita de significados, doctrinas, leyes ni estatutos. ¿Y su razón de ser o no ser? Allá cada cual con sus adhesiones y rechazos. Yo sé que las mejores cosas que me han sucedido en la vida acontecieron libremente, sin un porqué establecido. Reconozco entonces que, por mucho empeño que ponga en comprender el sentido de cuanto sucede en estos tiempos, el universo, de tan amplia magnitud y libertad, va haciendo también su propio camino, libremente. Y nada ni nadie está fuera de esa Magnitud, ni siquiera quienes se creen con poder de modificar a su antojo las leyes de la Naturaleza.
Si la libertad es real, ha de ser un estado de sintonía con todo cuanto es real y no un producto de las interpretaciones y artificios de mentes manipuladoras que crean realidades artificiales.
En estos tiempos en los cuales suena tanto el término confinamiento, me da por meditar con la libertad; me siento libre por dentro cuando estoy en sintonía con lo real.