Al borde de cada segundo

Gran compañero, confidente, amigo…
Mi gran maestro, mi Gran Amor…
Tu canto silbará por siempre en mi corazón…
¡Hasta siempre, Domingo!

Si las más grandes tristezas cayeran como las hojas de otoño, el pelo de otoño, la piel de otoño, sin raíces, secas, mustias, para nunca más levantarse del suelo ni levantar cabeza…

Si los ojos más ciegos supieran nada más que del resplandor del mediodía, y las piernas más ágiles vieran que no existen montañas enormes por su peso, sino por la cojera de andar a trechos, como ebrios sin rumbo…

Si al llegar el verano, el mar aún te pareciera lejano, y aún desearas la más extensa llanura donde bailar extendiendo el vuelo de tu palabra y, por desearlo, recordaras que la orquesta toca de constante una melodía de aventuras y de dioses…

Y si al caer la noche, el próximo invierno, supieras que la nieve nunca puede hollar en la piel de tus zapatos, pero tampoco apartar ni ocultar las huellas de tus pasos…

Y así que pase el invierno y todos se hayan ido, y la luna quede sola, a solas y sin nombres… si nada más que tú recordases mi aliento.

Y si al sentir de nuevas primaveras, al resguardo de cualquier sentimiento insensato, nacieran nuevas raíces, tallos y hojas para ser llevadas una vez más por el viento…

Los años dirían, los datos dirían que nunca pasó nada, si la lluvia, con un enjambre de gotas furiosas, borrase de la memoria nuestra historia.

Y si en la penumbra del último invierno dijeras tú que no estuve yo, mentirías.

Porque en la última gota de rocío, en la penúltima flor, en la antepenúltima línea escrita al borde del precipicio, allí contuve y detengo la respiración para no delatarme.

Porque en cada latido, al borde de cada segundo, la eternidad nos sigue esperando.