A lo largo del intenso verano, el día fue menguando en su giro incesante hasta equipararse con la noche que, en la misma medida, ha ido alargando su velo estrellado sobre nuestros sueños.
Luz y oscuridad convergen ahora en un punto equidistante.
Equilibrio de los opuestos que vivimos por un día y ante el cual muchos pueblos siguen encendiendo el fuego sagrado,
poniendo al Abuelo un rezo de trasmutación:
para la Madre Tierra,
para el ser humano,
para la vida misma…
Agradecimiento por los frutos de las estaciones vividas y apertura a los cambios que la nueva estación trae consigo.
Mas, como arriba es igual que abajo y adentro es igual que afuera, la ceremonia también es vivida en el interior de cada participante que ha puesto ahí su corazón.
El Fuego del Espíritu aviva en nosotros el continuo flujo de renovación, enciende la voluntad que impulsa nuevos propósitos para una nueva estación, funde todos aquellos elementos que nos sirvieron ayer para avanzar, pero inútiles ya en este nuevo ciclo, evapora las ideas y pensamientos opresivos y nos deja la claridad resplandeciente de un cielo más limpio en el horizonte de nuestra mente.
