Aquellas cartas…

Es una actividad cualquiera
pero no cualquiera escribe cartas.

En el cualquiera de las cosas sin objeto,
sin ubicar y sin tiempo,
que transcurren por capricho natural,
porque la noche está insomne
o simplemente porque las esferas giran despacio…
en ese cualquiera que es por nada
y que es por todo,
las cartas fabrican una magia
que vale por miles de emoticonos prefabricados.

Es la mágica consonancia de las palabras
que van y que vienen,
en un avanzar con regreso,
por pura devolución,
o por afán inocente de no hacerse cenizas a un lado,
si del otro brotaron como verdades incandescentes.

Son esas voces cualesquiera,
silentes para el oído y melódicas para el alma,
que nacen en una página sin propósito definido,
atemporales,
y que luego crecen por capricho natural
en la complicidad que las abraza.

Pero no, nunca fueron ni son cualesquiera
las cosas dichas, conocidas o recónditas,
si fueron engendradas en presente y presencia
por el sentir del silencio,
con el latido del corazón en la Palabra.