Una voz quiere convertirse en palabra y decir lo que sabe, pero los guardianes de la sapiencia la tienen aprisionada entre el pecho y la garganta. Acaso se dé tal contención porque llega la idea con una afirmación rotunda que anula sin cautela todo aquello que yo sabía:
Nada sabes de lo que crees saber.
A veces se impone a esta verdad el argumento eficiente que, más allá de su elaboración, no llega sino hasta donde la experiencia llega. No logra estirarse más allá de sus límites si no hay emoción ni fuego que lo sostengan. Se rompe así, en el mismo momento de pronunciarlas, la cohesión interna de las ideas, cual si fueran frágiles bocanadas de humo que se deshace al salir de la chimenea.
Entonces llevo las frases de regreso a la piel del tambor, al canto, a la hondura del pecho, para que mis palabras beban de la fuente del sentimiento. No pasa nada si antes de alzarse al vuelo enmudecieran unos segundos en el silencio previo, ya que un renacido impulso las hace siempre danzar de nuevo.
¡Palabra que en tus altos vuelos
te enamoras de un canto y un latido!
¡Ven!
Quédate un rato en la solidez de mis ramas.
Haz tu nido de esperanza entre tantas ideas
que se balancean al son de los vientos,
para que un día cercano
canten de dicha tus sílabas.
Para que tu música colme de savia
tantas frases que han quedado
secas en el olvido…
