Busco en este tramo del camino un punto de cohesión entre dos espacios de la realidad que parecen rehuirse entre sí: La realidad percibida por los sentidos externos y la realidad percibida por los sentidos internos.
He conocido a muchas personas, yo misma, que vivimos en un lado de la percepción excluyéndonos del otro.
El presente no excluye, no se sostiene en negaciones, su afirmación es Presencia.
En el flujo del amor siempre hay espacio para acoger a lo otro, al otro. Así se va ensanchando el sentimiento y así se van rompiendo los límites de las creencias que nos mantienen restringidos en el marco de lo definido.
Hace rato que me he rendido ante el Misterio.
Esta rendición, en mi caso, significa que no puedo atrapar ni controlar el potencial de lo indefinido.
Sólo puedo abrirme a su flujo y permitir que poco a poco sea éste el que me vaya moldeando en sus designios.
Al fin y al cabo, todo cuanto oigo y creo saber son ropajes que me coloca el mundo y el tiempo que se viven en mí, y optar a ser vestida por el Gran Misterio es atreverse a ir desnudándose de toda creencia, e ir comprendiendo que el mismo acto de desapego lleva consigo un tejido de inocencia.
Entonces, no es que haya nadie al otro lado para arroparme con un nuevo atuendo, sino que en cada instante en el que experimento una transformación, y soy consciente de ello, la Presencia se me manifiesta como ese punto de conexión entre esos dos espacios de la realidad que siempre se están rehuyendo…
