La mirada que se hace visión

El instante en que una mirada se hace visión puede durar un segundo, una vida o una eternidad, ya que no es el tiempo el que lo mide sino la sostenibilidad.

¿Durante cuánto tiempo puedes atisbar el mundo sin una idea preconcebida, sin emociones que te alteren, sin un motivo, sin palabras, sin nada a lo que agarrarte?

Y sin embargo, es en el borde de ese precipicio, entre las estructuras consolidadas y el abismo del vacío, donde nace la mirada, tu mirada.

Es al borde de las ramas del gran árbol de la vida –allá donde las hojas tiemblan entre dos elementos, tierra y aire– donde se gesta el fruto que completa un ciclo existencial.

Entonces, siguiendo con la metáfora, toda mirada es incompleta si se adormece en la raíz, en el tronco o en las ramas -esto es, en lo fragmentado-, y se consuma cuando emerge la visión como fruto que contiene en sí mismo la esencia de todo un recorrido.

El fruto de un árbol alcanza su madurez y dulzor entre dos universos.
La mirada se hace visión cuando se atreve a enfocar al otro lado,
allí donde parece que no hay nada…

Un cuento y una moraleja

Postrado a la vera del camino, esperaba que pasara alguien caritativo que me lanzara una moneda. De pronto vi venir un cortejo que rodeaba a una carroza tirada por seis caballos. Pensé: Un gran señor se ha dignado cruzar por esta aldea. Es posible que me deje caer una generosa limosna.
Esperé anhelante mientras la carroza se detuvo enfrente mío. De ella descendió un personaje ricamente ataviado, al que supliqué: ¡Señor, una moneda!… Pero, para mi desconcierto, el gran señor extendió su mano y me preguntó: “¿Tienes algo para darme?”. ¡A mí, al mísero, él le pedía! No podía creerlo, pero seguía delante de mí con la mano tendida…
Vacilando, hurgué en mi raída bolsa, en busca de algo que pudiera dar, algo pequeño que no mermara mis tan escasas pertenencias. Encontré un grano de trigo, que coloqué en esa mano insistente. El me dijo: “¡Gracias!”. Subió a su carroza y se marchó.
En la noche, al llegar a mi albergue, vacié en el suelo el contenido de mi bolsa, buscando algún mendrugo que pudiera servirme de cena y, entre los desechos recolectados, había un grano de trigo de oro. Sollocé amargamente:
¡Señor, debí habértelo dado todo!
Rabindranath Tagore

El Hotel Oasis en Córdoba fue el escenario andalusí donde la solidaridad, vestida de elegancia, se sentó a las mesas previamente decoradas con creativas huellas. El llamado al evento bien podría haber sido: “Cena con nosotros esta noche, para que otros puedan comer”. Mas no sólo de pan vive el hombre y los asuntos culinarios nunca rascan más de lo necesario el bolsillo de quienes tenemos satisfecho el estómago. Así que el reclamo se lanzó como una flecha hacia otro órgano. “Cuando el amor toca tu corazón”. Y, SÍ, nos sentimos tocados por la amenidad, poesía, música, cantos y anécdotas compartidas de los presentes, pero, ante todo, por la cruda realidad de los ausentes, en cuyo favor fuimos convocados.
Según el Diccionario de la Real Academia, solidaridad significa adhesión circunstancial a la causa o empresa de otros. De otra fuente menos académica y más humana aprendí otro enfoque: SOL y DAR y DAD. Depende de cada cual cómo se vive este asunto, si académica o humanamente. A mi parecer la primera acepción se desmorona en el desglose de su propio significado, haciendo de la ayuda una pálida sombra de la incondicionalidad; en la segunda ya brilla el sol y se acerca más a ese amor que nos adhiere al otro, a lo otro, sin límites ni causas, en toda circunstancia.
La solidaridad sin corazón apenas atenúa el grito callado de quienes digieren nuestras migajas. ¡No es justo!, braman las entrañas en lo profundo. El Amor oye el grito y sabe que no es de otro sino suyo; atiende y ayuda y da, pero sin dejar deuda pues, en esencia, no es a otro más que a sí mismo a quien ampara. En su adhesión sin límites el Amor crea universos con las migajas del mundo.