Más adentro del cuenco de cuarzo o el tambor
hay un sonido,
y más adentro del sonido
hay un latido que nace y a la vez resuena
en diferentes espacios de la conciencia individual o colectiva.
Más adentro de las culturas, geografías
y tradiciones en que se manifiesta un pueblo
hay una Inteligencia que equilibra, perpetúa y transforma
la sustancia energética de la que están hechas todas las cosas,
y lo hace desde más adentro de la forma.
Más adentro de los “ropajes” que nos visten en el día a día,
y con los que se ha identificado nuestra persona, cultura o espacio,
hay un corazón que vibra con el mantra y con el ícaro,
con la música de las esferas y el estruendo de la tormenta,
porque reconoce el sonido de lo auténtico
y sólo la verdad le despierta y regenera…
Y más adentro de ese corazón hay una Mirada que ve y entiende,
y desde ese saber directo cohesiona los fragmentos de la realidad
que se quedaron atrapados en sí mismos,
ajenos al latido que sustenta todas las “verdades”…
El círculo que une los extremos y polaridades
es tan complejo para la mente humana como sencillo para el corazón:
para mirar desde más adentro,
uno tiene que ver lo de más allá
-lo otro, al otro-,
en alguna forma de sí mismo…
