Misterio de inocencia

Hay recuerdos imborrables en mi niñez que se anteponen, así como la hierba aflora infatigable entre las grietas del cemento, a capas y capas de vivencias acumuladas en la memoria. La escarcha que cubría el olivar en los invernales fines de semana, el almendro vestido de blanco para recibir a la primavera, el olor a tierra mojada tras la tormenta veraniega, las hojas de otoño caídas en la vereda que conducía al colegio…

Misterio de inocencia y sencillez el que se percibía en una flor, en un paisaje, en el transcurrir de los ciclos escolares.

También recuerdo el olor de los libros de texto desparramados sin orden ni concierto en la mesa de estudio, y el tacto de aquéllos otros que apilaba como un tesoro en la estantería de mi habitación. En mi mente adolescente la literatura abrió una ventana a la que, sin que nadie me lo impusiera, quise asomarme para aprender a mirar otros paisajes, a oír otros pensamientos, a imaginar otras historias. Fueron esas lecturas las que entretejieron sueños de un mundo mejor y el interrogante de cómo soñarme a mí misma para ocupar un lugar en él. Ansias por conocer y conocerme. Dudas. Y también certezas que después hube de conjugar en el tejido de mi propia existencia…

En términos de Sanación

Pensar en términos de Sanación
es empezar a quitarse velos,
despojarse de mil máscaras que nos ponemos
en el repetido carnaval del año entero;
es recuperar la condición de inocencia y plenitud
que miles de años de adiestramiento
y “educación” del pensamiento
han atrofiado, debilitado o anulado…

Hablar en términos de Sanación
es recuperar el silencio previo al lenguaje,
hasta que la palabra se nos revele nuevamente
como medicina para el alma…

Hacer en términos de Sanación
es amar cada movimiento,
cada acción con cada hilo de cada trazado
que van componiendo el tejido de nuestros actos…