Cuando nos conectamos con espacios que se desarrollan acompasados con su propia naturaleza,
algo en nosotros mismos tiende a la armonía y la autenticidad;
un nuevo orden más natural y propio acontece en nuestro ser.
Algo se ordena y florece en nuestro interior
cuando escuchamos la canción de un río
o el trino mañanero de un pájaro,
o sentimos en nuestra imperturbabilidad la quietud de un árbol.
Entonces una voz profunda aflora en el pensamiento,
como impulsada por esa música que siempre sonó en lo más hondo
pero que nunca tuvimos tiempo de pararnos a escuchar.
Entonces uno quiere quedarse quieto, como el árbol,
y colmarse de esa nueva mirada que perfila,
aunque sólo sea por un instante,
paisajes vivos que se sobreponen
a la cansina rutina dibujada en nuestros ojos…
