El instante en que una mirada se hace visión puede durar un segundo, una vida o una eternidad, ya que no es el tiempo el que lo mide sino la sostenibilidad.
¿Durante cuánto tiempo puedes atisbar el mundo sin una idea preconcebida, sin emociones que te alteren, sin un motivo, sin palabras, sin nada a lo que agarrarte?
Y sin embargo, es en el borde de ese precipicio, entre las estructuras consolidadas y el abismo del vacío, donde nace la mirada, tu mirada.
Es al borde de las ramas del gran árbol de la vida –allá donde las hojas tiemblan entre dos elementos, tierra y aire– donde se gesta el fruto que completa un ciclo existencial.
Entonces, siguiendo con la metáfora, toda mirada es incompleta si se adormece en la raíz, en el tronco o en las ramas -esto es, en lo fragmentado-, y se consuma cuando emerge la visión como fruto que contiene en sí mismo la esencia de todo un recorrido.
El fruto de un árbol alcanza su madurez y dulzor entre dos universos.
La mirada se hace visión cuando se atreve a enfocar al otro lado,
allí donde parece que no hay nada…
