De nuevo la brújula indica el norte.
Atrás queda la luz de la Costa del Sol, intensificada por el espejo de las aguas.
¡Cuánta luz transpira el mar en el vaivén de sus olas!
Dan ganas de bajarse del mundo y sus noticiarios,
de apagar el teléfono y ponerse una caracola al oído
y escuchar, escuchar, escuchar lo que cuentan las criaturas oceánicas…
De nuevo ante el océano cibernético, llega hasta mi orilla un latido que al instante reconozco como propio.
Lo firma Ulises
(La fuente http://www.selba.org/Ecoaldeas)
Aquí lo comparto tal cual, sin añadir ni quitar,
como si el mar donde se juntan todos los sentires me lo hubiera dictado a través de esa caracola que sostuve por un rato:
… Recuerdo ahora con una sonrisa que hace apenas unos años vivía agobiado bajo el estrés de una vida que parecía demandarme más compromiso del que era capaz de ofrecer; más atención, más tiempo, más dedicación que lo que mi cuerpo podía aguantar; hasta quebrar en noches de insomnio, bajo el peso de una tensión que se escapaba vidriosa por los ojos, escapando a una mirada que temía acusadora. Durante un tiempo pensé erróneamente que el estrés se debía al exceso de trabajo, a la falta de tiempo, al olvido de las pequeñas cosas en la red cautiva de las grandes ideas. ¡Demasiada dedicación, demasiada entrega! Y total, ¿para qué? me preguntaba en momentos de confusión y tristeza. ¿Para satisfacer la necesidad de un yo vanidoso en busca de reconocimiento, un yo que quiere hacerlo todo, estar al tanto de todo, y que apenas deja espacio a lo imprevisible y menos, a lo que los demás puedan aportar? Descubrí entonces que el estrés no está tan ligado al compromiso o al esfuerzo como yo pensaba, sino a un yo que no puede vivir sin controlar lo que ocurre a su alrededor. Un yo que sufre cuando las cosas no salen como espera, o cuando el tiempo se esfuma inexorable quedando en su imaginación tanto por hacer. Un yo desconfiado, frágil, temeroso de perder su identidad en el caos de las relaciones múltiples. Descubrí que, por muchas y diferentes razones, había construido un yo que buscaba la perfección en si mismo, sin darme cuenta que la perfección es una cualidad emergente del flujo de la vida, y que sólo se alcanza por tanto en el propio fluir, sin roces, sin resistencias, sin debilidades ocultas bajo máscaras arregladas para el engaño. Descubrí que podía soltarlo todo y seguir siendo yo. Un yo quizá temeroso, vulnerable, cuidadoso, confuso, pero también confiado, creativo, unido. Un yo que se nutre en una extensa red de contactos por la que circulan afectos, información, conocimientos, formada por otros tantos yoes en sí mismos pequeños, vulnerables, temerosos, y juntos confiados, creativos, fuertes y sabios. Es todo un proceso, soltar, dejar el control, confiar… y aprender a estar igualmente ahí, aportando, nutriendo la red, sin forzar ni querer imponer. Al menos, ahora, recuerdo con una sonrisa …
(¡¡¡Gracias, Ulises!!!)
