El hacedor de lluvias

Un cuento taoísta:

Era la estación de las lluvias, pero ellas no aparecían.
Los campos sufrían con la sequedad, la tierra se agrietaba, el ganado no encontraba pastos, los habitantes del pueblo invocaban a los espíritus benignos, pero el cielo seguía sin mostrar una sola nube.

Los afligidos campesinos reunidos en la plaza principal, junto con los ancianos que formaban el gobierno de la aldea, decidieron que iría una comitiva de ellos hacia otro pueblo distante donde habitaba un «hacedor de lluvias». Estaban dispuestos a traerlo como fuera, procurando conmover su corazón con la miseria que veían venir sobre ellos a causa de la sequía.

Cuando regresaron en feliz cumplimento de su misión, les dio la bienvenida una multitud entusiasta dispuesta a obedecer cualquier exigencia del «hacedor de lluvias». Éste era un anciano de aspecto humilde y tranquilo.
Sus peticiones fueron modestas: una choza para él solo, una ración diaria de arroz y de té, no ser molestado durante una semana, porque necesitaba absoluta soledad.
Así se hizo.

Al término de la semana, llovía, y llovió sin parar por tres días.
La tierra yerma absorbía con avidez la vida que le daba el agua, la gente bailaba por las calles con el rostro vuelto al cielo que por fin se había acordado de ellos.
Cuando despejó y apareció el arco iris, el anciano salió de la choza.
Todo el pueblo fue a darle las gracias, a ofrecer en retribución lo que él pidiera, y a preguntar cómo había hecho el milagro.

Muy sencillo – respondió el anciano – este pueblo no estaba en armonía con el Tao y eso perturbó el ciclo acostumbrado de las cuatro estaciones. Bastaba que un solo hombre estuviera en armonía con el Tao para que los demás se fueran armonizando, y el orden natural de las cosas se restableciera.